miércoles, 26 de marzo de 2014

EL ROSTRO OCULTO DE MARILYN (IX)






Cap. IX

La actriz era vigilada todo el tiempo


José de Cádiz



Norma fue golpeada en su suite por dos desconocidos. A otro día entré a saludarla esperando encontrarla completamente abatida. Para mi sorpresa estaba frente al tocador arreglándose y pintándose con esmero. Tenía una constitución prodigiosa plena de energía. Apenas se le notaba un ligero moretón en la cara.  Con un hermoso vestido verde se delineaba pausadamente los labios. Le pregunté sorprendido:
--¡Cuánta elegancia! ¿En dónde va a estar la fiesta Norma?
Comentó divertida:

--Quiero que me lleves a comer al mejor restaurante. No quiero permanecer triste en Acapulco. Vine a divertirme y eso haré justamente.  Se me antoja un coctel de camarones o un pescado a la talla. ¿Puedes elegir una buena opción?
--Claro, ¿pero te sientes bien? Apenas ayer te encontrabas deprimida. ¿No te duele nada?

--Absolutamente nada.


--Me da gusto verte tan animada.


Se me quedó viendo fijamente y agregó:
--He comprendido que la vida es corta y hay que vivirla.  Aprovechar cada minuto de la existencia.  No voy perder más el tiempo en lamentaciones y llantos.

--Muy buena filosofía. Conozco un restaurante que te va a encantar.  Pero iré a cambiarme de ropa a casa.
Marilyn bromeó:

--Pero si te ves muy guapo con ese uniforme blanco. Me encanta esa loción varonil que usas. Te "prohíbo" que te vayas a cambiar.

--Bueno, al menos déjame ducharme en tu baño.

--No me hagas caso. Puedes hacer lo que gustes. Desde niña he sido bromista.

Me fui a ponerme ropa más apropiada. Quería parecer un turista y no un policía. En Acapulco hace un calor intenso y el sudor moja la ropa proporcionándonos una ligera sensación de frescura. Uno de mis mayores placeres consistía en llegar a casa después del trabajo y quedarme solo en ropa interior.  Cenar, leer un poco, y luego a dormir.  Presentí que ese día sería muy especial comiendo mariscos al lado de una mujer como Norma.  
Debido al suceso del día anterior solicité más refuerzos para vigilar a la actriz. Una patrulla con dos efectivos vigilarían a distancia los pasos de Norma. Sobre todo porque ella prefería viajar en taxi en lugar de usar la limusina. 
Nos dirigimos a visitar otro balneario. El día era reposado y lleno de sol. Una ensenada muy concurrida por sus aguas mansas: Puerto Marqués. La diva estaba ávida por conocer más atractivos turísticos. Un sombrero de anchas alas la ayudó a pasar desapercibida.
Playas con restaurantes al aire libre donde pescadores ofrecen mariscos frescos todo el tiempo.  Con fama de preparar exquisiteces culinarias y bebidas exóticas. Se pueden disfrutar paseos en veleros. Parece que nadie siguió a Norma en esa ocasión.


Los turistas usan ropa de playa, bronceador, y gafas para el sol. Aceite de coco como repelente para los mosquitos.  Elegimos un restaurante donde había música viva.  Estaba lleno y eso ayudó a Norma a pasar desapercibida.
Pedí la carta y elegí una rica “campechana”. Ella escuchó sorprendida el pedido y me preguntó:

--¿Qué significa “campechana”, Joe?

--Es un cóctel de pulpo con camarones, y otras cinco variedades de pescado.

--Yo quiero eso también --pidió al camarero.


--Tiene buen gusto señora.


Estaba seguro que en su vida había probado Norma la “campechana”. Consciente que quería olvidarse de todo hasta de la comida gringa.  Discretamente vi la cara de angustia que puso al probar la salsa roja conque aderezan ese platillo.  Unas cervezas frías nos sirvieron como aperitivo.
Había música tropical en un ambiente festivo. Los turistas bailaban ritmos costeños. Más tarde llegó un trío entonando música romántica.   Boleros que despertaron la nostalgia de los presentes. Norma escuchaba sorprendida tratando de encontrarle sentido a las letras. Le gustaron mucho las canciones: “Piensa en mí”, y “Acapulqueña”.
Más tarde nos fuimos a recorrer la bahía en un velero alquilado. Es emocionante viajar en una nave sin timón que puede ser como la vida misma. Sentir la fuerza del aire nos proporciona una sensación de plenitud.  Nunca vi a Norma tan relajada y contenta.
El sol daba de lleno en su rostro proporcionándole un bronceado fabuloso. Las mejillas sonrosadas resaltaban sus ojos celestes. La embarcación se abría paso en el océano semejando un caminante desorientado. El aire impetuoso nos bamboleaba y la actriz se aferraba con fuerza a mi espalda.  Por fin logré orientar la vela.





Expresó emocionada:

--Esto es casi el paraíso. El recuerdo de estos paisajes será mi fortaleza. Es tan bonito sentirse libre.

--Eres tan libre como tú quieras.  A veces la esclavitud la llevamos en la mente.

--De niña soñaba con conocer el mar y nunca tuve oportunidad.  Me hubiera gustado conocer estas playas.

--Ahora ya lo conoces y puedes estar satisfecha.  Yo nunca pensé en ser tu amigo y sin embargo he cumplido mi sueño. Siempre hay ilusiones que se cumplen. Solo hay que mentalizarnos y no perder nunca la fe.

La bella contestó con un silencio inescrutable.  Sus ojos luminosos miraban el cielo como queriendo descifrar el infinito. La brisa fresca resultaba una caricia para el cuerpo. Norma
 agregó:


--Con qué ganas me adentraba en alta mar para no regresar jamás. Quedarme a vivir en este puerto sería ideal... pero tengo compromisos pendientes. Me compraré una casita en la playa y regresaré al anonimato.  Volveré a ser Norma Jean.


--Espero que así sea, y por lo visto reniegas de tu fama.


--Reniego de las consecuencias.  La popularidad trae desengaños.


--¿Será que no supiste manejarla?


--Seguramente, era demasiado joven.  Nunca pude apartar mi vida privada de los reflectores. La notoriedad debes saber utilizarla o ella te utiliza a ti. Te apartas de la realidad.


--Me recuerdas una frase de Octavio Paz: "El hombre es un desterrado del buen juicio y de sí mismo".
Ya tarde regresamos a Puerto Marqués.  Una puesta de sol nos despidió en lontananza. Abordamos un taxi de inmediato.  Mis compañeros vigilaban a corta distancia y noté que intercambiaban miradas maliciosas.

En lugar de ir al hotel la estrella pidió al taxista nos llevara a un exclusivo centro comercial. Ahí compró las más extravagantes prendas: Botas, pelucas, pantalones, pestañas postizas, y unos bigotes. Yo la miraba extrañado sin acertar a comprender gustos tan extraños. En el trayecto al hotel le pregunté:

--¿Vas a filmar una película con ese vestuario?

--No, mira. Yo me visto con los mejores modistos del mundo.  Creaciones que me elige una agencia de publicidad y los paga mi compañía cinematográfica. Estas prendas son para disfrazarme.

--¿Para disfrazarte? No entiendo.

--Los hombres que entraron a golpearme se encuentran en el puerto. Tengo que aprender a esquivarlos y cambiar de identidad cuando sea posible. Mi vocación de actriz me ayudará. De lo contrario el peligro me acechará en cada esquina.

Norma era mucho más lista de lo que sus fanáticos creían. Oscurecía cuando regresamos al hotel y contemplamos las luces de la bahía desde la terraza de su suite. Dos compañeros vigilaban pacientemente su puerta.  Aún sentía los rayos del sol ardiendo en mi rostro y la actriz me dijo que debía hacer varias llamadas. Di algunas indicaciones a mis compañeros
 y opté por retirarme a descansar un rato.  


En casa me recosté un momento en un sofá. El teléfono sonó como un grillo impaciente. Era Fabiola, mi novia, quien llamó para decirme:
--¡Hola corazón¡ Por fin te encuentro. Hace días que quiero verte. Voy para tu casa en este momento.

--¡Hola mi amorl! Perdóname, pero no va a ser posible. Estoy de guardia y solo vine a cambiarme.  Necesito cuidar a un personaje muy importante.

-¿Ya no tienes días de descanso? Antes me llamabas y no las pasábamos bomba. ¿Qué te pasa, Joe? Te noto extraño

--Simplemente tengo exceso de trabajo. Luego te explico. ¿Sigues tomando cursos de baile?

--Claro, pero no me cambies el tema, y dime qué sucede.  Prometimos hablarnos con la verdad. Bueno, te dejo, si estás tan ocupado, ¡chao!

--¡Besos, preciosa!

Me quedé sorprendido por el giro que tomó la conversación. Las mujeres de alguna manera intuyen cuando alguien las engaña.  Ella no sabía nada de Marilyn y sin embargo parecía estar al tanto de la situación.  Debía contarle la verdad. Ella sabría comprender.

Me puse una playera, jeans, y tenis, y partí de nuevo al hotel. Tal vez la diva aceptaría ir al cine o preferiría otro sitio. Estaba dispuesto a cumplirle el mínimo capricho. Me había convertido en su guía de turistas y no me desagradaba el papel. 

Norma estaba tan radiante como siempre pero había cambiado de opinión. Arguyó:
--Los que hacemos cine no tenemos tiempo de verlo.  Solo veo mis cintas en premier y jamás las vuelvo a ver. Me veo tan falsa en la pantalla. "Esa no soy yo", me digo. Me gustaría visitar el casino Jai Alai. ¿Lo conoces?

--Creo que sí, es un lugar muy exclusivo. Lo frecuentan estrellas de cine y niños ricos.

La actriz era tan impredecible. Me pareciá paradójico que los artífices del cine no les gustara verlo.  Quizá les resultaba aburrido o para mentes inferiores. Ella claro me había dicho que quería ver una buena película.  Respeté su decisión.


Sobre una avenida nuestro taxi se desplazaba a velocidad moderada. El chofer manejaba con precaución y nosotros guardábamos silencio. Por la ventanilla observábamos la algarabía de los turistas.  De pronto, el chofer nos comentó alarmado:
--Debo advertirles que alguien nos viene siguiendo. Son tres individuos con gafas. ¿Qué hacemos?

Nos miramos confundidos pero la actriz recuperando el aplomo ordenó al chofer:

--Trate de evadirlos y llévenos por otra calle al “Jai A lai”.

--Bien, lo intentaré.

El conductor maniobró hábilmente durante varios minutos.  Por fin logró esquivarlos enfilando por un callejón solitario. Llegamos tarde al exclusivo lugar. Por fuera se veía imponente y majestuoso. Autos elegantes y gente bien vestida llegaban.
Yo nunca había visitado ese centro donde los turistas apostaban fuerte.  En los años cincuentas fue el centro de reunión del Jet Set internacional.  Sus clientes eran preferentemente empresarios, políticos, y famosos, que venían a jugar frontón o boliche.
 La “pandilla de Holywood” lo visitaba frecuentemente: John Wayn, Ava Gadner, Jonhy Westmiuller, Betty Davis, Douglas Fairbanks, Orson Wells,  Gary Cooper, Rita Heywort, conformaban ese selecto grupo.  Tanto les gustaba Acapulco que compraron un hotel exclusivamente para ellos: "El Flamingos club”, que aún existe como testigo fiel de esa época dorada.  Marilyn no era la excepción en su fascinación por el puerto.
Había juegos de azar con pelotaris uniformados y bien parecidos. Guapas edecanes que atendían a los clientes en minifalda.  Era común encontrar a luminarias del cine europeo y mexicano. Silvana Mangano, Gina Lollobrígida, Brigitte Bardot, Sofía Loren, Tony Curtis, venían con frecuencia a la "Reseña Mundial del cine". Estrellas que aburridas de la farándula venían a veranear los fines de semana. El moderno aeropuerto internacional Juan Álvarez estaba recién inaugurado. En el casino solían coincidir: Pedro Armendáriz, Dolores del río, Indio Fernández, Gloria Marín, Diego Rivera, entre otros asiduos concurrentes.
Era la época dorada del cine mexicano con películas premiadas en festivales internacionales.  Durante la “Reseña mundial" se llenaba de fiesta el puerto.  Un certamen con lo mejor de la cinematografía universal. Las películas eran exhibídas en presencia de sus actores.  El museo del Fuerte de San Diego era la sede por su historia y tradición. No había grandes auditorios como ahora.
Al festival llegaban dramaturgos, directores, millonarios, y público en general queriendo conocer a sus actores favoritos.  Acapulco despuntaba como centro turístico de talla internacional.  Las calles y barrios históricos conservaban su encanto natural. La quebrada, Caleta, y Caletilla, eran balnearios obligados para todo visitante.
Las estrellas invitadas eran conducidos en helicóptero desde su hotel al Fuerte de San Diego. Dolores del Río, y Manolo Fábregas, recibían a los actores elegantemente vestidos. Había pantallas gigantes en los parques cercanos para que el pueblo disfrutara del festival. Las cintas estrenadas aquí se convirtieron en clásicas:  “Dr. zhivago”, "Y Dios creó a la mujer", “Bella de Día”, “Los olvidados”, "Los caballeros las prefieren rubias", por citar algunas.
Visitantes de todas las latitudes se enamoraban del puerto. No había tantos hoteles como ahora que le dieron a Acapulco un perfil de gran metrópoli. Esto ahuyentó al turismo internacional que busca el contacto con la naturaleza. A los europeos le desagradan las aglomeraciones porque de eso precisamente vienen huyendo de esas capitales. El "paraíso de América" ha sido escenario de grandes superproducciones.  Las películas filmadas aquí son numerosas

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Llegamos al Casino "Jai a lai", pero Marilyn decidió no entrar. Tal vez para no encontrarse con gente del cine y tener que dar explicaciones. También porque cambiaba de opinión con facilidad.  Obviamente tenía gustos más refinados y decidió conocer "Caleta". 
Estábamos en el lugar indicado.  Enfrente del casino se encontraban las playas de “Caleta” y "Caletilla".  Ahí donde se inspiró Agustín Lara para componer su canción "María Bonita", en honor a María Félix.

Un poco inquietos por haber tenido que cambiar los planes recorrimos a pie las dos playas. Nunca esperamos encontrarnos semejante contingencia de persecución. Era obvio que el diario de Marilyn era el causante de todo.

--¡Fabulosas playas! Debe ser un sueño visitarlas en plenilunio--exclamó arrobada Norma.

--Son muy concurridas durante el día.  De noche solo vienen pescadores y parejas en busca de intimidad -contesté.

Descalzos caminamos sobre la finísima arena.  Nos acercamos a unos pescadores que contaban los peces en la red. Cansados nos sentamos en unos sillones rústicos de madera. Oscurecía y había pocos bañistas. La actriz se puso de pie y reclinó su cabeza en una palmera.  El aire fresco corría impetuoso alborotando su melena. 
El clima cálido en Acapulco provoca una constante voluptuosidad. Un afán de abandonarse a los placeres del amor. El puerto es considerado un lugar para la diversión desenfrenada.  Un paraíso donde todo puede suceder. 
Norma contemplaba la quietud del mar. Ensimismada ante tan esplendido paisaje entrecerró los ojos como queriendo trasladarse al infinito.  Me acerqué sigilosamente y la vi tan seductora que no pude resistir el impulso de besarla. Suavemente como las olas besan la espuma. Abrió los ojos y musitó:

--Me gustaría cumplir tus fantasías. Eres tan lindo conmigo.


Me recosté en la arena en una clara invitación a hacer lo mismo. Pero ella se negó rotundamente argumentando:


--No, Joe. Aquí no. Puede ser peligroso.

--Recuerda que alguien te anda buscando. No tenemos muchas opciones.

-Prometiste llevarme a tu departamento.

--Hace un calor intenso allá. En cambio aquí el clima es realmente espléndido.
Marilyn, me miró directamente a los ojos, y con voz firme exigió:

--Llévame, por favor, ahora o nunca.

Aquella no era una petición, era una orden. Abordamos en silencio la patrulla y le pedí al chofer nos trasladara a mi domicilio. Cruzamos las calles del puerto a esa hora completamente despejadas. Emocionado ante la perspectiva de intimar con Marilyn. De cumplir la mayor ilusión de mi adolescencia.
Todo se conjugó maravillosamente y llegamos a mi departamento sin contratiempo. Nervioso trataba de encontrar la llave. Por fin la encontré y abrí cautelosamente. Tenía temor que algún vecino chismoso nos sorprendiera.

Entramos como si fuéramos al paraíso.  Una Norma Jean expectante exploraba mi hogar como una gruta antigua. Encendí la luz y nos miramos uno al otro. Ella observaba sorprendida cada detalle. Pensé que decidiría regresar a la playa pero en lugar de eso comentó:

--¡Cielos cuántos libros! Y hasta una máquina de escribir.  ¿Aquí escribes tus poemas?

--Sí, aquí me alumbran las musas. Toma asiento por favor,  ¿deseas tomar una copa?

--No, gracias.  Me gustaría escuchar música. Veo que tienes un arsenal de discos.

Encendí mi modular y puse un disco de los Beatles. "Hey Jude", "No me abandones", "Y la amo". Quería hacerla sentir dichosa aunque sea por breves momentos. Melodías que dispararon mis más secretas fantasías. Debía crear un ambiente especial para ese momento. Prendí
 una varita de incienso con olor a canela. Apagué la luz dejando solo un buró con su lamparita.  Cerré las persianas y encendí el viejo ventilador. Desconecté el teléfono para que nadie nos molestara.  Bebí un vaso de agua y le ofrecí un caramelo a Marilyn.  Ella lo tomó sonriente.  
La tomé de la mano y escuchamos detenidamente una melodía.  Luego musité:

--Ahora, ya conociste mi hogar. ¿Qué te pareció?


--Encantador. Me gustaría tener uno así. Con gusto te lo cambiaba por mi residencia en California. Allá solo encuentro tristeza y desolación.


--¿Qué te falta para ser feliz?


--Todo. Me siento vacía.  Hollywood te da mil dólares por un beso pero 50 centavos por tu alma. No puedo evitar sentirme frustrada.


Norma solía ser aguda en sus observaciones. Podía ser espantosamente franca y sincera.  Me dijo.


--Esa música es preciosa. ¿Bailamos?


--Por supuesto, hace rato quería pedírtelo.


Iniciamos una danza lenta casi como un ritual.  Bailar con ella en mi casa era un sueño que superó mis expectativas. Suave, tierna, y a la vez sinuosa en sus movimientos. Parecía una sacerdotisa oriental bailando para un sultán. Ninguno se dejó llevar por el arrebato y disfrutamos intensamente nuestro calor. El ritmo era una clara invitación a explorarnos más íntimamente. Un desafío a ir más allá de nuestros sentidos. 


  Después de varios minutos, le hice una insólita confesión:

--Te voy a confiar una de mis fantasías. Siempre soñé con este momento y me gustaría bailar sin ropa contigo.  


Ni siquiera me contestó. Se fue quitando sus prendas pausadamente hasta quedar solo en ropa interior. Me despojé también de mi ropa quedando solo en boxers. Continuamos bailando sensualmente hasta sentir un cosquilleo en mis genitales. La apreté con vehemencia y ella se ciñó a mi cintura.
Completamente extasiados nos quitamos la última prenda. Contemplé por primera vez ese pubis y esos senos tan perfectos. Dejé al descubierto mi masculinidad y nos miramos uno al otro detenidamente.  Aquel preámbulo era verdaderamente una caja de sorpresas. Cambié el disco y avancé hacia la rubia con toda decisión.

Percibí una violenta sacudida al estrecharla de nuevo en mis brazos.  Mi pene erecto como un mástil y el deseo me transformó completamente. Un volcán a punto de hacer erupción. El contacto de sus bellos en perfecta sincronía con mis genitales hicieron estremecerme de placer. El cuarto se inundó de un penetrante olor a testosterona y feromonas. 

Sumergidos en una vorágine de voluptuosidad aspiré su perfume hasta extasiarme.   Descubrí sorprendido que cada mujer tiene un olor especial. El deseo se apoderó de nuestros cuerpos como dos fieras en celo.





Continuará...

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