martes, 18 de diciembre de 2018

El rostro oculto de Marilyn XI



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Cap. XI

"Me encantaría bailar sin ropa contigo, Norma".

José de Cádiz


Llegamos al Casino “Jai alai” pero Marilyn decidió no entrar. Tenía temor de encontrarse con gente del cine y tener que dar explicaciones.  Obviamente tenía gustos más refinados y decidió conocer "Caleta" y “Caletilla”.

El casino estaba precisamente enfrente de esas 2 playas.  Ahí donde se inspiró Agustín Lara para componer su canción, "María Bonita", en honor a su esposa María Félix.  Riberas tradicionales de lo más concurridas. “Quien no conoce Caleta no conoce Acapulco”, reza la publicidad.

Un poco inquietos por haber tenido que cambiar los planes recorrimos a pie los balnearios. No esperábamos semejante contingencia de persecución. El motivo de todo ese revuelo era su diario.  Cada vez aumentaba más mi curiosidad y deseo de leerlo.
Frente a Caleta la diva expresó fascinada:

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--¡Qué hermosura de playa! ¡Verdaderamente de ensueño! En plenilunio debe ser una fantasía visitarla.

--Es muy concurrida durante el día.  De noche sólo vienen pescadores y parejas en busca de intimidad –contesté.

Descalzos caminamos sobre la finísima arena aún tibia por el sol. Exhaustos, nos sentamos un momento en unos sillones rústicos de madera.  Nos acercamos a unos pescadores que sacaban peces de una red. Oscurecía y había pocos bañistas. La actriz reclinó su cabeza en una palmera y contempló extasiada el paisaje. El aire corría impetuoso alborotando su melena. 

En Acapulco el clima cálido provoca una constante voluptuosidad. Un afán de abandonarse a los placeres del amor. Se experimentan frecuentes erecciones en un paraíso donde todo puede suceder.  Mujeres bien formadas deambulan todo el tiempo por sus playas.

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Sobre la palmera la actriz entrecerró los ojos.  Me acerqué cautelosamente contemplando en silencio su divino rostro. Nunca la vi tan hermosa y seductora. No pude resistir el impulso de besarla, suavemente, como los pétalos acarician el rocío. Abrió los ojos y musitó:

--Me gustaría cumplir todas tus fantasías.  Supongo que deben ser muchas.

--No te equivocas, y sería como una bendición del cielo --afirmé.

Me recosté en la arena en una clara invitación a que ella hiciera lo mismo. Pero se negó rotundamente argumentando:

--No, Joe, aquí no. Este lugar solitario puede ser peligroso.

--Recuerda que alguien te anda buscando. No tenemos muchas opciones.

--Prometiste llevarme a tu departamento.

--Hace un calor intenso ahí. En cambio aquí el clima es fabuloso.

Marilyn, me miró directamente a los ojos, y con voz firme me dijo:

--Llévame, por favor... será ahora o nunca.

Aquella no era una petición, era una orden. Abordamos en silencio una patrulla. Un compañero nos trasladó a mi domicilio. Yo estaba tan emocionado y nervioso como un adolescente inexperto.  Cuando expresó: “me gustaría cumplir tus fantasías”, sentí un cosquilleo en mis genitales.

Llegamos a mi departamento sin contratiempos. El compañero se retiró prudentemente dejándonos solos. Excitado, trataba de encontrar la llave.  Por fin la encontré y abrí la puerta con sigilo. Temía que algún vecino chismoso nos sorprendiera.

Entramos como si fuéramos a un rincón del paraíso.  Encendí la luz. Norma observaba sorprendida cada detalle de mi hogar.  Nos miramos un momento de arriba abajo. Pensé que preferiría regresar a la playa pero en lugar de eso exclamó:

--¡Cielos cuántos libros! Y hasta una máquina de escribir. Se respira un ambiente de creatividad.  ¿Aquí escribes tus poemas?


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--Efectivamente, aquí me alumbran las musas. Toma asiento, por favor, ¿deseas tomar una copa?

--No, gracias, mejor me gustaría escuchar música.  Veo que tienes tienes un arsenal de discos.

Encendí mi modular con un disco de Los Beatles: "Hey Jude", "No me abandones", “Yesterday”, entre otras. Quería hacerla sentir emocionada y feliz. Melodías que dispararon mis más secretas elucubraciones. Decidí crear un ambiente muy especial para ese encuentro.  Encendí una varita de incienso con olor a canela. Apagué la luz dejando solo un buró prendido.  Cerré las persianas y accioné el viejo ventilador. Desconecté el teléfono.  Bebí un vaso de agua y le ofrecí un caramelo a Marilyn.  Ella lo tomó sonriente.
  
Tomados de la mano escuchamos detenidamente cada melodía.  Le dije quedito al oído:

--Ahora ya conociste mi hogar. ¿Qué te parece?


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--Encantador. Me gustaría tener uno así en lo Ángeles. En mi residencia sólo hay tristeza y desolación.



--¿Qué te falta para ser feliz, Norma?

--Todo: amor, seguridad, sosiego interior.  Hollywood te da mil dólares por un beso pero 50 centavos por tu alma.

--¿Puedo saber qué buscas en un hombre?

--Sin duda: ternura y virilidad.

Norma Jean solía ser aguda en sus observaciones. A veces demasiado sincera. En un momento dado sugirió:

--¿Bailamos?

--Por supuesto, hace rato quería pedírtelo.

Iniciamos una danza lenta como un ritual.  Fue la culminación de un ensueño largamente acariciado. Suave y sinuosa en sus movimientos. Como una sacerdotisa egipcia bailando para un sultán. Ninguno se dejó llevar por el arrebato y disfrutamos intensamente cada melodía. Nuestros cuerpos eran una clara invitación a explorarnos más íntimamente. Un desafío para ir más para ir más allá de nuestros sentidos. 

Después de varios minutos le hice una insólita petición:

--Me gustaría bailar sin ropa contigo.
  
Ni siquiera me contestó. Se fue quitando sus prendas lentamente como un improvisado strip tips hasta quedar en pequeñísimo bikini.  Yo la observaba extasiado sin dar crédito a lo que mis ojos veían.  Me despojé también de mi ropa quedando en boxer. Continuamos bailando estremecidos de placer. La apreté con vehemencia y ella se ciñó a mi cintura.

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Disfrutamos largo rato nuestros cuerpos. En un momento dado nos quitamos la última prenda. Contemplé sus senos erguidos como capullos en flor. Su abundante vello púbico en perfecta concordancia con mis genitales. Dejé al descubierto mi masculinidad y nos miramos fijamente un momento. Aquel preámbulo era verdaderamente una caja de sorpresas. Cambié el disco y avancé hacia la rubia con toda decisión.

Percibí una violenta sacudida al estrecharla de nuevo en mis brazos. Mi pene erecto como un mástil era un volcán a punto de hacer erupción.  Gotitas de lava ardiente escurrieron precoces. El cuarto se inundó de un penetrante olor a testosterona y feromonas. 


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Sumergidos en una vorágine de voluptuosidad aspiré su perfume hasta extasiarme.  Descubrí sorprendido que cada mujer tiene un olor especial. El deseo se apoderó de nuestros sentidos como dos fieras en celo.






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