martes, 4 de diciembre de 2018

El rostro oculto de Marilyn IX




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Cap. IX

Los tres vigilantes de marilyn

José de Cádiz


Germán Rentería, era otro de los compañeros policías que cuidábamos a Marilyn. Amigo desde la universidad habíamos abandonado la carrera por motivos diferentes. Mujeriego empedernido y con una linda esposa. Éramos aficionados a la parranda, pero a Rentería no le gustaba el cine.  Hermano de mi novia, y como cuñado, nuestra camaradería se hizo más estrecha.

El tercero, era Ramiro Peralta, un señor de 40 años, casado y con varios hijos. Le interesaba la seguridad de Marilyn porque cuidaba su prestigio profesional.  Era además el comandante de nuestra corporación.  Acostumbraba cuidar celebridades que llegaban al puerto. Diez años de servicio lo volvieron experto.

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La noche que acompañé a Marilyn a dar un paseo en yate, Ramiro me preguntó con sarcasmo:

--¿A dónde te llevaste a divertir a Marilyn?

--Fuimos a dar un paseo en yate.

--¡Oye cabrón! ¡Cuéntanos! ¿Y qué sucedió después? --me interrogó Germán.

--Pues nada. Visitamos la isla de "La roqueta" y nos adentramos en alta mar.

--¡Nada más! ¿No me digas que no te la cogiste? --inquirió Germán con su vulgaridad característica.

--Lamento decepcionarte.  Marilyn está viviendo una situación muy crítica. Se durmió y no despertó hasta en la mañana. 

--¡Qué pendejo eres! A mi no se me hubiera ido viva.  Dicen que diario hace el amor con un hombre diferente.

--Germán, la vida de Marilyn es un mito, no creas todo lo que se dice de ella.  ¿Ya comieron? Los invito a tomar algo en la cafetería.

--Esa voz me agrada --dijo Ramiro-- y de paso nos cuentas tu noviazgo con Marilyn.

--Brincos diera si así fuera.  Es una mujer demasiado asediada.  Nunca se fijaría en un tipo como yo.

En la cafetería bromeamos y comimos tortas.  Éramos jóvenes y la vida nos parecía una fiesta.  No les conté lo sucedido en el barco porque no lo comprenderían. Si les hubiera dicho: "Bailamos, nos tomamos unas copas, y contemplamos las estrellas", se hubieran reído de mí. Máxime si les confieso que le declamé poesías. Tampoco les comenté su romance con los Kennedy.  Estaba obligado a guardar silencio.

Solo un poeta podía comprender a una artista sensitiva como ella.  Mis compañeros eran buenas personas pero no les interesaba la poesía.  No les gustaba el cine y menos la literatura.  A pesar de todo nos llevábamos bien y auxiliábamos cuando era necesario.  Ramiro con su excelente trayectoria había ganado algunos premios. Lucía orgulloso sus condecoraciones en una chamarra.

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Por algo lo habían seleccionado para cuidar a Marilyn.  Como comandante de nuestra corporación no era prepotente y nos trataba como amigos.  A veces lo invitábamos a tomar cervezas en un bar frente a la playa.  Nunca se excedía con la bebida y cuidaba bastante su reputación.  Era un consejero de los más jóvenes y cuando había problemas acudíamos a él.  Su esposa era amable, y nunca lo vi coqueteando con otra mujer.  Todo lo contrario de Germán que siempre andaba en busca de aventuras. 

Por mi parte el trabajo era temporal y buscaba otro que me permitiera continuar mis estudios de filosofía.  Aunque no me desagradaba el papel de guía de turista, estaba consciente que no salía a pasear con M M, sino con Norma Jean. La chica que un día fue y pretendía seguir siendo.  Lo percibí al pedirme que la llamara por su verdadero nombre.  Queriendo desprenderse del seudónimo que la hacía tan desdichada.

Después de conocer sus desventuras Marilyn me inspiraba algo más que un simple deseo. Una mezcla de fascinación y afán de poseerla.   Pero no bajo tales circunstancias en que se sentía tan humillada por el género masculinoMe intrigaba su personalidad llena de aristas.

La noche que supuestamente partiría a California pedí permiso a Ramiro Para descansar. Aceptó y junto con Germán me embromaron acerca de mis paseos con la diva.  Decían que podían suplantarme y llevarla a conocer balnearios, pero ellos no perderían el tiempo como yo.  Ignoraban sus problemas sentimentales. 

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Me reía ante sus ocurrencias.  Mi admiración por la estrella me revistió de entusiasmo y osadía.  A Ramiro y a Germán les tenía sin cuidado la popularidad de Marilyn.  Eran demasiado prácticos y mundanos para reparar en una mujer tan especial.  Para ellos el mundo se reducía a trabajar, comer y fornicar.  No tenían expectativas filosóficas como yo.

La aventura había terminado y era mejor olvidarme del asunto.  Esa noche escribí una poesía y hablé por teléfono con mi novia.  La soledad y la tristeza suelen ser el mejor acicate de la inspiración.  Fabiola se negó a conversar conmigo argumentando estar enferma.  Le prometí visitarla a otro día:

Encanto y belleza alteran nuestro equilibrio interior

Un cuerpo hermoso seduce como canto de sirenas


La voluptuosidad aprisiona como una red de metal


El corazón da razones que la honestidad reprueba



¿Quién conoce las fronteras entre el amor y deseo?


El amor es un sentimiento más allá de la atracción


La pasión nos esclaviza y la moral se nos esconde


Tal vez las almas gemelas saben amar de verdad.



No le había hablado a mi novia de Marilyn por falta de tiempo.  Ella también era fan de la estrella y le hubiera encantado conocerla personalmente.  Habíamos visto juntos casi todas sus películas. Compraba las revistas de espectáculos y leía la vida de sus actores favoritos. ¿Cómo tomaría las cosas cuando le hablara de Norma Jean? ¿Se alegraría? ¿Se pondría furiosa? 

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La verdad me encontraba ante una disyuntiva.  Pensaba contarle todo cuando la diva ya se encontrara demasiado lejos. Pero las cosas habían tomado otro giro porque la bella decidió prolongar sus vacaciones.  En el fondo me alegré de que así fuera.

Fabiola nunca se había mostrado celosa y parecía muy segura de sí misma.  Yo conocía sus amistades y hasta me habló de su ex marido.  Como mujer divorciada respeté su criterio acerca de la unión libre. Nunca le había sido infiel, y creo que ella a mí tampoco.  Disfrutaba su libertad, y no me avisaba cuando salía con sus amigas.  Nos veíamos puntualmente los domingos.

Salir a pasear con Marilyn era una verdadera utopía.  Ningún hombre se hubiera resistido a llevarla a conocer Acapulco.  En mi caso todo fue circunstancial y era parte de  mi trabajo cuidarla.  Me sentía el más afortunado mortal por tener que complacerla. La vida no pudo ser más amable conmigo.  Pero tenía frente a mí un dilema. 

Fabiola, tenía un hijo de 6 años: Nelson, con quien nos llevábamos bien.  Un chico vivaracho que le encantaba jugar fut-bol y boliche.  Como convivíamos mucho le había agarrado cariño.  Siempre me gustaron los niños y en mis días francos lo llevaba de visita a mi tierra natal.

Atoyac de Álvarez, una ciudad alejada del puerto de Acapulco donde vivían mis padres y hermanos. Una zona cafetalera por excelencia y con una gran historia. Sus montañas fueron sede del famoso guerrillero Lucio Cabañas.  En los años setentas puso en jaque al gobierno mexicano. Hoy en día los turistas la visitan curiosos.

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Nelson jugaba con mis sobrinos y era tan feliz que ya no quería regresar al puerto.  Cuando nos acompañaba su mamá, le pedía que nos fuéramos a vivir allá.  Ella le daba cualquier explicación para que dejara de molestarla.  

Fabiola, era originaria de Acapulco donde vivía con su mamá y el pequeño. No le gustaba depender de nadie, ni sentimental ni económicamente.  Sus paseos favoritos eran al campo, bailar, y ver buenas películas. Tal vez por eso nos identificábamos mucho.

Con su hermano Germán no se llevaban bien por su desmedida afición con las mujeres. Enterada que engañaba a su esposa con cuanta chica se le presentaba compadecía a su cuñada.  Germán, además de infiel era indiscreto, y solía presumir su hombría. Un hombre hedonista que vivía para el placer y la buena comida. Las chicas lo seguían como las moscas a la miel.

Su esposa ni se daba por enterada o aceptaba en silencio sus infidelidades. Sinceramente creo que Germán no la merecía.  A pesar de todo mi amigo era responsable y cariñoso con sus hijos. No le gustaba que su mujer trabajara y le llevaba puntualmente su salario. Una buena esposa debía estar en el hogar siempre dispuesta a complacerlo. 

Germán nos invitaba a comer ocasionalmente a su casa.  Eran mis únicas amistades cuando conocí a Marilyn.  El mundo estrecho de un policía de barrio. Mi pasatiempo favorito era visitar a mi familia e irme de cacería con mis hermanos.

Una vida provinciana y sin grande preocupaciones.  Mis padres con 6 hijos les fue imposible darnos una carrera a todos. Mis tres hermanos menores aún estudiaban. Los otros 2 ya estaban casados.  Una familia conservadora y muy unida.

Por eso cuando supe que Marilyn visitaría el puerto me entusiasmé como un niño. Por fin conocería de cerca a tan famosa estrella de Hollywood. Algo me decía que rompería mi rutina.  Lo que nunca imaginé fue que no encontraría una mujer dichosa sino todo lo contrario.  Una chica a quien los avatares de la vida habían hecho muy infeliz. 

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Todos deseamos escapar de una existencia monótona y vacía. Que el diario vivir nos sorprenda con acontecimientos extraordinarios.  La necesidad es un imperioso motivo para sobrevivir.  Adaptarse a cualquier situación es la mejor cualidad de un ser humano.  A mis 25 años el matrimonio no estaba entre mis prioridades. Mi situación era estable con un trabajo y una novia cariñosa. 

Enterado que la fama no proporciona la felicidad había cambiado mi opinión acerca del éxito.  Descubrí que el dinero y la dicha tienen poco en común. Conocer a Marilyn fue una lección de vida porque me permitió asomarme a su mundo.  Al confiarme su problemas pude comprenderla como ella deseaba. Atrás de esa sonrisa pícara se encontraba la verdadera Norma Jean.

Conocí a la mujer seductora, sensitiva e insegura.  Sus complejos y traumas que le robaron la paz interior.  Las estrellas del celuloide se ven sonrientes todo el tiempo aunque por dentro estén destrozados.  Tal vez por eso son actores y nacieron para fingir.  Tarde o temprano se sinceran o se refugian en las drogas.

Marilyn deseaba ser auténtica pero el cine no se lo permitió.  Encontró un tren de vida hedonista y una imagen frívola que la decepcionó.  Las candilejas y ese ambiente de oropel la habían asqueado.  Regresar a su esencia original era su meta.

Por eso se encontraba tan a gusto en Acapulco.  La naturaleza de sus playas la hicieron olvidar temporalmente sus desengaños.  Todo el tiempo buscaba el amor incondicional y que la respetaran como ser humano.  Soñaba con ser apreciada internamente y no por su cara bonita.

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¿De haber nacido fea Norma Jean muy fea hubiera sido más dichosa? Me atrevo a pensar que cuando menos no hubiera sido tan abusada por el genero masculino. Alejada de los reflectores hubiera encontrado un remanso de paz en algún rinconcinto de su natal California.  Cuando era una humilde empleada y la esposa sumisa de un marinero.  OJalá y de niños pudiéramos escoger nuestro destino. Que la vida nos diera oportunidad de elegir.  Pareciera que simplemente somos juguetes de las circunstancias.
























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