miércoles, 27 de agosto de 2014

INFIELMENTE TUYA (género epistolar)




  Recuerdo el día que descubrí en tu mirada la mentira, ese falso juramento que me amabas. Pero todo tiene un principio y un final, no volveré a creer en nadie. Mandaré al diablo todas mis ilusiones y expectativas en el amor, en tu ternura y sensualidad. No, perdón, creo que lo único genuino en ti es esa voluptuosidad explosiva que te caracteriza.

  Me he dado cuenta que solo te quieres a ti misma, que nunca te han importado los demás, pero tienes una innata capacidad de fingir lo que no sientes, hasta que los demás descubren tu ardid.

  No puedo concebir a una persona tan falsa y a la vez tan peculiar.  De todas maneras eres muy mala actriz, fíjate. Los demás pueden creer en tus palabras, pero tus acciones te desmienten, te traicionan.





  Reconozco que eres atractiva y tan seductora como una gacela.   Eres capaz de atrapar en tus redes al hombre más inteligente y cauto. No te importa destruir moralmente a los demás, ya me convencí de que no tienes corazón.


  ¿A cuántos hombres has destruido? ¿Cuántos han pasado por tu vida?  Tus mejores arma son los senos y posaderas que parecen esculpidas por un artista como Miguel Ángel.

 Haces feliz a cualquier varón mientras le dura el gusto, mientras no encuentras a otro amante que te complazca con mil orgasmos, que te haga el amor como una bestia en celo. Eres tan volcánica como voluble en tus preferencias amorosas.


De todas maneras me hiciste un gran favor cuando en aquella ocasión tus labios dijeron no pero tus ojos sí!! ¿Lo recuerdas? Estábamos en una playa del puerto de Acapulco cuando te saludó aquel físico culturista con mucha camaradería, como si te conociera de tiempo atrás.
Tú lo escuchabas sorprendida y titubeante.  Como renegando del hecho de estar estar frente a dos hombres que te hicieron suya.  Por más que trataste de fingir estabas nerviosa.

  Y él tipo se dio el lujo de pedirte: “preséntame a tu nuevo amigo”. Yo los miraba intrigado sin saber ni qué decir.  Hubo algo en sus palabras que me puso en guardia. Había ironía y un mensaje velado cuando te pidió presentarme. Solo dijiste lacónicamente: “Un amigo de la universidad", pero yo sabía que habían sido más que amigos, porque no se dirigió a ti con respeto y las debidas reservas.  Más bien con su actitud te trató como alguien que no merece la mínima consideración.
Era como si te hubiera dicho: “Preséntame a tu nuevo amante”. Solo le faltó decir “a ver cuánto le dura el gusto”. No obstante, le agradezco porque me abrió los ojos por primera vez.   Mi novia no era una mujer precisamente recta y casta.





  Cuando el tipo se marchó te pregunté si habían sido novios, o algo así, me contestaste inmediatamente que no, pero tus ojos observándolo a la distancia me dijeron que sí.  Cuando conversabas observabas con mal cuidado disimulo su bien proporcionado cuerpo. Casi te lo querías comer con la mirada. Como si te trajera recuerdos imborrables en el vientre.  ¿Dejó una huella indeleble en tus emociones y sentimientos?


Y sin embargo, te seguiste viendo conmigo, aunque jamás pensé que tus gustos y preferencias eran múltiples.  Comprendo que una mujer tenga un pasado nada aceptable socialmente.   Entiendo que cualquier mujer tenga derecho a vivir su vida como quiera.

Pero lo que no te perdono es esa innata capacidad para disimular.  ¿cuántas veces te pedí que fueras sincera conmigo? Yo nunca te oculté mis dos relaciones anteriores, tampoco te dije que yo era una blanca paloma.

En cambio me juraste que solo había habido dos hombres en tu vida, el primero con el que te casaste de blanco, y yo el segundo.  Que desde que abandonaste tu marido te habías dedicado a trabajar y cerrado la puerta de tu corazón.  Jejeje, y 
yo tonto que te creí, te veías tan ingenua y desprovista de malicia.  "Caras vemos corazones no sabemos", dice el refrán.




  Cuando te conocí en tu trabajo me pareciste una muchacha desamparada, y yo que tengo complejo de samaritano, pues mi primer impulso fue defenderte de quién sabe quién.  Me presentaste a tu mamá, pero no a tu pasado amoroso.  No incluiste a tu vecino y a dos de tus clientes en la botica que me hablaron de ti.


 A través del tiempo me hiciste creer que me amabas y que no podías vivir sin mí.  No sé si los hombres somos tontos o de veras nos engañan.  Más bien creo que nos dejamos engañar porque nos conviene.  Porque tenemos ganas de acostarnos con alguien, sin saber que nuestra elección puede tener varios dueños.

Comprendo por qué ocasionalmente en la intimidad no tenías ganas y tenía que conformarme con besitos.  Por qué hablabas por teléfono nerviosa y por qué siempre salías de improviso. Durante días te negabas a verme.  Todo está tan claro como el agua.  Pero en aquel tiempo yo me entregué a ti sin reservas como todo en mi vida.  Siempre he sido un hombre apasionado y no me gustan las medias tintas.








  Pasó el tiempo y un mensaje en tu móvil lo confirmó todo: Te seguías viendo con alguien.  Comprendo qué tratabas de evitarme cuando regresabas a casa. Por qué te bañabas pronto al llegar a nuestro "nido de amor".  No querías mirarme de frente y conversabas conmigo cosas triviales.


Hasta que decidí seguirte una tarde que saliste y aprovechando que yo estaba dormido.  Solo confirmé que mi intuición no me engañaba, pero aun así mi sorpresa fue mayúscula.
 Cuando te encontré besándote con una chica en tu auto nunca me imaginé que fueras lesbiana.  Era lo que faltaba tener que soportar tus infidelidades bisexuales.  Jamás lo sospeché en lo más mínimo, tú que eras tan apasionada conmigo en la cama.


Por primera vez me percaté que no valías gran cosa y eras una mujer de todos y de nadie. Ni siquiera te reproché lo más mínimo cuando llegaste a casa porque comprendí que había sido más ingenuo de lo que suponía. Simplemente llegué al departamento, tomé mis cosas, y me marché de tu vida para siempre.























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