lunes, 13 de enero de 2014

EL DÍA QUE ME ACOSTÉ CON MARILYN V


                                               EL DÍA QUE ME ACOSTÉ CON MARILYN







Cap.  V

José de Cádiz




Dormí hasta muy tarde soñando con el beso de Marilyn. Ni siquiera me quité el labial que aún manchaba mis labios. Una tremenda erección denunciaba que mis deseos hacia la estrella se habían intensificado. Esa criatura era poseedora de un magnetismo animal capaz de seducir hasta las piedras. Todo en ella destilaba sensualidad.

Si Maryilyn en la pantalla despertaba pasiones de cerca era un manjar que daban ganas de comérsela a besos. En cierta forma justificaba a quienes se aprovecharon de su condición voluptuosa. La actriz parecía una ninfa hecha para el erotismo.  Sus labios pechos y caderas provocaban un irresistible deseo de estrujarlos, de remontarse con ella hasta las cimas más altas del placer.

Me bañé y rasuré cuidadosamente. Ese día descansaba y no tenía que presentarme a trabajar. Llamé a Fabiola, mi novia, para decirle que ese día no la pasaríamos juntos. Manteníamos una relación de un año que tenía una sola finalidad: el sexo. No nos interesaba el matrimonio y teníamos bien claro que nuestros caminos eran libres. Disfrutábamos intensamente cada encuentro y nos prometimos que si encontrábamos otra pareja solo tendríamos que sincerarnos.  Seguiríamos nuestro camino sin impedimentos.


Si hermano, German Rentería, era uno de mis compañeros policías encargados del cuidado de Marilyn. Casado y con dos niños era un mujeriego empedernido. Moreno, alto, le gustaba el baile, las motocicletas, pero más le encantaba llevarse una mujer a la cama. Nos conocíamos desde la escuela preparatoria. Ahora trabajando juntos nos apoyábamos mutuamente. Solíamos irnos de parranda y un día me presentó a su hermana con quien simpatizamos de inmediato. 

Como hermano de mi novia nuestra camaradería se hizo más estrecha. Nos invitaba a comer a su casa y conversábamos amigablemente con su esposa. Jamás mencioné sus aventuras amorosas y a él tampoco le importaba si yo le ere fiel a su hermana. Había cierta complicidad por nuestra añeja amistad. 

Cuando nos asignaron el cuidado de Marilyn a Germán no le causó gracia. Tenía la peor opinión de las estrellas de cine afirmando que eran unas "putas" y que cambiaban de marido como cambiar de calzones. Tan arrogantes y endiosadas que pensaban que el mundo estaba bajo sus pies. "Seguramente nos va a cargar como su perro la tal Marilyn", refunfuñó.

Cuando conversé con la actriz le expliqué que era una mujer sensible y culta. Que tenía problemas sentimentales y había visitado Acapulco con el fin de despejarse. No me creyó y tampoco le interesó conocerla. A Germán le sobraban las mujeres.

Esa mañana me pregunté que buscaba realmente en una mujer como Marilyn. Las estrellas de cine le pertenecen al público y carecen de vida privada. Yo solo era un admirador entre millones. Una actriz célebre no podría fijarse en un hombre sin fortuna como yo.  ¿Para qué hacerme ilusiones si pertenecíamos a mundos tan distintos?

Pero Marilyn, era una mujer, y yo un hombre, y si salíamos a pasear juntos todo podía suceder. Me propuse vivir el presente sin pensar en el futuro. Elegí cuidadosamente una Playera, short, y tenis, la ropa adecuada para veranear. Me llenaba de regocijo ese nuevo encuentro. Me sentía como colegial a punto de perder su virginidad.

Marilyn había sido la causante de mi despertar sexual desde mi adolescencia. Mis sueños húmedos con ella fueron tan frecuentes. A veces aliviaba mis tensiones con la imaginación que me conducía a paroxismos de placer. Pero me parecía tan lejana como el lucero que miramos enfrente todas las mañanas. Me bastaban sus posters y fotografías que tapizaban mi cuarto y ver todas sus películas; especialmente “Nunca fui santa”, y “La comezón del séptimo año”.

Leía con avidez cuántas revistas encontraba sobre su vida. Algunos reportajes eran simples especulaciones amarillistas pero otros contenían información valiosa y detalles que pocos sabían. Me convertí en un experto en rastrear su vida. Era un fan apasionado dispuesto a recrearme con mi luminaria favorita.

Cuando la tuve enfrente solo se me ocurrió consolarla por tantos desengaños. Le habían hecho demasiado daño al tratarla como muñeca de placer.  Ella que merecía ser tratada como una orquídea valiosa; como una princesa para dar felicidad a quien la poseyera.   Pensé que si lograba tener un encuentro con ella sería de manera extraordinaria. No precipitaría las cosas y me concretaría a tratarla con delicadeza. Quería que viera en mí a un varón capaz de ofrecerle ternura y virilidad.

Cuando supe que era tan infeliz ya no me importaba tanto si se acostaba conmigo o no. Me interesaba, eso sí, reanimarla para que regresara a su mundo con nuevas esperanzas de vida.  Que se percatara que era más valiosa que todos los que le hicieron daño. Pensaba, erróneamente, que la vida aún tenía mucho que ofrecerle. Pero el destino traza rutas que los hombres jamás sospechamos.

Llegué puntual al hotel para llevarla a otro balneario.  La busqué sin resultados . Estaba en el estacionamiento discutiendo con su chofer:

--Hoy no necesitaré sus servicios, puede tomarse el día libre.  Lo llamaré más tarde.

--Lo siento, señora Monroe, pero tengo órdenes de transportarla y protegerla.  ¿Sería tan amable de abordar la limusina?

--¡Cómo así! ¿Y de qué me va usted a proteger? Dígales a sus patrones que por mí pueden largarse al diablo. Ya me cansaron tantas atenciones de su parte. Vámonos, Joe.

Salimos del hotel y una multitud de admiradores la esperaban en la calle. Era imposible que un figurón pasara desapercibida. La prensa había informado oportunamente su estancia en el puerto.  Repartió docenas de autógrafos pero llegaban otros y tuvo que salir corriendo por la puerta de servicio.  Seguramente acostumbrada a escapes involuntarios.

Abordamos un taxi, mientras comentaba divertida:

--¡Si me quedo otro rato llegará la prensa y no sabes cómo se las gastan esos chicos!

 Me percaté que tras esa sonrisa ingenua se ocultaba una mujer de carácter. Eso me agradó y se lo hice saber:

--¿Por qué te contrariaste con tu chofer?

--No es únicamente mi chofer. Actúa como un espía el desdichado y no como un empleado. Desde hoy ya no lo necesitaré más.  Prefiero sentirme libre.

--¿A dónde vamos?

-Al muelle, un yate nos espera para dar un paseo en alta mar. Es propiedad de un amigo y solo estarán el capitán y una cocinera. Traje mi cámara para tomar fotos, dicen que de noche la bahía luce preciosa.

--Sí, es tan hermosa como tú.

Sonrió y se retocó el peinado.  Se puso la pañoleta y las gafas por el momento no las necesitaría. Qué piel tan tersa y que ojos tan expresivos. Sentí ganas de robarle un beso pero me contuve. No podía echarlo todo a perder con mis impulsos.

El yate era lujoso y decorado con buen gusto. No era grande pero sus camarotes lucían impecables. El color plateado les daba un aspecto de nave espacial.  Mullidos sillones, música estereofónica, y un bar con todo tipo de bebidas.   Un negro avejentado, quien dijo ser el capitán, se puso a sus órdenes. Le pidió amablemente diera un recorrido por la bahía de Santa Lucía.  La obedeció en el acto.

La nave se deslizó parsimoniosamente en el agua. Después de alejarse lo suficiente pudimos contemplar el espectáculo a plenitud.  La música clásica alternando con el suave movimiento de las olas enmarcaban la perfecta sinfonía. Desde la cubierta contemplamos el escenario como sacado de "Las mil y una noches".  No en vano Acapulco es considerado el puerto más bello del mundo.

No cabía duda Marilyn poseía un gusto exquisito y una sensibilidad extraordinaria. Estaba acostumbrada a lo excelso y supremo.  De gran refinamiento parecía haber sido educada para ser estrella. No era nada tonta, como se decía, sino todo lo contrario. Era observadora y sabía catalogar bien a las personas. Se dirigía a los presentes con educación y nunca vi en ella modales vulgares.

Después del recorrido le sugerí visitáramos la isla “La Roqueta”. Playas y acantilados con un enorme acuario y animales en completa libertad.  De noche el lugar queda semi desierto. Un gran faro anunció la llegada del yate.

La isla debió ser refugio de piratas y hoy convertida en zona turística muy solicitada. Descendimos del barco para saltar entre las piedras y arena. La actriz retozaba riendo estrepitosamente con los cangrejos que encontrábamos a nuestro paso. Exhaustos, nos sentamos un momento en la playa completamente mojados. Las olas golpeaban suavemente nuestros pies.

A distancia la embarcación se mecía cual orgullosa bailarina de ballet.  Norma se dejó invadir nuevamente por la nostalgia:

--¿Sabes, Joe? Con gusto cambiaba mi vida por la tuya. Sencilla y sin complicaciones.  Quisiera ser tan libre como el viento pero creo que es demasiado tarde.

--¿Por qué dices eso? Mi vida no tiene nada de extraordinario. Es demasiado monótona. Tú lo tienes todo, fama, dinero, y el cariño del público.

--Algún día tú poesía la conocerá el mundo. Eres un bardo que estremece con sus letras. Lo tengo todo en apariencia porque me falta lo más sagrado y valioso que es el amor.  A nadie le intereso como ser humano. Los Kennedy me monopolizaron desde que los conocí.

--No debes permitir que abusen de ti.

--Son hombres poderosos que controlan un país. Pueden destruir mi carrera, mi reputación, mi vida.  Bob, llegaba a mi residencia y no permitía que nadie nos molestara. Mi vida le pertenecía por completo.  Al principio todo era diferente.

--Dices que cuentas con armas poderosas, deberías utilizarlas.

--Te explicaré mejor. Los hombres presumen ser más fuertes de lo que realmente son. Suelen exhibir su miembro y les encanta llevar una mujer a las cimas del orgasmo. Una forma de esconder su inseguridad y esto me lo explicó un psicólogo. John, solía ir a mi casa para confiarme sus problemas. La soledad del poder es terrible. A veces terminaba llorando y yo le servía de consuelo al angelito. Me contó tantas cosas que podría escribir un libro.

--Estoy de acuerdo con tu apreciación. Pero nunca pensé que John Kennedy tuviera esas debilidades.

--Él tiene problemas muy fuertes con su esposa como cualquier hombre casado.  Cuentas pendientes con la mafia, petroleros, y sindicatos. Discrepancias con la CÍA, el FBI, y el partido de oposición. Gente que no lo quiere en el poder, personajes importantes que les gustaría verlo caído. También graves dificultades con el capo Sam Giancana, y Edgar Hoobert, el director del FBI que acostumbra vigilar a todos los presidentes. A John le cuesta diferenciar a los amigos de los lambiscones. Las malas noticias lo abruman tanto que reniega de su estatus.

--Tal vez se percata que el poder hace mucho daño.

--Cuando menos lamenta no ser tan intocable.

--Norma. Me gustaría hablar sobre tu infancia.  ¿Es verdad que de niña fuiste abusada en un orfanato?

Tarde comprendí que había sido inoportuno.   Toqué una cuerda muy fina en el alma de la actriz.  Fijó su vista en la arena como avergonzada y musitó débilmente:

--Desgraciadamente es otro pasaje triste de mi vida.   Pero no fue en un hospicio sino en casa de un matrimonio que me adoptó. Tarde comprendí las intenciones de mi padre adoptivo. Cambiemos de tema, ¿te parece?

--Perdóname, no fue mi intención lastimarte.

Me percaté que a Norma le interesaba hablar de cosas más importantes.  Ese día lo hizo en forma elocuente como si contara sus travesuras de niña o el primer beso de su adolescencia. Por primera vez me habló de sus talentos:

 --Tengo fragmentos de mi vida en un diario.  Hago catarsis con la pluma cuando me pongo triste.  Me desahogo reseñando alegrías y sinsabores. Mis inicios en el cine y toda mi vida morosa. Lo que les gusta y no en la cama a los Kennedy.  Ellos piensan eliminar a Fidel Castro como a tantos otros. ¡Imagínate lo que ocurriría si doy a conocer mi diario! La pura infidelidad les costaría la carrera.

--¿Has hablado con ellos acerca de esa posibilidad?

--Nunca. Únicamente les he insinuado que la venganza de una mujer puede ser dulce. Ya me cansé de ser una marioneta en sus manos. Necesito liberarme para poder ser feliz.

Evidentemente Marilyn estaba desesperada y eso la colocaba en una situación peligrosa. Convertida en la más rutilante estrella de cine todo lo que decía la prensa lo magnificaba.  Sus conferencias de prensa siempre fueron tan polémicas.  Me preocupó sobremanera pero traté de no abrumarla con mis aprehensiones. Simplemente le aconsejé:

--Ese diario es una bomba de tiempo.   Nadie debe saber que lo tienes. Por favor no trates de chantajearlos.  Debes ser cauta y no dejarte arrastrar por las emociones.

--Trataré. Te lo comento porque me inspiras confianza. Todos mis conocidos pertenecen al medio y no podría confiar en ellos. Aquí nadie nos escucha como puedes ver y mi público sabe que escribo un diario. Ojalá y esa barca me alejara de cualquier pena. 









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