viernes, 23 de marzo de 2018

El rostro oculto de Marilyn 2

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Cap. II

“Quiero ser yo misma y no la estrella de cine”


José de Cádiz


Como policía industrial en Acapulco me asignaron cuidar a una celebridad: Marilyn Monroe. Vi a la actriz muy triste en el hotel y le invité un café. Concertamos una cita para otro día. Llegado el momento pensé en dedicarme a trabajar y olvidarme de la aventura.  Pero algo dentro de mí me obligó a apostarme frente a la suite de Marilyn.

Espere pacientemente en el pasillo.  Total, nadie se daría cuenta del plantón. No se escuchaba ni un ruido, nada. Temí que la diva se hubiese marchado esa misma noche. Quise bajar a la recepción a preguntar pero me arrepentí.  Después de media hora perdí toda esperanza.

Me retiraba cuando escuché que se abría el picaporte de su cuarto. Esbelta y erguida apareció aquella beldad.  Vestía jeans, botas vaqueras, y un sombrero tejano que resaltaban su belleza. El pelo recogido la hacía verse como una muchacha de provincia sin grandes pretensiones. Sonrió al verme y expresó:

--Pues yo estoy puesta.  Ud. dice a dónde vamos.



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Bajamos rápidamente a la recepción. Quise detenerla para decirle que no tenía auto pero ni siquiera me lo preguntó.  Simplemente hizo una llamada y apareció frente al hotel una preciosa limusina. Un chofer uniformado nos abrió la puerta. En mi vida me había subido a un auto de esos, pero traté de disimular: Aire acondicionado, música estereofónica, Tv, y unos asientos tan mullidos que parecían bombones de azúcar.

Yo estaba francamente nervioso, pero tenía que salir avante. Le sugerí:

--Aún es temprano para ver a los clavadistas.  ¿Le parece si la llevo a otro sitio a tomar algo?

--No, gracias, prefiero caminar un rato y conocer la ciudad.

Le dio instrucciones a su chofer quien se detuvo.  Luego se alejó un poco y nos dejó solos caminando.

A la altura de Playa condesa emprendimos una larga caminata por toda la bahía. En la arena la actriz se acercaba para tocar el agua con las manos y jugar con el oleaje.  Un cangrejito pareció seguirla y corrió divertida. Por primera vez la vi reír y me pareció encantadora. 


Sobre la Avenida costera cada vez que la rubia veía un antro que le llamaba la atención nos asomábamos a fisgonear como niños traviesos. Tenía un sentido del humor proverbial.  Así, le dijo a un barman:

--Disculpe, ¿me puede traer un tequila argentina?

--Perdón, señora, pero esa bebida no existe.

--Bueno, entonces, tráigame un wiski y un machote pero bien mexicanos,  jajaja

Me agradó ver que la actriz ya no tenía rastros de tristeza.  Parecía una mujer completamente diferente y dispuesta a divertirse. Comentó:

--Fíjese que hace un año quise dar un paseo en Río de Janeiro pero el público no me lo permitió. Me abordaron en la calle y me impidieron avanzar. Me quitaron las gafas y también el sombrero. Desde entonces opto por disfrazarme, como ahora.  ¿Qué le parece mi vestuario?

--Bonito e ingenioso. ¿Tanto la abruman sus fans?

--Demasiado, a veces reniego por ser tan conocida. Me gustaría una vida sin tantos sobresaltos.  Pero tengo contrato con una compañía cinematográfica. Hago dietas y ejercicios diariamente.  Créame, casi no tengo tiempo para mí. Algún día me retiraré del cine y no volveré a trabajar. Me compraré una casita en una playa como esta.


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--Supongo que se retirará de los reflectores para siempre.

--No lo sé, sueño con vivir en una granja y que las aves me despierten cada mañana. Quienes vivimos en una metrópoli añoramos la vida del campo.

--¿Y no piensa volver a casarse?

--¡Ay no francamente no!  Todos mis matrimonios han sido un fracaso. He buscado la felicidad en el amor y jamás la he encontrado. Un tiempo hasta quise ser madre y dedicarme a mis hijos.  Parece que el destino se empeña en mantenerme sola.

--Lamento que no haya logrado la maternidad.


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--Tuve algunos abortos provocados al principio de mi carrera porque el cine me reclamaba.  En el contrato especifican que no podemos embarazarnos.  Volví a intentarlo pero mi matriz estaba muy débil. Más tarde ya no pude hacerlo.

--Quizá la han defraudado demasiado sus matrimonios.

--Más bien creo que yo defraudé a mis ex maridos. No es nada fácil vivir con una actriz. Tenemos que besar a otros hombres, asistir a fiestas, y mil cosas más. Casi ni me veía poco con mis parejas. Eso debilita cualquier relación.

Por un momento la estrella guardó silencio mirando el horizonte como buscando una respuesta jamás encontrada. Suspiró como un niño que ha dejado de llorar.  Se quitó el sombrero y arregló el pelo que parecía una cascada de luces doradas. Me preguntó abiertamente:

--A propósito, ¿Ud. es casado?

--No. Soy felizmente soltero.

--Está Ud. en plenitud de la vida.

--Será que no creo en el matrimonio.  Pero tengo novia, y sueño con amores imposibles.

--¿Amores imposibles? ¿Cómo cuáles?


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--Como usted, por ejemplo --Marilyn se sonrojó y no pudo evitar turbarse--.  Recuperando el aplomo agregó:

--¿No me diga que nunca se ha enamorado?

--Claro que sí y mi relación fue un desastre.  Estaba basada sólo en la sexualidad. Tengo una vida romántica muy pobre.

En ese momento pasó una “calandria” (carreta halada por caballos), vistosamente adornada con flores multicolores.  La actriz exclamó entusiasmada:

--¡Qué preciosidad! Nunca pensé que aún existiera ese tipo de transporte. ¿Nos podemos subir a esa carreta, Joe?

--Adelante, forman parte del servicio turístico.

Abordamos la “calandria” como dos colegiales inquietos. Me sentía realmente en las nubes paseando con una mujer como Marilyn. Ella reía divertida con todo lo que encontrábamos a nuestro paso. Como los niños vomitando fuego en los semáforos, o los adolescentes borrachos saliendo del antro.

Había en Acapulco un centro nocturno llamado "El zorro", en donde presentaban a los cantantes más populares del momento. Esa noche en la marquesina se anunciaba el show de "Los platers", un grupo muy en boga en ese tiempo. Marilyn quiso entrar a escucharlos pensando que no sería reconocida. Eligió una mesa lo más alejada del escenario y pidió una botella de champaña. Durante el intermedio el vocalista se dirigió a su mesa preguntándole:

--Disculpe, ¿Marilyn Monroe?

No, cariño, soy Norma Jean. Pero si te refieres a la chica que ves en la pantalla, sí, soy ella. ¿En qué puedo servirte?

--Me gustaría invitarla a pasar al escenario para dedicarle una canción.

--¡Oh no por favor! Voy a levantar olas y me arruinarían la noche. Pero puedes hacerlo sin mencionarme y la escucharé con atención --se paró y besó en la mejilla al cantante.


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El vocalista sonrió comprendiendo su actitud y se fue a cantarle la canción, "Bésame mucho".  Únicamente se atrevió a decir: "para una señora muy especial". Tal era la popularidad de Marilyn que hacía enormes esfuerzos por no ser reconocida.  Pretendía inútilmente diferenciar a la diva de la chica soñadora que era Norma Jean. Tan desiguales la una de la otra.

--Qué bonita canción, ¿es verdad que su autora es mexicana? –-me preguntó.

--En efecto, se llama Consuelo Velázquez, y esa melodía la han grabado en todos los idiomas.  Qué suerte tiene Ud. de ser reconocida en todas partes.

--¡No, qué va! No me puedo ni bañar en la alberca porque se me quedan viendo como bicho raro.  La fama puede ser muy apetecible pero una vez lograda resulta un lastre.

Prosiguió:

¿Te puedo pedir un favor, Joe?

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--Ud. dirá.

--Llámame, simplemente, Norma.  Esta noche quiero ser yo misma y no la estrella de cine.

--De acuerdo, Norma.

Únicamente se tomó una copa y pedimos la cuenta. El camarero se acercó diciendo:

--La cuenta está pagada, señora.

Supongo que alguno de sus fans la pagó y fue atendida como una reina. 
 En cada antro visitado no permanecíamos más de media hora. La actriz anhelaba salir de su rutina.  Pretendía evidentemente olvidar el presente y desentenderse del porvenir. 

Después de 2 horas pidió al conductor de la limusina nos llevara a “La quebrada”.  Había llegado la hora de ver a los clavadistas.  El show internacional que tanto fascina a turistas.

El popular acantilado se encontraba completamente lleno: turistas curiosos,  vendedores ambulantes, parejas besándose. Tuvimos que pedir una mesa en el restaurante del hotel, "El mirador", de lo contrario no veríamos más que siluetas. Afortunadamente, un camarero me conocía y nos asignó un sitio desde donde pudimos observar el espectáculo a plenitud.


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Una orquesta bien acoplada amenizaba el ambiente.  De pronto, entonaron la canción "New york, New york", y Marilyn hondamente emocionada la tarareó. Expresó como si los recuerdos laceraran su alma:

--¿Sabes, Joe? Es la primera vez que salgo a pasear con un fan.  El público supone que los artistas sólo deseamos convivir con gente encumbrada. Qué equivocados están.  Muchas veces siento la necesidad de pedirle a alguien: “por favor invítame a salir”. Pero tengo miedo que abusen de mi posición y me hagan daño.

No me lo dijo tantas veces y repuse:

--Supongo que en su mundo abundan las relaciones por intereses.

--¡Por supuesto! Casi todas son así.  Llega un momento en que no  distingues a tus amigos de quienes no lo son.  Hay mucha hipocresía, envidias y ambiciones desmedidas. Eso me hace sentir vulnerable.

--Pero, aunque no lo crea, existen los amigos verdaderos.

--Sí, lo creo, sólo que no los he encontrado.

Pedimos una botella de coñac y el camarero nos llevó entremeses: papitas doradas, trocitos de tocino y un queso delicioso.  Me gustó encontrar en Norma a una mujer desinhibida, fina, excelente conversadora.  Tenía frente a mí a una chica inteligente capaz de abordar cualquier tema. Extremadamente sensitiva y con un dejo de tristeza en la mirada.

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Los acordes de la música invitaban a bailar. Aquello era un sueño que jamás pensé se cumpliera. Me atreví a pedirle a mi acompañante que lo hiciéramos. Ella contestó: “desde luego”, y nos dirigimos a la pista. Por fin tenía en mis brazos aquella breve cintura de piel tersa.  Una mujer extraordinaria en todos los aspectos.

La orquesta nos transportó a una dimensión desconocida.  Seducido por las melodías y el tacto de sus manos recargué mi mejilla sobre la de ella, quien correspondió a la caricia. Continuamos bailando todo el repertorio musical en aquel ambiente mágico: "Lanza tus penas al viento",  "Palillos chinos", "cajita musical", me hicieron sentirme en el Olimpo.  Quizá fue el momento más emocionante de mi vida.

De tanto danzar nos olvidamos de los clavadistas. Estaba a punto de terminar el espectáculo cuando regresamos a la mesa. Le dije con cierta pena:

--Perdón, me olvidé que la traje aquí a ver el show.

--No te preocupes, yo también me dejé arrullar por la música.

--Mire, aún podemos ver a los últimos clavadistas.

Nos acercamos al barandal del escenario e instintivamente Norma me tomó de la mano. El aire jugaba con su pelo y sus ojos azules le daban un porte de princesa. Sonreía como hada juguetona buscando el calor de unas manos que la arrullaran, que la protegieran del mundanal ruido, o quizá de algún lejano presentimiento.


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Una pareja de fans la reconoció y se tomaron fotos con ella. La habían descubierto casualmente y estaban felices a su lado. Amablemente les firmó autógrafos. Llegaron otros expectantes y sonrientes.  Tuvieron la oportunidad de conocer a una celebridad y aprovecharon la ocasión, al igual que yo.  Me concreté a observar aquella escena surrealista.  La actriz me preguntó discretamente:

--¿Hay alguna playa solitaria cerca?



--Sí, la hay, es una playa encantadora.

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