domingo, 3 de diciembre de 2017

El rostro oculto de Marilyn VI







Cap. V1

Una noche bajo las estrellas

José de Cádiz




Subimos en silencio al yate y abandonamos la isla de “La roqueta”. La nave se adentró en alta mar hasta perderse como un minúsculo puntito. Una mesa bien dispuesta nos aguardaba a bordo. La cocinera negrita nos trajo toallas para darnos un chapuzón y quitarnos la arena.  Le dije a Norma que no traía más ropa que la que llevaba puesta. Contestó bromeando que no había problema y que podía andar en traje de Adán si se me antojaba. Reí para mis adentros.

Marilyn era una mujer desinhibida pero yo no  tenía tanta confianza para mostrarme ante ella desnudo. Me metí al baño y cerré la puerta.  El  calor del trópico y el agua resultaban placenteros. Cuando salí me llevé otra agradable sorpresa. La rubia me llevó a un clóset lleno de ropa y calzado fino para caballero. Me dijo:

--Es del dueño del barco, y no te apenes, tengo permiso de tomar lo que yo quiera de aquí. Ponte una ropa adecuada y recuerda que la noche es larga. 

Elegí una camisa verde de lino, pantalón negro y zapatos del mismo color. Quería verme elegante en aquella cena.  Marilyn se puso un vestido rosado con un escote precioso que la hacía ver fenomenal. La vi tan deslumbrante que parecía una chica diferente a quien me contaba todas sus penas. Eran claros sus altibajos emocionales.



En la mesa había exquisitos manjares y bebidas finas. La diva parecía entusiasmada por pasar una velada llena de encanto. Encendió el modular con  una música casi amenizada por los mismos ángeles. Pequeñas lamparitas adornaban el espacioso comedor. Sirvió dos aperitivos y me invitó a brindar:

--Hagamos de esta noche una fecha memorable. Quiero que sea la mejor de mi estancia en el puerto.  Olvidarme que soy Marilyn e imaginar que soy libre. Quiero bailar, reír, tomarme unas copas. Sentirme acariciada por un hombre que no vea en mí una ninfómana. Ilusionarme con un mundo que no es mío.

Yo la escuchaba intrigado y sorprendido. Se encontraba conmigo una Diosa que podía tener el mundo a sus pies si se lo proponía pero ella parecía no percatarse de ello.  Sacudí la cabeza para cerciorarme que no estaba soñando. Me costaba trabajo creer que aquella celebridad fuera tan infeliz. Pero la realidad ahí estaba con un cuerpo escultural y unos labios entreabiertos.

Cenamos faisán y caviar como dos escolares hambrientos.  Luego me pidió que descorchara una botella. La obedecí como un fiel vasallo a su reina. Quería hacerla sentir dichosa aunque sea por breves momentos.  Prolongar aquella velada tanto como fuera posible. Serví dos copas y expresé:

--Deseo que este paseo sea extraordinario. Quiero verte alegre y despreocupada.  Daría lo que fuera por darte la felicidad que mereces. No sé lo que nos depare el futuro pero eres una fantasía convertida en realidad. Voy a atesorar lo que vivamos en lo más hondo de mí ser.




Chocamos con delicadeza las copas.  Enseguida me pidió le declamara el poema que tanto le había gustado en la playa.  Posteriormente solicitó otras poesías de mi autoría. Un recital exclusivamente para ella.  Le gustó sobremanera la siguiente:


MUJER DE ENSUEÑO


Ámame, como sólo la eternidad lo sabe hacer.

Mírame, como a un niño en el regazo de su madre.

Acaríciame, como las nubes acarician el vacío.

Muéstrame, la verdad de esta vida terrenal.

Mátame, cuando te canses de mirar la eternidad.

Cántame, la sinfonía de la naturaleza.

Cuéntame, los diálogos secretos entre un duende y una mariposa.

Tócame, las más hermosas melodías con el clarín.

Motívame, a tratar de alcanzar el firmamento.

Regálame, una estrella el día de mi cumpleaños.

Invítame, una copa con nieve de volcanes o llena de iceberg.

Enséñame, que la vida despierta cuando la muerte está dormida.

Permíteme, regalarte mi esencia, estrecharte en mis brazos y colmar tu inocencia.

Ayúdame, a cruzar el puente entre lo finito e infinito.

Anhelo, conocer tus secretos cuando estás dormida, cuando guardas silencio, y cuando me miras.

Concédeme, la dicha de saber  que  la felicidad se encuentra detrás de esa montaña, y que el universo, ¿nos pertenece?

Prometo, amarte indefinidamente, comprender tu silencio, y mirarte de frente.





Norma escuchó embelesada el poema pero esta vez al final no lloró. Se paró y me besó con delicado frenesí. Yo correspondí la caricia presintiendo que se avecinaba un huracán. Recordé que tenía que ser cauto para que todo se fuera dando lentamente. No debía pensar ella que sólo me interesaba el sexo sino también su parte interna.

Llené de nuevo las copas.  Le sugerí que subiéramos a la cubierta para contemplar el mar en la semioscuridad. Viajar de noche en un yate resulta una experiencia francamente alucinante.  Hacerlo con una mujer como Marilyn era pactar con los 4 elementos.  Escuchamos en silencio el murmullo de las olas.

Hay momentos que se quedan grabados en el alma para siempre.  Es como tener un pie en el cielo y otro en la tierra.  La vida es extraordinaria y debemos disfrutarla al máximo.  Amarla, glorificarla, porque es el mejor regalo que Dios nos dio.  Sólo la valoramos en contadas ocasiones o cuando estamos a punto de perderla.

La abracé de la cintura por detrás y estuvimos un ratito sin hablar. Todo el universo parecía comulgar con nosotros en esos instantes.  Un cielo estrellado a nuestra entera disposición. Nunca me sentí tan extasiado con la naturaleza. Por momentos sólo se escuchaba el murmullo del viento, ¿o era el canto de las sirenas que los marinos escuchaban temerosos?  





--¿En qué piensas, Norma?

--En mi vida y en la tuya.  En lo que nos deparará el porvenir. Me hubiera encantado conocerte antes de ser actriz. Mi vida hubiera tomado otro giro. Te voy contar algo que muy pocos conocen.

--Tú dirás. Toda tu vida es extraordinaria.

--Me casé muy joven con un chico apuesto.  Estaba enamoradísima o al menos así lo creí.  Tal vez lo hice para escapar de los orfelinatos a los que nunca me adapté. No hubo un noviazgo formal como cualquier otra pareja y naturalmente mi matrimonio fracasó.  Mi marido se enlistó en La marina de EE.UU para irse a la II guerra mundial.  Me dejó trabajando en una fábrica de paracaídas donde fui descubierta por un fotógrafo.

--¡Qué interesante!



--Cuando era una adolescente soñaba con tener un novio que me llevara al cine y comprara chocolates, nueces.  Que saliéramos a caminar y contemplar el atardecer. He conocido infinidad de hombres pero jamás nadie me ha invitado a un parque. ¿Por qué, Joe?, ¿por qué no ven en mí a la mujer sensible?  La vida me ha negado cosas tan bellas.

--Será que no podemos tenerlo todo en la vida.  Pero, no te preocupes, yo te llevaré al cine y te compraré palomitas. Luego lloraremos juntos con alguna película. ¿Acepta mi invitación, bella princesa?

Sonrió divertida y agregó:

--Quiero que después del cine me lleves a tu casa.  Conocer tu hogar y cocinarte una comida sabrosa. Leer un libro, escuchar música, asomarme a tu mundo aunque no me pertenece. Sentirme un ama de casa por breves momentos. 




--Pero, Norma, es que yo ni siquiera tengo casa. Vivo en un modesto edificio de departamentos.  Por favor no me pidas eso.

--¡Qué tonta soy!  Dijiste que tenías novia y puedo causarte inconvenientes. Perdóname, has sido tan amable conmigo.

--No, no es eso. Simplemente no quiero que te lleves una mala impresión de mi hogar.  Con Fabiola nos llevamos bien y no guardamos secretos.  Bueno, si es tu deseo te llevaré.

--Eres tan comprensivo conmigo.  Vente, vamos a bailar al bar, quiero divertirme hasta el amanecer. Pero, antes, ¡alcánzame si puedes, Jajaja!

Norma se quitó el calzado y corrió como niña traviesa por toda la cubierta. Yo la seguí como un lobo a su presa. Me sentía infantil jugando de esa manera pero me agradaba mucho.  Era verdad que todos llevamos un niño dentro y aquello lo confirmaba.  No obstante, una inquietud me atosigaba, el temor que todo terminara abruptamente.  

La alcancé y de premio me dio otro beso que prometía el paraíso. Bajamos al bar y puso una música tropical sabrosa: “La bamba”, que nos motivó a bailar en el acto. La bebida estaba surtiendo efecto.  Bailamos Swing, Cha cha chá, y hasta mambo. Tomamos con moderación pero sin tregua.  Luego cambió esos ritmos por algo más romántico: Los Beatles, Gleen Miller, Frank Sinatra, quienes nos arrullaron con sus creaciones.

Los dos deseábamos prolongar esa velada hasta el infinito. No queríamos sustraernos a la magia de la noche, ni despertar de una quimera y encontrarnos con otra realidad. La felicidad es tan fugaz como el viento.  Vi tan alegre a Marilyn que pensé que ya no tendría sufrimientos.  Qué equivocado estaba con mi apreciación.

Tan abstraídos bailábamos una balada que no me percaté que la actriz se había quedado dormida en mis brazos.  Como si inconscientemente quisiera transportarse a un lugar inexistente. Agotada por el ritmo y los movimientos sensuales de su cuerpo. Me detuve en el acto mientras el disco seguía girando como la vida misma.  Como fiel reflejo de una vida caótica.

¿Pretendía Norma Jean evadir circunstancias tan quebrantadas como un vendaval? Tan dolorosas como un viacrucis.  Marilyn era prisionera de la fama y su belleza la estigmatizaba como maldición. De otra manera no habría tenido esos tropiezos que la habían condenado a la amargura y ostracismo.  ¿Qué más podía hacer ella para superar tal situación?

La música sin ella había perdido su encanto. Sin su risa ni resplandor el salón estaba vacío.  No esperaba aquel desenlace y tomé en mis brazos a una alondra viajera que el azar había depositado en mi camino trayendo a mi vida regocijo y sorpresas.  La cargué delicadamente y busqué un camarote. Lo encontré y deposité su cuerpo en la cama.

Esa preciosidad se encontraba a escasos centímetros de mí. Contemplé sus senos tan perfectos.  La apreté ligeramente y aspiré su aliento. Su perfume era realmente enloquecedor. Un estremecimiento me recorrió de pie a cabeza. A punto estuve  de soltar a  la bestia interior que todos llevamos dentro pero reaccioné en el último momento.

La besé con gran dulzura y sonreí. Sabía lo que aquella ninfa necesitaba y entendía su sufrimiento. De ninguna manera profanaría su sueño. Le quité las zapatillas para que durmiera a gusto. Acomodé su cuerpo de tal manera que no sintiera la mínima molestia. Me acurruqué a su lado e hice un esfuerzo por evitar cualquier tentación.

Con el aire frío de la noche no pude evitar el impulso de abrazarla. Al contacto de aquella piel de terciopelo mi pene se enderezó furioso. Sólo se escuchaba el golpeteo de las olas contra el casco del barco.





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