viernes, 1 de diciembre de 2017

El rostro oculto de Marilyn V





Cap.  V

Su diario era una bomba de tiempo.

José de Cádiz



Dormí hasta muy tarde soñando con el beso de Marilyn. Ni siquiera me quité el labial rojo que aún manchaba mi mejilla. Una tremenda erección denunciaba que mis deseos hacia la estrella se habían intensificado. Esa criatura era poseedora de un magnetismo animal capaz de seducir hasta las piedras. Todo en ella destilaba sensualidad.

Si Marilyn en la pantalla despertaba pasiones de cerca era un manjar que daban ganas de penetrarla en el acto. En cierta forma justificaba a quienes se aprovecharon de su condición voluptuosa. La actriz parecía una ninfa hecha para el erotismo.  Sus labios, pechos y caderas provocaban un irresistible deseo de estrujarlos. De remontarse con ella hasta las cimas más altas del placer.



Me bañé y rasuré cuidadosamente. Era mi día de descanso y no tenía que presentarme a trabajar. Llamé a Fabiola, mi novia, para decirle que esta vez no la pasaríamos juntos. Manteníamos una relación de un año que tenía una sola finalidad: el sexo. No nos interesaba el matrimonio y teníamos bien claro que nuestros caminos eran libres. Disfrutábamos intensamente cada encuentro y nos prometimos que si encontrábamos otra pareja sólo tendríamos que sincerarnos.  Seguiríamos nuestro camino sin impedimentos.

Su hermano, German Rentería, era otro de los policías que cuidábamos a Marilyn. Moreno y bien parecido le gustaban el baile y las motocicletas. Pero más le encantaba llevarse una mujer a la cama. Nos conocimos en la universidad y ahora trabajando juntos nos apoyábamos mutuamente. Solíamos irnos de parranda y un día me presentó a Fabiola con quien simpatizamos de inmediato. 

Como cuñado nuestra camaradería se hizo más estrecha. Nos invitaba a comer ocasionalmente a su casa y conversábamos amigablemente con su esposa. Jamás mencioné sus aventuras amorosas y tampoco a él le importaba si yo le era fiel a su hermana. Había cierta complicidad por conocernos de antaño.

Cuando nos asignaron al cuidado de Marilyn a Germán no le causó gracia. Tenía la peor opinión de las estrellas de cine afirmando que eran unas golfas.  Decía que cambiaban de marido como cambiar de calzones. Tan endiosadas que pensaban que el mundo estaba bajo sus pies: “Seguramente nos va a cargar como su perro, la tal Marilyn”, refunfuñó.




Cuando conocí a la actriz y le expliqué que era una mujer culta y refinada no me creyó.  Le dije que tenía problemas sentimentales y que había visitado Acapulco con el fin de despejarse. No le interesó conocerla ni le impresionaba su fama. A Germán le sobraban las mujeres.

Ese día me pregunté qué buscaba realmente en una mujer como Marilyn. Las estrellas de cine le pertenecen al público y carecen de vida privada. Yo era su admirador entre millones y las luminarias son asediadas por diferentes hombres. Una actriz célebre no podría fijarse en un hombre sin fortuna como yo.  ¿Para qué hacerme ilusiones si pertenecíamos a mundos tan diferentes?

Pero Marilyn, era una mujer, y yo un hombre, y si salíamos a pasear todo podía suceder. Me propuse vivir el presente sin pensar en el futuro. Elegí cuidadosamente una Playera, short, y tenis la ropa adecuada para veranear. Me llenaba de regocijo ese nuevo encuentro. Me sentía como un colegial a punto de perder su virginidad.

Marilyn había sido la causante de mi despertar sexual desde mi más tierna adolescencia. Mis sueños húmedos con ella fueron tan frecuentes. A veces aliviaba mis tensiones con la pura  imaginación que me conducía a paroxismos de placer.  Me parecía tan lejana como el lucero que miramos enfrente todas las mañanas.  Pero me bastaban sus posters  y ver todas sus películas.  Especialmente: “Torrente pasional”, y “Nunca fui santa”, y "Una Eva y dos adanes".

Leía con avidez cuántos libros y revistas encontraba sobre su vida. Algunas eran simples especulaciones amarillistas pero otras contenían información valiosa y detalles que pocos sabían. Me convertí en un experto en rastrear su vida. Era un fan apasionado dispuesto a recrearme con mi luminaria favorita.

Curiosamente, cuando me contó su vida sólo se me ocurrió consolarla por tantos desengaños. Le habían hecho demasiado daño al tratarla como muñeca de placer.  Ella que merecía ser tratada como una orquídea valiosa; como princesa para dar felicidad a quien la poseyera.   Pensé que si lograba tener sexo con ella sería de forma extraordinaria. No precipitaría las cosas y me concretaría a tratarla con delicadeza. Quería que viera en mí a un varón capaz de ofrecerle ternura y virilidad.

Para ser sincero, sabiendo que era tan infeliz ya no me importaba tanto si se acostaba conmigo o no. Me interesaba, eso sí, devolverle la confianza en la vida. Que se percatara que ella era más valiosa que todos los que le hicieron daño. Pensaba erróneamente que la vida aún tenía mucho que ofrecerle. Pero el destino traza rutas que los hombres jamás sospechamos.

Llegué puntual al hotel para llevarla a otro balneario.  La busqué durante algunos minutos.  Estaba en el estacionamiento discutiendo con su chofer:

--Hoy no necesitaré sus servicios. Puede tomarse el día libre.  Yo lo llamaré más tarde.

--Lo siento, señorita Monroe, pero tengo órdenes de transportarla y protegerla personalmente.  ¿Sería tan amable de abordar la limusina?

--¡Cómo así! ¿Y de qué me va usted a proteger? Dígales a sus patrones que por mí pueden largarse al diablo. Ya me cansaron tantas atenciones de su parte. Vámonos, Joe.

Salimos del hotel pero una multitud de admiradores la esperaban en la calle. Era imposible que un figurón como Marilyn pasara desapercibida. La prensa había informado oportunamente su estancia en el puerto.  Repartió docenas de autógrafos pero llegaban otros y tuvo que salir corriendo por la puerta de servicio.  Seguramente acostumbrada a escapes involuntarios.

Abordamos un taxi mientras comentaba divertida:

--¡Si me quedo otro rato llegará la prensa y no sabes cómo se las gastan esos chicos!

 Me percaté que tras esa sonrisa ingenua se ocultaba una mujer con carácter. Eso me agradó y se lo hice saber:

--Enojada te ves más linda. ¿Por qué te contrariaste tanto con tu chofer?

--Es que no es únicamente mi chofer. Actúa como un espía el desdichado y no como un empleado. Desde hoy ya no lo necesitaré más.  Prefiero viajar en taxi.

--¿A dónde vamos? —pregunté.

-Al muelle, un yate nos espera para dar un paseo en alta mar. Es propiedad de un amigo y solo estarán el capitán y una cocinera. Traje mi cámara para tomar fotos. Dicen que de noche la bahía luce preciosa.

--Sí, es muy hermosa, pero no tanto como tú.



Sonrió coqueta y se retocó el peinado.  Se puso su pañoleta, las gafas por el momento no las necesitaría. ¡Qué piel tan tersa y que ojos tan expresivos! Sentí ganas de robarle un beso pero me contuve. No podía echarlo todo a perder con mis impulsos.

El yate era lujoso y decorado con buen gusto. No era muy grande pero sus camarotes y compartimientos lucían impecables. El color plateado les daba un aspecto de nave espacial.  Mullidos sillones, música estereofónica, y un bar con todo tipo de bebidas.   Un negro avejentado, quien dijo ser el capitán, se puso a sus órdenes.  Marilyn le pidió amablemente diera un recorrido por toda la bahía.  La obedeció en el acto.



La nave se deslizó parsimoniosamente en el agua y después de alejarse lo suficiente pudimos contemplar el espectáculo a plenitud.  La música clásica alternando con el suave movimiento de las olas enmarcaba la perfecta sinfonía. Desde la cubierta contemplamos el escenario como sacado de "Las mil y una noches".  No en vano Acapulco es considerado el puerto más bello del mundo.

Marilyn poseía un gusto exquisito y una sensibilidad extraordinaria. Estaba acostumbrada a lo excelso y lo supremo. Parecía haber sido educada para ser estrella. No era nada tonta, como se decía, sino todo lo contrario. Era observadora y sabía catalogar muy bien a las personas. Siempre se dirigía a los presentes con educación y nunca vi en ella modales vulgares.

Después del recorrido le sugerí visitáramos la isla de “La Roqueta”. Una porción de playas y acantilados con animales en completa libertad.  De noche el lugar queda prácticamente desierto. Un gran faro anunció la llegada del yate. 

La isla que debió ser refugio de piratas en otro tiempo hoy convertida en zona turística muy solicitada. Descendimos del barco para saltar entre las piedras y arena. Lo primero que encontramos fue al célebre "burro de la roqueta". Un asno al que los turistas daban de beber cervezas. Estaba echado y completamente ebrio. Marilyn lo acarició con ternura.

La actriz retozaba riendo estrepitosamente con los cangrejos que encontraba a su paso. Exhaustos, nos sentamos un momento en la arena completamente mojados. Las olas golpeaban suavemente nuestros pies.




A distancia  el yate se mecía en vaivén cual orgullosa bailarina de ballet.  De pronto, Norma se dejó invadir nuevamente por la nostalgia:

--¿Sabes, Joe? Con qué gusto cambiaba mi vida por la tuya. Sencilla y sin complicaciones.  Quisiera ser tan libre como el viento pero creo que ya es demasiado tarde.

--¿Por qué dices eso? Mi vida no tiene nada de extraordinaria. Es demasiado monótona y aburrida. Tú lo tienes todo, fama, dinero y el cariño del público.

--No, Joe. Eres un bardo inspirado que estremece con sus letras. Yo lo tengo todo en apariencia porque me falta lo más sagrado y valioso que es el amor.  A nadie le intereso como ser humano. Los Kennedy me monopolizaron desde que los conocí.

--No debes permitir que abusen de ti.

Repuso con tristeza:

--Ojalá pudiera.  Son hombres poderosos que controlan a un país. Pueden destruir mi carrera, mi reputación, y hacer lo que quieran conmigo.  Robert, cuando llegaba a mi residencia no permitía que nadie lo molestara.  Siempre con un enorme séquito de guardaespaldas.  Qué pronto se olvidó de mí.

--Dices que cuentas con armas poderosas.  Deberías utilizarlas.

--Mira, te explicaré mejor.  Los hombres presumen ser más fuertes de lo que realmente son. Suelen exhibir su miembro y les encanta llevar una mujer a las cimas del orgasmo. Una forma de esconder su inseguridad, esto me lo explicó un psicólogo. John, solía ir a mi casa para confiarme sus problemas. La soledad del poder es terrible y a veces terminaba llorando. Me contó tantas cosas que podría escribir un libro.

--Estoy de acuerdo con tu apreciación. Pero nunca pensé que John Kennedy tuviera esas debilidades.

--Él, tiene problemas muy fuertes con su esposa como cualquier hombre casado.  Cuentas pendientes con la mafia, petroleros, y sindicatos. Discrepancias con La CÍA, FBI, y el partido de oposición. Gente que no lo quiere en el poder, personajes importantes que les gustaría verlo caído. Graves dificultades con el capo Sam Giancana, y con Edgar Hoobert, el director del FBI. A John le cuesta diferenciar a los amigos de los lambiscones.  Las malas noticias lo abruman tanto que reniega de su estatus.

--Tal vez se da cuenta que el poder hace mucho daño.

--No, precisamente, pero lamenta no ser tan intocable.

--Norma, me gustaría habláramos sobre  tu infancia.  ¿Es verdad que de niña fuiste abusada en un orfanato?

Tarde comprendí que había sido inoportuno.   Toqué una cuerda muy fina en el alma de la actriz.  Fijó su vista en la arena como avergonzada y musitó débilmente:

--Es otro pasaje triste de mi vida.   Pero no fue en un hospicio sino en casa de un matrimonio que me adoptó. Esas fueron siempre las intenciones de mi padre adoptivo.  Mejor, cambiemos de tema, ¿te parece?

--Perdóname, no fue mi intención lastimarte.

Me di cuenta que a la rubia le interesaba hablar de cosas más importantes.  Ese día lo hizo en forma elocuente como si contara sus travesuras de niña o el primer beso de su adolescencia. Por primera vez me habló de sus talentos:

 --Fíjate que tengo fragmentos de mi vida en un diario.  Hago catarsis con la pluma cuando me pongo triste.  Reseño mis alegrías y sinsabores. Cuento mis inicios en el cine y toda mi vida morosa. Lo que les gusta y no en la cama a los Kennedy.  Ellos piensan eliminar a Fidel Castro como han eliminado a tantos otros. ¡Imagínate lo que ocurriría si doy a conocer mi diario! La pura infidelidad les costaría la carrera.





--¿Has hablado con ellos acerca de esa posibilidad?

--No, nunca. Únicamente les he insinuado que la venganza de una mujer puede ser dulce. Estoy cansada de ser una marioneta en sus manos. Necesito liberarme para ser feliz.

Evidentemente Marilyn estaba desesperada y eso la colocaba en una situación peligrosa. Convertida en la más rutilante celebridad todo lo que decía la prensa lo magnificaba.  Sus conferencias de prensa siempre fueron tan polémicas.  Me preocupó sobremanera pero traté de no abrumarla más con mis aprehensiones. Simplemente le dije:

--Ese diario es una bomba de tiempo.   Nadie debe saber lo que escribes. Por favor no trates de chantajear a los Kennedy.  Debes ser cauta y no dejarte arrastrar por las emociones.

--Es lo que hago precisamente. Te lo  confío a ti porque me inspiras confianza. Todos mis conocidos pertenecen al medio y no podría confiar en ellos. Aquí nadie nos escucha como puedes ver estando en contacto con la naturaleza. Me gustaría remontarme en alta mar para no regresar jamás.  Ojalá y ese yate me alejara de cualquier pena.

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