lunes, 6 de abril de 2015

UN CANTO A LA VIDA








José de Cádiz



Amanecía ya, cuando en lo más alto de una montaña gruesas gotas de rocío caían sobre nuestros hombros, y sobre las plantillas de café que circundaban el angosto camino, que a esa hora de la mañana y esa altura de la montaña, podíamos sentir el frío que calaba hasta los huesos.

Hacía dos horas que habíamos partido de la Cd. de Atoyac, y según el decir de mis dos compañeros, Juan Carlos, y Gilberto, estábamos a punto de llegar a la pequeña ranchería a la que nos dirigíamos. El camino era angosto y serpenteado cuesta arriba, con gigantescos árboles de encino, pino, y robles que cubrían los cafetales.

Por fin llegamos a la cima de una loma y desde ahí pudimos observar que el sol ya despuntaba en el horizonte. Nos sentíamos regocijados respirando el aire fresco.  Era una sensación de plenitud absoluta estando en contacto con la naturaleza. El piar de las aves nos entusiasmó y aspiramos el perfume de la libertad.

El canto de un gallo nos dio a entender que estábamos muy cerca de las casas y apresuramos el paso.  Por fin divisamos al frente dos casitas pequeñas de madera cercadas con corralitos de mampostería. Bugambilias y plantas de diversos matices adornaban su entrada.  Un potrero con dos vacas pastando mansamente.  El olor a establo y pino penetró fuertemente nuestro olfato.





Una ladrería de perros nos dio la bienvenida.  Ahí moran la familia de Juan Carlos y su tío se llama Gabriel.  Dos caritas sonrientes asoman curiosos y con rapidez corrieron a esconderse.  Sonreíamos con malicia y saludamos pero nadie contestó. Pasado un rato apareció doña Micaela cargando una cubeta con agua.  Es la esposa de tío Gabriel y nos invitó a pasar a su casa.

Cómodamente instalados observábamos por un momento el hogar.  El piso es limpio y despide un agradable olor a tierra mojada.  Una cuna de madera donde dormía plácidamente un bebé.  Una mesa y cuatro sillas de madera rústica forman parte del mobiliario.  Una cama, un fogón, y un rifle automático colgado de la pared.





La señora nos invitó a comer un suculento menú compuesto por tortillas de mano, queso ranchero, frijoles de la olla, café con leche, Mmmmm. La comida es realmente deliciosa y almorzamos con voraz apetito.  En el rostro de la señora hay la sonrisa sencilla e ingenua de la gente del campo. Los niños se acercaron a comer en otra mesita mirándonos como intrusos. Eramos tres extraños invadiendo su privacidad.

Pronto llegó de la milpa el Tío Gabriel, esposo de doña Micaela, quien saludó efusivamente a Juan Carlos, su sobrino.  A Gilberto y a mí nos dio un apretón de manos que casi nos dejó sin aliento.  Nos habló de la cosecha, de la vaca con con la pata aguzanada, de sus hijos en edad de ir a la escuela, y también la temporada de lluvias. Luego nos preguntó:

--¿Les gustaría ir de cacería esta noche? --¡Asentimos entusiasmados!

Siempre pensé que la cacería era diurna pero esta vez había plenilunio y partimos a las ocho p.m. Nos procuramos parque suficiente, café, cerillos y una linterna de mano.  Enfilamos cuesta arriba por una vereda. El paso de las botas al chocar con la hojarasca seca producían un ruido que junto a la sombra de los gigantescos pinos semejaban fantasmas gigantescos.   Por momentos la luna se mostraba amable y generoso e iluminaba como poderoso reflector nuestro camino.





Atravesamos un riachuelo cantarín donde las ranas y los grillos parecían elevarle una plegaria al creador. Era así como, cuerpo y espíritu, naturaleza y hombre, convergíamos en una misma dirección. Se oye, se siente el murmullo del bosque, el trepidar de las hojas que mueve el viento. El canto de un búho casi me erizó los pelos.  El aullar de un Coyote me hizo comprender los peligros de la selva.

Llegamos a un despoblado de rastrojos en donde había una graciosa casa de zacate.  Enfrente hay un ojo de agua donde según tío Gabriel solían bajar los venados.  Nos apostamos en lugares estratégicos para cazar al venado que nunca llegó.  Después de media hora tío Gabriel le disparó a un coyote que merodeaba.  El balazo ahuyentó a los ciervos que se dieron a la fuga. Más tarde encontramos una enorme boa enroscada en un tronco.  "Algo es algo", decíamos.





Convencidos que ya no habría cacería encendimos una fogata para protegernos del frío. Frente a ella iniciamos una platica amena sobre la vida en el campo. A pesar de estar abrigados con chamarras gruesas y pantalones de mezclilla sentíamos la ropa medio mojadita.  Es inigualable la sensación de eternidad en una montaña.  Un aire gélido pero a la vez delicioso.

Frente a la fogata mi reloj marcaba las 12:30 pm.  La charla es picante, pausada, arrullada por el ruido de las sabandijas allá en lo más alto de la Sierra madre. Por momentos estallan ruidosas carcajadas ante la charla sagaz y legendaria de un hombre de experiencia; que sabe sonreírle a la vida, que sabe que reír es vivir.  Un ser humano que encontró la fuente de su felicidad en las montañas. Acaso temeroso de contaminarse en las grandes urbes de hierro y de concreto que son nuestras ciudades.  O ante el ritmo de vida que exige nuestra "civilización".






Son las cinco de la mañana, el tiempo se fue sin sentirlo. La velada resultó inolvidable.  A lo lejos escuchamos el canto de los gallos anunciando el amanecer. Ese ambiente mágico nos hizo comprender la fugacidad de la vida. Vino a mi mente en ese preciso momento un pensamiento que yo había leído en alguna parte:


"Proponte vivir cada día como si fuera el último que para ti alumbra y agradecerás el amanecer que ya no esperabas".










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