martes, 14 de abril de 2015

POETAS INVITADOS



¡Hola lectores de este blog!, hoy inauguramos una sección de escritores invitados a mi página.  Todos tienen trayectoria, conocidos y admirados en su radio de acción.  Les presento a la poetisa de Guerrero, Graciela Guinto Palacios, originaria de la Costa Grande, México. Ha sido profesora de varias generaciones en técnicas narrativas y métrica poética.  Tiene una prosa regionalista y pintoresca que la hace irrepetible. Pero dejemos que se presente ella misma.


SEMBLANZA DE GRACIELA GUINTO PALACIOS,
ESCRITORA, DRAMATURGA Y POETISA


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    Es nativa de Coyuca de Benítez, estado de Guerrero. Desde los quince años, escribió sainetes, que fueron presentados en su pueblo. Allí mismo fue fundadora y directora de las Academias de Contaduría y Comercia del Centro de Bienestar Social Rural y de la Santa Teresita del Niño Jesús, sin sueldo alguno, gratuitamente, como una labor social. En los años setenta, fue fundadora y directora de las Academias en Pinotepa Nacional, Oaxaca y en Coyuca de Benítez, pero ya por cooperación. Fue profesora en las secundarias técnicas de Coyuca de Benítez y en el puerto de Acapulco. Renunció en 1985, y se fue a radicar a la C. de México, para formar a sus hijos y dedicarse a escribir. En el año 2008, ganó el premio Antonia Nava, por ser la mujer más importante en las letras, en el Estado de Guerrero.
    Tiene cuatro libros editados: Cuentos Palpitaciones Costeñas, editado por el H. Ayuntamiento que presidía el Profe. José Luis de la Cruz Reséndiz, en el año 1999. Desarrollo de la Poesía Hispanoamericana. Poemario  Ovillos del tiempo y libro de Dramaturgia, Los Zopilotes Tienen Hambre. Estos tres últimos, fueron editados por mi peculio. Están en proceso de edición: Antología La Pomarrosa, que contiene obras teatrales monólogos, tres cuentos, una novela Corta, intitulada El Anciano y prosas. Antología Mis Raigambres, que contiene, cuentos, una poesía coral, prosas literarias y poemas. Y una Novela intitulada Sangre Bronca, que la considero como mi obra máxima.





CUENTOS COSTEÑOS

EL PALO DEL CARNIZUELO

Graciela Guinto Palacios





    Manuel se va a casar con Roselia, ¡cómo lo aborrezco! Aún llevo metida en la sangre la vergüenza que pasé aquella noche sin luna.  Las hormigas del carnizuelo punzaban mi carne, pero no las sentía, era más fuerte el dolor que dañaba mi alma.  La noche era oscura, sólo se oía el aullar de los perros que andaban en brama y los chillidos de los grillos que me ensordecían.  Mis padres roncaban acostados en su cama de varas, y yo salí de puntitas, “desatranqué” despacito la puerta de la cocina, después brinqué el tecorral de piedras y comencé a caminar presurosa; luego, tapé mi cabeza con el rebozo nuevo, de bolita, que usaba mi madre en los velorios de los ricachones.  No quería que me vieran.  La palma del rebozo se ganchó en las espinas de un timuchal, lo jalé rápido y lo sacudí en el aire pa’ que no se me subiera algún bicho o una hormiga, por si acaso se hubiera pegado.

     Seguí caminando aprisa y llena de miedos el alma.  A veces me escondía detrás de los matorrales que había en la vereda, pa’ que no me reconocieran cuando algunos pasaban con su lámpara de mano, encendida.

    Cuando llegué a su casa, en donde estaba Manuel solito, sus brazos rodearon mi cuerpo, y yo comencé a temblar; sentía que mi corazón latía con fuerza en mis oídos, en mi barriga y en mi sangre, cuando él  tallaba su barba roñosa en mi cara, cuando me apretaba sobre su pecho moreno que olía a campo, a tierra mojada, a brisa y a mar. ¡Cómo me estremecía cuando sentía su aliento resoplando en mi oreja! ¡No me importaba la dureza del piso ni el petate viejo que picaba mi espalda! ¡Pues yo jadeaba y jadeaba, trepada en un brioso caballo alazán aterciopelado.





    ¡Manuel, ingrato, se va a casar con Roselia!  Todos los días lo veo en el corredor de su casa platicando con ella, vibrando su guitarra vieja y entonándole canciones de amor muy cerquita en su cara.  Pero no “¡lianque!” Antes me pertenecía, yo era su dueña.  Por las tardes me acompañaba, amoroso, a pasear por el pueblo, y luego, nos íbamos al zócalo a dar vueltas y vueltas agarrados de las manos.  Y juntos acarreábamos agua del río, y juntos íbamos a dejarle a mi padre el bastimento a la huerta.  A mí también me cantaba quedito en mi oreja, y me juraba con toda su alma que sería yo su esposa; me decía con los ojos brillantes de amor que me adoraba más que a su vida; que ya estaba haciendo la casa a donde me llevaría a vivir; y que lueguito la llenaríamos de hijos. Me dijo también, que pronto sus amigos le ayudarían a ponerle el techo y que sería de frescas palapas con el piso de ladrillos, pa’ que cuando lo regara oliera a tierra mojada. Y todavía le dí dos botellas de mezcal del bueno que le agarré a mi padre, pa’ que se las diera a los hombres que le estaban ayudando y bebieran a salud de nosotros. Y ahora ¡la casa será pa’ Roselia!

    ¡Maldita sea la hora en que Julián me arrastró hasta la milpa y me hizo suya a la fuerza!  Bueno, no fue a la fuerza, pues no había cumplido doce años de edad, cuando él hombre con mañas, me hacía caricias muy dulces, me besaba suavemente a cada rato y me ayudaba con el bule lleno de agua o con el bastimento, cuando mis hermanos y yo íbamos a quitarle el zacate a la milpa. Y un día, el muy infame, me hizo acostarme en el monte que hasta doblé el maizal que apenas estaba sacando espigas; y encendió mi carne de niña besando mi cuello, mis labios, mis orejas y todo mi cuerpo, y no supe de mí.  Y de allí seguimos haciendo lo mismo, hasta trepado en su cochino tapanco.  El muy canijo, era revivo pa’ “jallar” el momento propicio pa’ que ninguno nos viera cuando se subía a mi cuerpo. Y me hizo jurar por todos los santos y por la virgen de Guadalupe, que a nadie en el pueblo le diría mi pecado; que ni al mismo sacerdote cuando me confesara en la iglesia; porque era seguro que éste lueguito iría a contarles el hecho a mis padres, y que ellos al saberlo me matarían a palos, porque éramos primos hermanos. ¡Maldito! Ha de estar pudriéndose en los purititos infiernos. Cómo descansé cuando Apolinar lo mató porque lo “jalló” trepado sobre la Zenaida allá por los platanares.  Lo malo es que a ella sólo la macheteó rete feo y con saña, pero no se murió, quedó de ejemplo pa’ todas aquellas mujeres que hacen tarugo al marido.  Mejor la hubiera matado, no que nomás la dejó con la cara toda desfigurada, que hasta da miedo verla, ¡pobrecita!  También a mí el maldito de Julián me dejó marcada pa’ toda la vida, nomás que eso no se notaba, porque lo traía escondido dentro de mí y sólo yo lo sabía; pero ahora todos en Coyuca se han dado cuenta de mi pecado.




    Manuel me odia desde aquella noche cuando por primera vez me tomó en sus brazos haciéndome suya, cuando de un golpe brusco sacudió mis hombros, me tiró del petate, y llorando de rabia me dijo que yo no era virgen.  Se vistió al momento. Y yo temblaba de miedo; con gesto fruncido agarró una reata y, así desnuda como estaba, me arrastró hasta el palo del carnizuelo que está sembrado por el camino real en un sendero espeso de huizaches y de quemaquemas.  Y allí me amarró fuertemente a su tronco, que ese día tenía más hormigas que nunca, escondidas adentro de sus enmieladas espinas.

  Las hormigas del carnizuelo picaban mi cuerpo desnudo, mi carne humillada; y cuánto sufría, porque estaba segura que Manuel me iba a machetear allí mismo, y que me dejaría la cara tasajeada como se la dejó Apolinar a Zenaida.  Pero la obra de Dios que no fue así, nomás me dijo que si lo delataba me haría picadillo y me enterraría en el monte.  Luego, me aventó la ropa a los pies junto con mis huaraches y el rebozo de bolita de mi madre, y se fue dejándome sola.  Entonces comencé a gritar con todas mis fuerzas esperando que alguien me oyera; y como en el pueblo no hay nada oculto, al momento fueron a decirles a mis padres que se oían mis gritos y que estaba desnuda y amarrada a un palo de carnizuelo.  Me cubrieron con una sábana hecha con varios remiendos de multicolores.  Y yo más gritaba y lloraba.  Mi madre, presurosa, recogió mi ropa, y llegando a la casa me bañó y untó todo mi cuerpo con lodo pa’ calmar un poco los piquetes de las hormigas.  Mi padre, en silencio amoló su machete, y probaba y probaba el filo en su mano izquierda; luego, mirándome muy fijo a los ojos, y con voz ronca y fuerte me preguntó:

    ¿Quién fue ese desgraciado que te mancilló y te amarró al palo del carnizuelo?

   Yo jamás le dije que Manuel había sido; me tragué el secreto con mi orgullo herido y mi deseo de venganza.  Y no tuve miedo de retar a mi padre ocultando su nombre.  No me importaron amenazas, ni golpes ni regaños; porque no quería que limpiara mi honra matando a mi hombre con su machete filoso.  Sólo le dije que no sabía lo que había sucedido, que cuando desperté ya estaba desnuda y amarrada al palo del carnizuelo.  Que a la mejor sería brujería o cosa del diablo, porque había sido demasiado vergonzoso e increíble lo que me había pasado.  Que sólo recordaba entre sueños, que antes me llevaron volando hasta el Cerro de la Campana, en donde estaban unos hombres escarbando buscando la campana de oro que dicen que allí está enterrada; y que cuando ya estaban a punto de sacarla, se les reventó la reata porque no aguantó su peso y se fue más pa’ abajo. Y después le dije que todo se me había borrado de la mente, y que por más esfuerzos que hacía, ya no me acordaba de otra cosa  Pero mi padre dudaba, y me pegaba y me pegaba muy fuerte con la cuarta de su caballo, que hasta una vecina me fue a defender de él.  Y yo aguanté todo, golpes, amenazas y regaños, y no le dije la verdad, pues primero me matan antes que denunciar a Manuel.





    Todos los días le cuentan a mi padre puros mitotes, y le calientan más y más su cabeza; que dizque yo con Teodoro me perdía por las tardecitas en los bajiales y, asimismo, con Saturnino y con Manuel.  Y hasta se han atrevido a decirle que también con Julián (que ha de estar riéndose de mí en los puritos infiernos y ardiendo con leña verde), me iba por los cañaverales atravesando las milpas.  Aquí todos son muy argüenderos, han de querer que mi padre y mis hermanos maten a Teodoro, a Manuel o a Saturnino, sólo así van a quedar contentos, cuando vean correr la sangre lavando mi honra.  Mi madre, me ha suplicado con lágrimas en los ojos, que no descubra a quien mancilló mi reputación; porque no quiere que mi padre y sus hijos se manchen las manos de sangre, que lo hecho, hecho está y no se remedia con nada.

   El padre Timoteo me mandó a llamar, y me estuvo dando muchos consejos. Me dijo que es pecado que yo ande diciendo que lo que me pasó fue brujería o cosa del diablo.  Pero le juré y le rejuré que no sabía quién me llevó volando hasta el Cerro de la Campana; y que cuando desperté ya estaba amarrada al palo del carnizuelo.  Y él mirándome a los ojos muy cerquita, también quería arrancarme el secreto; me atemorizó con el demonio, y me dijo que sino le decía la verdad me iba a quemar en el infierno cuando yo muriera. Pero fue de balde: no le descubrí mi culpa.  Negué, negué y negué, y de allí no me sacó nada.  El padre lo hacía porque ansiaba saber todo, pues la Roselia es su ahijada.  Si a mi papá que es mi padre y que me agarró a golpes dejándome toda molida, no le dije la verdad, pos’ cuanto más a él.  Además, me cae muy gordo, porque nomás está gritando en el púlpito que las señoritas cuando se casen deben de ir puras al altar; que la virginidad es una virtud que todas las jóvenes deben de tener; y que sin eso no valen nada; y luego, se me queda viendo a los ojos como recriminándome, que ya ni ganas me dan de ir con mi madre a la iglesia.

    Manuel me amaba a la buena, pero sus familiares nunca me han querido, siempre están hablando y diciendo cosas horrorosas de mí; y sobretodo su mamá, ¡maldita vieja coja!  Es verdad que yo antes me besaba con Saturnino, pero de allí no pasó; un beso a cualquiera se lo roban.  Y con el mentado Teodoro, es cierto que me acosté con él dos o tres veces en el monte; pero fue por miedo, porque me amenazaba con acusarme con mi padre, sino me le entregaba; pues me aseguró habernos visto a Julián y a mí cuando nos revolcábamos en la milpa.  Pero eso fue mucho antes de iniciar mi noviazgo con Manuel, pos’ después de que me hice su novia ya no me acosté con nadie, lo respetaba y lo respeto como si fuera mi marido.  Porque ahora sí estoy enamorada, y lo amo como nunca había amado a nadie, sin importarme lo que me haya hecho.  Pero este amor de nada me ha servido, él se va a casar con Roselia.  De balde le clavé en el puritito corazón tres alfileres bañados con agua bendita de la pila de San Antonio.  Bueno, se lo clavé a su retrato que me regaló el día de mi santo; cuando mis amigas que ahora me han mudado el habla, me llevaron la cuelga a mi casa, pusieron una cortina de papel de China en mi puerta, y luego, tronaron cohetes adentro de una lata de lámina, y nos pusimos a bailar con el fonógrafo que nos prestó Amonario.  Y no me valió ni haberme pinchado el pecho con los alfileres, de todos modos él se va a casar con Roselia.




    Dicen que ya tienen todo comprado pa’ la boda, que dos novillos pa’ la barbacoa y los marranos pa'l frito y los rellenos, los regaló su padrino Silvino Chavelas; y que su tío César de los Santos les mandó de la sierra una vaca manflora pa’ la tornaboda.  También dicen que las donas las trajo de los Estados Unidos Ramón Chavelas, primo hermano de Manuel, ahora que llegó de allá, pues hace un año se fue de mojado.  Y también me dijeron que su vestido de novia lo hizo Rebeca Batas, la costurera más sabihonda del pueblo; que le puso la cola grandota, y que cinco chamacas van a ir de damitas de honor  agarrándosela pa’ que no se manee.

    Todos los días veo pasar a Manuel, tempranito, cuando va a dejarle su diario de novia a Roselia.  La muy santurrona, anda diciendo que le da mucho dinero de gasto que hasta le sobra; y que Jacinta, su futura suegra, todos los días le manda la comida bien calientita; que no la deja ni lavar sus garras; que los trapos que ha ensuciado se los acarrea pa’ su casa y se los regresa planchados; y que todas las tardes la llevan a bañar al río.  Dice que cada tercer día le dan un cambio completo de ropa, y que tiene bastantes zapatos que le han comprado de donas, porque la adoran.  ¡Maldita vieja, a mí no me quiso pa’ su hijo!

    Allí está el palo del carnizuelo, parece que se está burlando de mí.  Pero dice mi padre que no descansará hasta haber matado al infame que me deshonró, porque por su culpa quedé manchada que ya ni a las fiestas me invitan en el pueblo; y todos me miran mal y me dan las espaldas que parece que estoy leprosa.  Y luego, las madres de mis amigas no permiten que me junte con ellas, y nada más andan hablando y hablando de mí como si fuera la primera mujer que ha pecado.  Pero mi padre juró, que cuando sepa quién me amarró al palo del carnizuelo, lo hará picadillo con su machete filoso y allí mismo lo atará.  Por eso nunca le diré que Manuel es el culpable, no sea que lo mate, porque prefiero verlo en brazos de la Roselia y no en el panteón.

    El otro día le dije a Manuel, que si seguía con la necedad de casarse con la Roselia, que les iba a decir a mi padre y a mis hermanos la verdad; pero me contestó que yo ya no era virgen cuando me hizo suya, y que una mujer en esas condiciones no tiene derecho a nada. Y se rió en mi mera cara y se burló de mis amenazas, enseñando sus dientes más blancos que los granos de un elote tierno.  Y yo me acordé cuando me juraba que siempre me amaría, cuando mordía mis orejas y mis labios ardientes que hacían arder mi carne morena.  Y no tuve valor para delatarlo ante mi familia, porque no quiero que los míos lo amarren al palo del carnizuelo y lo hagan pedazos, porque entonces yo también me moriría poco a poco; pues lo amo más que a mi vida, más que a mis padres y más que a la virgen de Guadalupe.




    Ayer quise hablar con Roselia, y la muy orgullosa no se dignó ni a oírme siquiera, y con gesto altanero me dijo: -Yo no me junto contigo porque estás deshonrada, no vaya a ser que la gente crea que soy como tú; así es que por favor no vuelvas a dirigirme la palabra, porque me perjudicas, pues mi honor está limpio, soy una señorita recatada”.

    Pero yo le mandé una carta bien explicada, donde le conté toda mi historia; claro, que no le dije que Julián me había desniñado. Pero sí, que Manuel es el único culpable de mi deshonra, porque fue el primer hombre en mi vida, pero que ya lo había perdonado porque lo amo con toda mi alma, y que él me adora; que está encaprichado y no quiere reconocerlo, y que por puro despecho se va a casar con ella.

    Dicen que Manuel se “juyó” de aquí cuando la santurrona de la Roselia, llorando de rabia, le aventó el anillo de compromiso y todas las donas que le dieron; y le dijo que jamás se casaría con un hombre tan cruel, que era mejor que me pidiera perdón y lavara mi honra, si es que deseaba seguir viviendo en el pueblo, porque si no mis familiares lo iban a matar.

    Manuel negó todo, pero como tuvo miedo, el pobre se “juyó” pa’ la sierra, porque si mi papá y mis hermanos lo “jallan”, lo matan.  Si yo supiera en donde se encuentra, me iría con él pa’ estar a su lado y apoyarlo en este trance tan duro.  Viviríamos sin casarnos, nomás amancebados; aunque todos me criticaran y hablaran hasta que les salieran boqueras; al fin que en este pueblo sin gracia, nunca se cansan de comerse al prójimo, pues no saben hacer otra cosa más que mitotear, sobre todo en los velorios o en los novenarios; porque ya no es como antes que velábamos al muerto rezando rosarios y rogando a Dios por el eterno descanso de su alma, entre el murmullo de los hombres que jugaban los naipes y la música que tocaba sones más tristes que el mismo difunto.  Ahora todo es distinto, van a puro criticar y criticar, y a comerse el pan con café y el pozole que los dolientes dan en la noche; bueno, todavía los hombres siguen jugando los naipes en los velorios.  Tampoco me importaría lo que dijeran mis padres; al fin y al cabo me quieren bastante porque soy su única hija mujer, y algún día tendrían que contentarse a fuerzas, cuando les trajéramos por lo menos un par de nietos.





    Mi papá y mis hermanos están que arden de corajudos, y dicen que van a ir a buscar a Manuel hasta lo más recóndito de la sierra pa’ vengar la ofensa recibida.  Pero yo le mandé a decir a doña Jacinta, que mi familia ya sabe a dónde está su hijo; y que mande un propio pero corriendito, pa’ que le avise a Manuel y tenga tiempo de esconderse, porque si no lo van a matar; que le diga que mejor se flete de mojado pa’ los Estados Unidos, al fin que allá ni cuando lo encuentren.  También le aconsejé que se fueran sus otros dos hijos, porque mis familiares andan muy bravos, y no sea que quieran agarrar venganza con ellos al no “jallar” a Manuel, y vayan a pagar justos por pecadores; pues ellos son inocentes y no tienen la culpa de la canallada que él me hizo.

    ¡Dios mío qué lío!  Dicen que Manuel ya se “juyó” pa’ los Estados Unidos, y otros dicen que se fue pa’ Veracruz.  Mas a mí la vieja Jacinta no quiso ni “oyirme”, dice que por mi culpa ya se descompuso su familia, que hasta ni se casó Manuel con Roselia, que ella sí es una señorita recatada y honorable, no como yo. Y no me quiso decir pa’ dónde se fletó su hijo, ¡ni modo! Si Manuel me hubiera cumplido, nada de esto estuviera pasando.  Lo bueno es que se desbarató la boda, y la muy santurrona de la Roselia se quedó como las novias del rancho: vestida y alborotada.  Lo más seguro es que tampoco es virgen, qué casualidad que no quiso casarse con Manuel; ese arrepentimiento está sospechoso.  Lo que pasó es que tuvo miedo, y no quiso arriesgarse a que al otro día la regresaran con viento fresco a su casa por no salir señorita.  Entonces sí que sus padres tendrían que pagar todos los gastos que hubieran hecho en la boda.  Aparte de que es palpable que sabía muy bien, que Manuel no se tentaría el corazón pa’ amarrarla al palo del carnizuelo, si no le salía virgen.



"Describe tu aldea y serás universal", León Tolstoi.









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