viernes, 12 de octubre de 2018

Mundo editorial


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José de Cádiz




Desde siempre los escritores han librado una dura y sorda batalla contra los editores.  Es de sobra conocido que los autores escriben frecuentemente en la pobreza por estar supeditados a regalías de hambre que no les alcanza siquiera para sobrevivir.  Digamos, que se ha dado una súper explotación del talento literario. Seguramente porque los mismos creadores no valoran debidamente su trabajo.  Tienen tanta urgencia en ver publicada su obra que no corrigen y pulen con responsabilidad. Siendo presa fácil de editores sin escrúpulos.

A escribir se aprende escribiendo y nadie se hace escritor de la noche a la mañana. Sin embargo, no es justo que reciban solo un treinta por ciento de regalías mientras los editores se quedan con el 70 argumentando gastos de impresión. Afortunadamente, con la Internet han cambiado mucho las cosas. El autor puede ser su propio editor.

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Lo equitativo sería que el escritor recibiera el 70 por ciento sobre el valor de un libro. No obstante, han surgido decenas de editoriales virtuales que no garantizan que un escritor reciba lo justo. Los editores tienen un ojo de águila para reconocer si una obra tiene potencial comercial.  Olvidan que quien produce la obra y se desvela es el escritor.

Para empezar nunca les firman un contrato, tampoco hacen publicidad a los libros, ¿por qué si a todos les conviene?  Ahora bien, si un autor es victima de fraude ¿a quién reclamará?  Es muy difícil que un autor novato tenga éxito con su primera novela. Ya sea por falta de oficio, porque no eligió el tema adecuado, o porque lo escribió a vuelo de pájaro.  La distancia entre las preferencias temáticas del escritor y la necesidad del público es como de aquí a la luna.



Cuesta mucho trabajo escribir una obra literaria más o menos aceptable.  Se requieren esfuerzo y constante disciplina. Una corrección minuciosa para ofrecer algo digno al respetable.  Son pocos los autores dispuestos a pagar el precio. La mayoría desean el reconocimiento sin la debida preparación y el fracaso puede ser estrepitoso. Existen escuelas y cursos de superación en el arte literario.

Dicen, los que saben, que una obra bien escrita tarde o temprano encuentra editor.  Máxime si conjuga la parte artística y comercial.  Si el libro tiene méritos habrá posibilidades de convertirse en un best seller.  Única manera de adquirir popularidad y reconocimiento mundial. Un consejo editorial tomará en cuenta el estilo, trama, prosa, un título seductor.  De otra manera no darán oportunidad a un autor novel. 

He aquí una parodia sobre las relaciones, no siempre cordiales, entre autor y editor.  Es necesario aclarar que no es la experiencia de quien esto escribe, puesto que nunca he ofrecido mis libros a ningún editor.  Es en base a la experiencia de terceros de quienes he aprendido mucho.

Empezamos:





El escritor Remigio Salinas conversa animadamente con un editor. La cafetería es pequeña pero confortable. Sin ruido:


--¿Entonces, qué mi jefe cuándo me va a editar mi libro? -Pregunta Remigio al editor.



--Cajm, cajm, por el momento no es posible Remigio. Verás, no hay presupuesto ni espacio. Pero te puedo anotar en lista de espera para el 2021, chance y tengas mejor suerte. La editorial solo tiene en caja 3 dólares. En el último libro invertimos todo lo que había.



--¡Cómo así mi estimado editor! Ni que vendieran cacahuates en la calle o en un vagón del Metro. Y eso de que me espere yo tres años ha de ser para ver si muero en ese lapso.



--Pues, como lo oyes, esta semana no hubo ni para pagarle al personal de limpieza. A las secretarias les tuvimos que pagar con una antología que nunca se vendió. Por si fuera poco, la piratería nos está haciendo estragos. Esos cabrones no dejan títere con cabeza.



--¿Oiga, jefe, y se puede saber a dónde están las oficinas de su editorial? Yo siempre lo veo a Ud. Solito en este escritorio público. Me gustaría conocer la empresa y su proceso de imprenta.



--¡Por Dios Remigio qué desconfiado eres! Claro que tengo mis oficinas. Mañana mismo te llevaré para que las conozcas.



Remigio sale de aquella entrevista un tanto desconsolado. No obstante, esa noche prepara sus cuentos y los corrige hasta la madrugada.   Amanece muy entusiasmado, tiene verdaderos deseos por conocer la editorial.

Se encuentra con el editor en una calle aledaña de su domicilio. Lo saluda con mucho respeto, casi como a una deidad celestial. Mientras charlan sobre el tema el editor pregunta:



--¿Qué traes en esa bolsa, Remigio?




--¡Ah Sí mi jefe, son mis cuentos! Es el libro que quiero publicar –contestó un tanto apenado.




--A ver, déjame ver de qué trata. ¡Caramba cuando menos cómprales una carpeta! Este género casi no se vende y menos de un autor principiante. Tampoco el ensayo ni los poemas. Entiendan, al público no les interesan a menos que sean de Pablo Neruda u Ocatavio Paz. ¿Por qué no escribiste mejor una novela? Estas tienen más aceptación.


--Óigame, si escribir novelas no es comer papas fritas. Ese genero es para los grandes y experimentados: Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, o Isabel Allende. La mayoría de autores empezamos escribiendo cuentitos. ¿Ud. Escribe también?




--No, muchacho, afortunadamente no escribo.  Me dedico a publicar obras que prometen. Lanzar nuevos valores y darle oportunidad al talento.



--¡Ah, caray!, como quien dice a mí me ve frito y sin ninguna posibilidad.



--No, Remigio, no quise decir eso.  Simplemente que te esperes un poquito antes de publicar. Y, por cierto ¿qué buscas al publicar tu libro?



--La mera verdad, a mi me atraen la fama, el reconocimiento y que mi libro se venda como pan caliente. ¡Entrevistas y viajes por todo el mundo! Mire Ud. que bien le va al Mario Vargas Llosa.


--Uuuuy, Remigio, casi no quieres nada.  Para llegar ahí tendrías que escribir puros best sellers.  Son pocos los escritores que viven de sus libros. El público latino no lee y las editoriales están cerrando. Tal vez si te fueras a vivir a Francia o Inglaterra tendrías mayores posibilidades.



--Oiga, mi estimado editor, ¿y no hay alguna manera de agilizar el triunfo aquí en México? Digo, tal vez haciéndole mucha publicidad a mis libros. Exhibiéndolos en cadenas comerciales.  Abriendo una tiendita con mis textos. Editándolos por mi cuenta.



--¡Claro que sí Remigio! Todo depende del interés que despierte tu obra. Juan Rulfo alcanzó la fama con dos libros nada más.  Claro, que era un escritor talentoso el mexicano. Si aciertas con un tema original te funcionará la publicidad. Cuesta muy caro un spot en TV. Pero puedes imprimir volantes y repartirlos en un parque. Ninguna editorial hace publicidad.  Todos le apostamos al talento. Te voy a hacer una propuesta, ¿tienes algún dinerito guardado?




--Pues, fíjese que no, solo cuento con mi departamento que compré con mucho esfuerzo.



--Bien. Te puedo publicar el libro apoyándote con el diez por ciento del presupuesto total. El otro noventa por ciento lo tendrás que desembolsar tú. ¿Qué te parece?



--¡Ah caray, como quien dice le tengo que comprar todo el tiraje! ¿En qué consistiría su ayuda, entonces?



--¡Remigio por favor no seas tan ingenuo! Yo te respaldo con el sello de mi editorial. Te preparo el camino hacia el  éxito.  Podrás exhibir tu libro en las ferias y poner un tendido en el zócalo.  Ofrecerlo a los transeúntes, rifarlo en los camiones, en fin. ¿No dices que te gusta mucho la publicidad?

--Pues, sí, pero yo pensaba en una publicidad más sofisticada, y no andar vendiendo mi libro en la calle.

--Mira, vamos a las oficinas de mi Editorial y allá platicamos más a gusto. ¿Te parece?

-- Excelente.

Se encaminan rumbo a EDICIONES PATITO, que es el nombre de la pomposa fábrica de libros. Llegan a un edificio de departamentos bastante modesto. En la puerta se lee el nombre de la misma.  Remigio parece un niño de kínder que va a una feria por primera vez. Hay una sala grande y dos cuartos pequeños. Remigio pregunta:


--Me gustaría conocer al consejo editorial. Dicen que es quien elige las obras para su publicación y voy aprovechar que ando por aquí. También necesito hablar con los correctores de estilo. Ando muy mal en ortografía.



--¡No cabe duda que eres muy listo Remigio!

El  editor abre una puerta y Remigio solo ve una mesa grande con muchas sillas. Las paredes pintadas de azul y muchos anaqueles en su lugar llenos de libros. Todo en perfecto orden.



El empresario sonriente expresa:




--Ya que insistes, Remigio.  Te presento al consejo editorial:

--Perdón, pero yo no veo nada.  Puras sillas vacías.




El editor sin inmutarse se encamina a otra puerta. Ahí le espeta frente a un pequeño escritorio y tres sillas sin nadie más:

--Mira, Remigio, esta es Paty mi secretaria. Y ellos son Catalina, y Julián, los mejores correctores de estilo de la región. Ten la bondad de saludarlos:

--¡¿?!


A estas alturas Remigio piensa que está frente a un psicópata.  Tiene la intención de salir corriendo y olvidarse de su libro.  Aquel tipo está bien loco.  No obstante, hace esfuerzos por serenarse y mira de frente al editor, quien adivina sus intenciones y agrega:


--¡Pero, Remigio, eres escritor y no sabes que estás en el mundo de la ficción! Aquí todo es fantasía producto de la imaginación.  Los personajes de tus cuentos también son ficticios. Nada de lo que escribes tú ni nadie es verdad. Todo lo inventan y se lo dan de beber al público. Así ha sido desde Homero hasta Miguel de Cervantes y por supuesto en la actualidad.  ¿Por qué tendría yo que tener un personal de carne y hueso? Tengo derecho a tener empleados imaginarios.

--Discúlpe, yo nada más quería conocer la editorial y su proceso de imprenta. Ya veo que todo es ficticio. Con su permiso me retiro.



--¡Espera Remigio! No quiero hacerte perder el tiempo. Tienes una narrativa insípida y bastante trillada. Te aconsejo que vuelvas a reescribir tus cuentos. Deben tener gancho y con un estilo que atrape al lector. Les falta fuerza y un enfoque filosófico.



--De acuerdo, pero comprenda que soy un principiante, no puedo escribir como Cervantes o como André Bretón. Cada quien hace lo que puede. ¿No le parece?



--¿Sabes qué pasa Remigio? Quieres tener éxito pero no quieres pagar el precio. No te has  preparado y así nunca vas a pasar de perico perro. No te respetarán las editoriales ni apoyarán tu trabajo.  Terminarás fracasado emborrachándote en alguna cantina.



--De acuerdo, señor "editor", pero Ud. tampoco es una perita en dulce. Bien que quiere hacer negocios con los principiantes pagándoles regalías de hambre. Y eso de que me apoyará con el diez por ciento de mi obra que se lo crea su abuela.  La editorial es Ud. que es un vulgar impresor.  ¡Todo un negociazo asegurándose que le compre el tiraje completo!  ¡Un verdadero farsante!


A esas alturas Remigio y el editor se han perdido todo el respeto desahogándose mutuamente:

--¡Óyeme, bien, Remigio! Si quieres proyectarte debes aceptar las críticas con serenidad. Si deseas tener un numeroso público debes conquistarlos a base de talento. Siendo barroco y simplista no lo lograrás. Tienes un gran potencial pero te falta experiencia, amor al oficio.  Eres un neófito.



Remigio, rojo de ira contesta:

--¡Y Ud. es un vulgar mercachifles! Es deshonesto y desconoce el arte literario.  Es un hombre codicioso y sin escrúpulos.  No tiene dinero para apoyar a los noveles pero sí para editar a los consagrados. Carece de sentido humanitario.  ¡Es un auténtico troglodita de las letras!

--¡Fíjate bien como hablas cabrón! Esta es una empresa y no soy hermanita de la caridad. Tampoco es una casa de beneficencia. Sabemos bien quién nos puede hacer ganar dinero. Solo acepto libros corregidos y con potencial.

--¿Así que para que me pueda publicar mi libro necesito ser Charles Dikens o Camilo José Cela?  También ellos fueron principiantes y con numerosas fallas. También soñaron un día con llegar a la cúspide. Nadie nace conociendo el arte. Claro, a menos que sea un genio.


--Es verdad lo que dices. Pero ellos sí se preocuparon por aprender y adquirir el virtuosismo que los consagró. Prueba de ello es que trascendieron. De verdad, Remigio, me caes muy bien, y trato de ayudarte.

--¡Si cómo no! Debo de  "caerle muy bien".  ¿Se imagina como me trataría si le cayera yo mal?

--Por favor, serénate, no seas tan agresivo conmigo.  Aún puedo ayudarte si me prometes corregir tus textos.

--¡Claro que los voy a corregir pero ya no los traeré a esta editorial de marras que nadie conoce!  Se arrepentirá de haber rechazado mis cuentos. Su editorial es tan ficticia como los demonios y los duendes.


--Lamento decirte, Remigio, que los duendes y los demonios existen y deberías escribir un libro sobre ellos.  Busca un tema seductor que cautive a las masas. Pero no los lleves a una editorial hasta haberlos corregido mil veces. ¿Sabías que Carlos Fuentes corregía sus textos 150 veces? Debes manejar tu oficio con maestría.  Hay profesionales que te pueden ayudar. La mediocridad y el conformismo no te conducirán a nada.

--¿Y por qué no hacerle publicidad a los libros si es su obligación? Subestiman la promoción siendo un pilar fundamental del mercado.  Si yo vendo pan y no lo anuncio nadie me comprará. Y me habla Ud. de mediocridad, ¡Por favor!



--Ya cálmate, Remigio, pensarán que te debo y no te pago. Ese carácter lo deberías emplear mejor con tu narrativa. Esa agresividad utilízala para superarte y lograr tus objetivos.

--¡No me importa lo que piensen! Ni que no me publique. Total, en la Internet hay cientos de editoriales patito como la suya. Pago el tiraje , editan mi libro, y luego lo lanzo al mercado.  Con dinero baila el perro.

--Por supuesto Remigio y luego le rezas al santo de tu devoción para que se puedan vender. Las librerías están desapareciendo. Las editoriales cada vez publican menos.  En fin, allá tú Remigio, te deseo suerte.  Y un último consejo: escribe un libro que alterne la parte artística y comercial.  Sobre todo nunca pierdas la fe. 



--Y usted, señor, sea más considerado con los principiantes. Pero le voy a hacer caso y corregiré mis libros mil veces. Escribiré una novela con un tema que pocos hayan tocado. ¿Qué le parece un romance entre un terrícola con una marcianita? ¿O prefiere un marinero con una sirena?

--¡Sería fabuloso! ¡Es un idea genial. Todo un éxito de librería que te llevaría a los cuernos de la luna. Tienes una imaginación desbordante. Por favor no sigas los patrones establecidos. Atrévete a recorrer caminos diferentes. A quebrantar la apatía de los lectores. Me atrevo a pensar que el público no lee porque no le gusta lo que encuentra. Debes investigar lo que quiere y necesita leer el respetable.



Remigio, se despide del editor, más calmado, pensando detenidamente en sus palabras. Pudiera ser que el tipo tuviera razón.  Obviamente conocía su oficio y quizá trataba de ayudarlo.   Le estrecha la mano pero ya no se dirige a él como “mi jefe”. Simplemente le dice: 

--Nos estamos viendo, señor editor.





Éste, lo mira de arriba abajo, consciente del impacto que sus palabras han provocado en el principiante.  El autor sale a la calle y tira su manuscrito en una alcantarilla. Respira profundamente y se dispone a escribir un nuevo libro.





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