viernes, 12 de octubre de 2018

Mundo editorial


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José de Cádiz




Desde siempre los escritores han librado una dura batalla contra los editores. Es de sobra conocido que los autores escriben frecuentemente en la pobreza por estar supeditados a regalías de hambre que no les alcanza para sobrevivir. Digamos, que se ha dado una súper explotación del talento literario. Seguramente, porque los mismos creadores no valoran debidamente su trabajo. Tienen tanta urgencia en ver publicada su obra que no corrigen y pulen con responsabilidad. Siendo presa fácil de editores sin escrúpulos.

A escribir se aprende escribiendo y nadie se hace escritor de la noche a la mañana. Sin embargo, no es justo que reciban solo un 10 por ciento de regalías mientras los editores se quedan con el 90 argumentando gastos de impresión. Afortunadamente, con la Internet cambiaron mucho las cosas. El autor puede ser su propio editor y vender su libro.

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Lo equitativo sería que el escritor recibiera el 50 por ciento del valor de un libro. Las editoriales virtuales tampoco garantizan que un escritor reciba lo justo.  Nunca informan con certeza cuántos libros vende un autor.  Son transacciones en el más riguroso secreto.  Los editores tienen un ojo de águila para reconocer si una obra tiene potencial.  Sin embargo, olvidan que quien produce la obra es el escritor.

Para empezar nunca te firman un contrato. Tampoco hacen publicidad a los libros.  Una campaña de marketing que a todos conviene.  Si no hay contrato y un autor es victima de fraude a nadie puede reclamar.  No es fácil que un autor tenga éxito con su primera novela. Por falta de oficio o porque lo escribió a vuelo de pájaro.  La distancia entre las preferencias del escritor y el gran público es abismal.



Cuesta mucho trabajo escribir una obra literaria.  Se requiere esfuerzo y constante disciplina. Una corrección minuciosa para ofrecer algo digno al respetable.  Pocos autores están dispuestos a pagar el precio. La mayoría desean el reconocimiento sin la debida preparación y el fracaso puede ser estrepitoso. Existen escuelas y cursos de superación.  Todos podemos aprender técnicas.

Dicen que una obra bien escrita tarde o temprano encuentra editor.  Sobre todo si alterna lo artístico y comercial.  Un tema cautivador puede convertirse en un best seller.  Única manera de adquirir popularidad y reconocimiento mundial. Un consejo editorial analizará estilo, ortografía, un título seductor.  O no darán oportunidad a un novel. 

He aquí una parodia sobre las relaciones, no siempre cordiales, entre autor y editor.  No es la experiencia de quien esto escribe porque que nunca he ofrecido mis libros a ningún editor.  Es en base a la experiencia de terceros de quienes he aprendido mucho.

Empezamos:





El escritor Remigio Salinas conversa animadamente con un editor. La cafetería es pequeña pero confortable. Sin ruido:


--¿Entonces, qué mi jefe cuándo me va a editar mi libro? -Pregunta Remigio al editor.



--Cajm, cajm, por el momento no es posible, Remigio. Verás, no hay presupuesto ni espacio. Pero te puedo anotar en lista de espera para el 2021, chance y tengas mejor suerte. La editorial solo tiene en caja 3 dólares. En el último libro invertimos lo que había.



--¡Cómo así mi estimado editor! Ni que vendieran chicles en un vagón del Metro. Y eso de que me espere yo tres años ha de ser para ver si me muero en ese lapso.



--Pues, como lo oyes amigo, esta semana no tuvimos para pagarle al personal de limpieza. A las secretarias les tuvimos que pagar con una antología que nunca se vendió. Por si fuera poco, la piratería nos está haciendo estragos. Esos cabrones no dejan títere con cabeza.



--¿Oiga, mi jefe, y se puede saber a dónde están las oficinas de esta editorial? Yo siempre lo veo solito en este escritorio público. Me gustaría conocer la empresa y su proceso de imprenta.



--¡Por Dios, Remigio, qué desconfiado eres! Claro que tengo mis oficinas. Mañana mismo te llevaré para que las conozcas.



Remigio sale de la entrevista un tanto desconsolado. No obstante, esa noche preparó sus cuentos y los corrigió hasta la madrugada.   Amaneció entusiasmado.  Tenía verdaderos deseos por conocer la editorial.

Se encuentra con el editor en una calle aledaña a su domicilio. Lo saluda con amabilidad casi como a una deidad celestial. Mientras charlaban animadamente el editor preguntó:



--¿Qué traes en esa bolsa, Remigio?




--¡Ah, sí mi jefe!, Son los cuentos que quiero publicar –contestó un tanto apenado.




--A ver, déjame ver de qué trata. ¡Caramba cuando menos cómprales una carpeta! Este género casi no se vende y menos de un principiante.  Tampoco los poemas. Entiendan, al público no le interesan, a menos que sean de Pablo Neruda o Jaime Sabines. ¿Por qué no escribiste mejor una novela? Tienen más aceptación.



--Óigame, si escribir novelas no es comer cacahuates. Ese genero es para los grandes y experimentados: Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, o Isabel Allende. La mayoría empezamos escribiendo cuentitos. ¿Ud. Escribe también?




--No, Remigio, yo no escribo.  Ya me hubiera ganado el nobel. Me dedico a publicar obras que prometen, lanzar nuevos valores, y darle oportunidad al talento.



--¡Ah, caray!, como quien dice a mí me ve frito y sin ninguna posibilidad.



--No, Remigio, no quise decir eso.  Simplemente que te esperes un poquito antes de publicar. Y, por cierto, ¿qué buscas al publicar tu libro?



--Pues la mera verdad a mi me atraen la fama y el dinero.  Que mi libro se venda como pan caliente. Entrevistas y viajes por todo el mundo. ¡Mire Ud. que bien le va al Mario Vargas Llosa!


--Uuuuy, Remigio, casi no quieres nada.  Para llegar hasta ahí tendrías que escribir puros best sellers.  Son pocos los escritores que viven de sus libros. El público latino no lee y las editoriales están cerrando. Tal vez si te fueras a vivir a Francia o Inglaterra tendrías mayores posibilidades.



--Oiga, mi estimado, ¿y no hay alguna manera de agilizar el triunfo en México? Digo, tal vez haciéndole mucha publicidad a los libros. Exhibiéndolos en centros comerciales, abriendo una cafetería con mis obras, y publicando por mi cuenta.



--¡Claro que sí Remigio! Todo depende del interés que despierte tu obra. Juan Rulfo alcanzó la fama con dos libros nada más.  ¡Obviamente era un escritor chingón el mexicano! Si aciertas con un tema original te funcionará la publicidad. Cuesta muy caro un spot en TV. Pero puedes imprimir volantes y repartirlos en El metro. Ninguna editorial hace publicidad.  Todos le apostamos al talento. Te voy a hacer una propuesta, ¿tienes algún dinerito guardado?




--Pues, fíjese que no, solo cuento con mi departamento que compré con mucho esfuerzo.



--Bien, te puedo publicar el libro apoyándote con el diez por ciento del presupuesto total. El otro noventa por ciento lo tendrás que desembolsar tú. ¿Qué te parece?



--¡Ah, caray!, como quien dice le tengo que comprar todo el tiraje. ¿En qué consistiría su ayuda entonces?  No la veo por ningún lado.



--¡Remigio, por favor, no seas ingenuo! Yo te respaldo con el sello de mi editorial y te preparo el camino hacia el  éxito.  Podrás exhibir tu libro en las ferias, un tendido en la calle o en el zócalo.  Ofrecerlo, rifarlo en las escuelas, en fin. ¿No dices que te gusta mucho la publicidad?


--Pues, sí, pero yo pensaba en una publicidad más sofisticada y no andar vendiendo mi libro en la calle.

--Mira, vamos a las oficinas de mi Editorial y allá platicamos más a gusto. ¿Te parece?

-- Excelente.

Se encaminaron rumbo a EDICIONES FICTICIAS, que era el nombre de la pomposa editorial. Llegan a un edificio de departamentos bastante modesto. En la puerta se lee el nombre.  Remigio parece un niño de kínder que va a una feria por primera vez. Una sala grande y dos cuartos pequeños. Remigio pregunta:


--Me gustaría conocer al consejo editorial. Dicen que es quien selecciona las obras para su publicación y voy aprovechar que ando por aquí.  Necesito hablar con los correctores de estilo. Ando muy mal en ortografía.



--¡No cabe duda que eres más chingón que bonito, Remigio!

El  editor abre una puerta. El cuentista solo ve una mesa grande con muchas sillas. Las paredes pintadas de azul y anaqueles con algunos libros. Todo en perfecto orden.



El empresario sonriente expresa con un ademán:




--Bueno, Remigio.  Te presento al consejo editorial:

--Perdón, pero yo no veo nada.  Puras sillas vacías.




El editor sin inmutarse se encaminó a otro cuarto.  Un pequeño escritorio con una computadora y 2 sillas.  Le expresó a boca de jarro:

--Mira, Remigio, esta es Paty mi secretaria. Y ellos son, Catalina con Julián, los mejores correctores de estilo. Ten la bondad de saludarlos.

--¡¿?!


A estas alturas Remigio pensó que estaba frente a un demente y tuvo la intención de salir corriendo.  Aquel tipo estaba loco.  No obstante, hace esfuerzos por serenarse, y miró de frente al editor quien adivinando sus intenciones le espeta:


--¡Por Dios Remigio eres escritor y no sabes que estás en el mundo de la ficción! Aquí todo es fantasía y producto de la imaginación.  Los personajes de tus cuentos son ficticios. Nada de lo que escribes tú ni nadie es verdad. Todo lo inventan y se lo dan de beber al público. Así ha sido desde Homero hasta Miguel de Cervantes.  Actualmente nada ha cambiado. ¿Por qué tendría yo que tener un personal de carne y hueso? Tengo derecho a tener empleados imaginarios.

--Discúlpe, yo nada más quería conocer la editorial y su proceso de imprenta. Ya veo que todo es ficticio. Con su permiso me retiro.



--¡Espera Remigio! No quiero hacerte perder el tiempo. Tienes una narrativa insípida y bastante trillada. Te aconsejo que vuelvas a reescribir tus cuentos. Deben tener magia y con un estilo que atrape al lector. Les falta fuerza y un enfoque filosófico.



--De acuerdo, pero comprenda que soy un principiante, no puedo escribir como Cervantes o como André Bretón. Cada quien hace lo que puede. ¿No le parece?



--¿Sabes qué pasa Remigio? Quieres tener éxito pero no quieres pagar el precio. No te has  preparado y así nunca vas a pasar de perico perro. No te respetarán las editoriales ni apoyarán tu trabajo.  Terminarás fracasado y emborrachándote en una cantina.



--De acuerdo, señor "editor", pero Ud. tampoco es una perita en dulce. Bien que quiere hacer negocios con los principiantes pagándoles regalías de hambre. Y eso de que me apoyará con el diez por ciento de mi obra que se lo crea su abuela.  Es un vulgar impresor. ¡Todo un negociazo vendiéndonos el tiraje completo!  ¡Es Ud. un farsante!


A esas alturas Remigio y el editor se habían perdido el respeto desahogándose mutuamente:

--¡Óyeme bien hijo de la chingada! Si quieres proyectarte debes aceptar las críticas con serenidad. Si deseas tener millones de lectores debes conquistarlos a base de talento. Siendo barroco y simplista no lo lograrás. Tienes un gran potencial pero te falta experiencia, amor al oficio.  Eres ignorante y careces de técnica.



Remigio, rojo de ira contesta:

--¡Y Ud. es un vulgar mercachifle! Es deshonesto y no sabe nada del arte literario.  Es un hombre codicioso y sin escrúpulos.  Nunca tienen dinero para apoyar a los noveles pero sí para editar a los consagrados. Carece de sentido humanitario.  ¡Es un auténtico troglodita de las letras!

--¡Fíjate bien como hablas, cabrón! Esto es una empresa y no soy hermanita de la caridad. Tampoco una casa de beneficencia. Sabemos bien quién nos puede hacer ganar dinero. Solo acepto libros corregidos y con potencial.

--¿Así que para que me pueda publicar necesito ser Charles Dikens o Camilo José Cela?  También ellos fueron principiantes y con numerosas fallas. También soñaron un día con llegar a la cúspide. Nadie nace escritor, claro, a menos que sea un genio.


--Es verdad lo que dices. Pero ellos sí se preocuparon por adquirir el virtuosismo que los consagró. Prueba de ello es que trascendieron. De verdad, Remigio, me caes muy bien, y trato de ayudarte.

--¡Si cómo no! Debo de  "caerle muy bien".  ¿Se imagina como me trataría si le cayera yo mal?

--Por favor, serénate, y no seas tan agresivo conmigo.  Discúlpame si te ofendí. Aún puedo ayudarte si me prometes corregir tus textos.

--¡Claro que los voy a corregir! Pero no los traeré a esta editorial de marras.  Se arrepentirá de haber rechazado mis cuentos.  Algún día seré famoso. Su editorial es tan ficticia como los demonios y los duendes.


--Debo decirte, Remigio, que los duendes y los demonios existen, y deberías escribir un libro sobre ellos.  Busca un tema seductor que cautive a las masas. No los lleves a una editorial hasta haberlos corregido cien veces. ¿Sabías que Carlos Fuentes corregía sus novelas 150 veces? Debes manejar tu oficio con maestría. La mediocridad y el conformismo no te conducirán a nada.

--¿Y ustedes por qué nunca le hacen publicidad a los libros? Subestiman la promoción siendo un pilar fundamental del mercado.  Si yo vendo pan y no lo anuncio nadie me comprará. Y me habla Ud. de mediocridad, ¡Por favor!



--Ya cálmate, Remigio, pensarán que te debo y no te pago. Ese carácter lo deberías emplear mejor en tu narrativa. Esa agresividad utilízala para superarte y lograr tus objetivos.

--¡No me importa lo que piensen! Tampoco que no me publique. En la Internet hay docenas de editoriales virtuales. Corrijo mi libro y lo lanzo al mercado. Con dinero baila el perro.

--Y luego le rezas al santo de tu devoción para que se pueda vender.  El público no quiere leer libros digitales. Las editoriales convencionales no venden y menos las virtuales.  Cada vez publicamos menos.  En fin, allá tú Remigio, te deseo suerte.  Un último consejo: escribe un libro que sea artístico y comercial.  Nunca pierdas la fe en ti. 



--Y usted, señor, sea más considerado con los principiantes. Pero tomaré en cuenta su sugerencia y corregiré mi libro mil veces. Escribiré una novela con un tema que pocos hayan tocado. ¿Qué le parece un romance entre un terrícola con una marcianita? ¿O sería preferible un gigante con una sirena?

--¡Fabuloso Remigio! ¡Es un idea genial! Un éxito de librería que te llevará a los cuernos de la luna. Tienes una imaginación desbordante y no sigas los patrones establecidos. Atrévete a recorrer caminos diferentes. Quebranta la apatía de los lectores. Me atrevo a pensar que el público no lee porque no le gusta lo que encuentra. Debes conocer lo que quiere leer el respetable.



Remigio se despidió del editor ya más calmado pensando detenidamente en sus palabras. El tipo tenía razón.  Conocía su oficio y trataba de ayudarlo.   Le estrechó la mano pero ya no se dirigió a él como “mi jefe”. Simplemente le dijo: 

--Nos estamos viendo, señor editor.





Éste, lo miró de arriba abajo, consciente del impacto que sus palabras habían provocado en el principiante.  El autor salió a la calle y tiró su manuscrito en una alcantarilla. Respiró profundamente y se dispuso a escribir un nuevo libro.





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