viernes, 27 de enero de 2017

EL DÍA QUE ME ACOSTÉ CON MARILYN





Se avecina un huracán

José de Cádiz


Llegamos al Casino “Jai alai” pero Marilyn decidió no entrar. Tenía temor de encontrarse con gente del cine y tener que dar explicaciones. También porque cambiaba de opinión con facilidad.  Obviamente tenía gustos más refinados, y decidió conocer "Caleta", y “Caletilla”.

Precisamente el casino estaba frente a esas 2 playas.  Ahí donde se inspiró Agustín Lara para componer su canción, "María Bonita", en honor a su esposa María Félix.  Riberas tradicionales de lo más concurridas. “Quien no conoce Caleta no conoce Acapulco”, reza la publicidad.

Un poco inquietos por haber tenido que cambiar los planes, recorrimos a pie los balnearios. No esperábamos semejante contingencia de persecución. El motivo de todo ese revuelo era su diario.  Cada vez aumentaba más mi curiosidad y deseo de leerlo. 

Frente a Caleta, y Caletilla, expresó maravillada:

--¡Fantásticas! ¡Verdaderamente de ensueño! En luna llena debe ser una fantasía visitarlas.

--Son muy concurrida durante el día.  De noche sólo vienen pescadores y parejas en busca de intimidad --contesté.

Descalzos caminamos sobre la finísima arena.  Nos acercamos a unos pescadores que sacaban peces de una red. Exhaustos, nos sentamos en unos sillones rústicos de madera. Oscurecía y había pocos bañistas.  La actriz contemplaba extasiada el paisaje.




Marilyn se puso de pie y reclinó su cabeza en una palmera.  El aire fresco corría impetuoso alborotando su cabellera. El clima cálido provoca una constante voluptuosidad y un afán de abandonarse a los placeres de cupido. Acapulco es considerado un lugar para la diversión desenfrenada.  Un paraíso donde todo puede suceder.  Yo experimentaba repetidas erecciones y a duras penas disimulaba mi lubricidad.

Sobre la palmera Marilyn cerró los ojos y me acerqué calladamente a contemplarla.  Nunca la vi tan hermosa y seductora. No pude resistir el impulso de besarla, suavemente, como los pétalos besan el rocío. Abrió los ojos y musitó:

--Me gustaría cumplir tus fantasías.

Me recosté en la arena en una clara invitación a que ella hiciera lo mismo. Pero se negó rotundamente, afirmando:

--No, Joe, aquí no. Puede ser peligroso.

--Recuerda que alguien nos anda buscando. No tenemos muchas opciones.

--Prometiste llevarme a tu departamento.

--Hace un calor intenso allá. En cambio aquí el clima es realmente fabuloso.

Marilyn, me miró directamente a los ojos, y con voz firme concluyó:

--Llévame, por favor, ahora o nunca.

Aquella no era una petición, era una orden. Abordamos en silencio la patrulla y Germán nos trasladó a mi domicilio. Cruzamos las calles del puerto y casi no había tráfico. Sumamente emocionado ante la perspectiva de intimar con Marilyn.  Al decirme: “me gustaría cumplir tus fantasías”, sentí un cosquilleo en mis genitales. Estaba a punto de cumplir mis sueños.




Llegamos a mi departamento sin contratiempos.  Nervioso trataba de encontrar la llave.  Por fin la encontré y abrí la puerta con sigilo. Temía que algún vecino chismoso nos sorprendiera.  Germán se retiró prudentemente dejándonos solos.

Entramos como si fuéramos al mismo paraíso.  Marilyn observaba cada detalle con curiosidad. Encendí la luz y nos miramos brevemente uno al otro. Pensé que preferiría regresar a la playa pero en lugar de eso exclamó:

--¡Cielos cuántos libros! ¡Y hasta una máquina de escribir! Se percibe un aire de creatividad.  ¿Aquí escribes tus poemas?

--Sí, aquí me alumbran las musas. Toma asiento, por favor,  ¿deseas tomar una copa?

--No, gracias, me gustaría escuchar música. Tienes un arsenal de discos.

Encendí mi modular con un disco de los Beatles: "Hey Jude", "No me abandones", “Yesterday”, entre otras melodías. Quería hacerla sentir dichosa en mi hogar. Canciones que dispararon mis más secretas elucubraciones. Tenía que haber un ambiente especial para ese encuentro.  Encendí una varita de incienso con olor a canela. Apagué la luz dejando en el buró una lamparilla de luz tenue.  Cerré las persianas y accioné el viejo ventilador. Desconecté el teléfono.  Bebí un vaso de agua y le ofrecí un caramelo a Marilyn.  Ella lo tomó sonriente.
  
Tomados de la mano escuchamos detenidamente la música.  Le dije quedito al oído:

--Ahora ya conociste mi hogar. ¿Qué te parece?

--Encantador. Me gustaría tener uno así. En mi residencia sólo hay desolación.

--¿Qué te falta para ser feliz, Norma?

--Todo.  Hollywood te da mil dólares por un beso pero 50 centavos por tu alma.

--¿Puedo saber qué buscas en un hombre?

--Ternura y virilidad.

Norma Jean, era aguda en sus observaciones.  Podía ser demasiado franca y sincera. En un momento dado me dijo:

--¿Bailamos?

--Por supuesto, hace rato quería pedírtelo.

Iniciamos una danza lenta como un ritual.  Bailar con ella en mi casa fue el éxtasis. Suave y sinuosa en sus movimientos, parecía una sacerdotisa egipcia bailando para un sultán. Ninguno se dejó llevar por el arrebato y disfrutamos intensamente nuestros cuerpos.  Había una clara invitación a explorarnos más íntimamente. Un desafío para ir más allá de nuestros sentidos.

Después de varios minutos le hice una insólita confesión:

--Te voy a confiar una de mis fantasías.  Me encantaría bailar sin ropa contigo.

  
Ni siquiera me contestó. Se fue quitando sus prendas sin prisa hasta quedar en diminuto bikini.  Yo la observaba excitado sin dar crédito a lo que mis ojos veían.  Me despojé también de mi ropa quedando sólo en bóxer. Continuamos bailando estremecidos de placer. La apreté con vehemencia y ella se ciñó a mi cintura.

En cierto momento nos quitamos la última prenda. Contemplé sus senos erguidos como capullos en flor. Dejé al descubierto mi masculinidad y nos miramos fijamente.  Su bello púbico abundante en perfecta sincronía con el mío. Aquel preámbulo era verdaderamente una caja de sorpresas. Cambié el disco y avancé hacia la rubia con toda decisión.




Percibí una violenta sacudida al estrecharla de nuevo en mis brazos.  Mi pene tan erecto como un mástil me transformó en un volcán a punto de hacer erupción.  Gotitas de lava ardiente escurrieron precoces. El cuarto se inundó de un penetrante olor a testosterona y feromonas.

Sumergidos en una vorágine de voluptuosidad aspiré su perfume hasta extasiarme.   Descubrí sorprendido que cada mujer tiene un olor especial. El deseo se apoderó de nuestros sentidos como dos fieras en celo...



Continuará


Fragmentos de la novela, “El día que me acosté con Marilyn”, próxima a publicarse.




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