martes, 10 de abril de 2018

El rostro oculto de Marilyn X


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Cap. XI

"Me encantaría bailar sin ropa contigo".

José de Cádiz


Llegamos al Casino “Jai alai” pero Marilyn decidió no entrar. Tenía temor de encontrarse con gente del cine y tener que dar explicaciones.  Obviamente tenía gustos más refinados y decidió conocer "Caleta" y “Caletilla”.

El casino estaba enfrente de esas 2 playas.  Ahí donde se inspiró Agustín Lara para componer su canción, "María Bonita", en honor a su esposa María Félix.  Riberas tradicionales de lo más concurridas. “Quien no conoce Caleta no conoce Acapulco”, reza la publicidad.

Un poco inquietos por haber tenido que cambiar los planes recorrimos a pie los balnearios. No esperábamos semejante contingencia de persecución. El motivo de todo ese revuelo era su diario.  Cada vez aumentaba más mi curiosidad y deseo de leerlo.
 
Frente a Caleta la diva expresó fascinada:

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--¡Fantástica playa! ¡Verdaderamente de ensueño! En luna llena debe ser una maravilla visitarla.

--Es muy concurrida durante el día.  De noche sólo vienen pescadores y parejas en busca de intimidad –contesté.

Descalzos caminamos sobre la finísima arena aún calientita por el sol. Exhaustos, nos sentamos en unos sillones rústicos de madera.  Nos acercamos a unos pescadores que sacaban peces de una red. Oscurecía y había pocos bañistas. La actriz reclinó su cabeza en una palmera y contempló extasiada el paisaje. El aire corría impetuoso alborotando su melena. 

El clima tropical provoca una constante voluptuosidad. Un afán de abandonarse a los placeres de cupido. Se experimentan frecuentes erecciones en un paraíso donde todo puede suceder.  Mujeres bien formadas deambulan todo el tiempo por las playas.

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Sobre la palmera la actriz cerró los ojos un momento.  Me acerqué cautelosamente contemplándola en silencio. Nunca la vi tan hermosa y seductora. No pude resistir el impulso de besarla suavemente, como los pétalos besan el rocío. Abrió los ojos y musitó:

--Me gustaría cumplir todas tus fantasías.  Por la poesía que me declamaste deben ser muchas.

--Sin duda, y sería como una bendición del cielo --afirmé.

Me recosté en la arena en una clara invitación a que ella hiciera lo mismo. Pero se negó rotundamente, argumentando:

--No, Joe. Este lugar solitario puede ser peligroso.

--Recuerda que alguien nos anda buscando. No tenemos muchas opciones.

--Prometiste llevarme a tu departamento.

--Hace un calor intenso allá. En cambio aquí el clima es realmente fabuloso.

Marilyn, me miró directamente a los ojos, y con voz firme exigió:

--Llévame, por favor, ahora o nunca.

Aquella no era una petición, era una orden. Abordamos en silencio una patrulla. Un compañero, de entre quienes la vigilaban,  nos trasladó a mi domicilio. Yo estaba tan emocionado como un novio en su noche de bodas.  Cuando me dijo: “me gustaría cumplir todas tus fantasías”, sentí un cosquilleo en mis genitales.

Llegamos a mi departamento sin contratiempos. Excitado, nervioso, trataba de encontrar la llave.  Por fin pude abrir la puerta con sigilo. Temía que algún vecino chismoso nos sorprendiera.  El compañero se retiró prudentemente dejándonos solos.

Entramos como si fuéramos a un rincón del edén.  Marilyn observaba sorprendida cada detalle. Encendí la luz y nos miramos un momento uno al otro. Pensé que preferiría regresar a la playa pero en lugar de eso exclamó:

--¡Cielos cuántos libros! ¡Y una máquina de escribir! Se respira un ambiente de creatividad.  ¿Aquí escribes tus poemas?


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--En efecto, aquí me alumbran las musas. Toma asiento, por favor, ¿deseas tomar una copa?

--No, gracias, me gustaría escuchar música.  Veo que tienes tienes un arsenal de discos.

Encendí mi modular con un disco de Los Beatles: "Hey Jude", "No me abandones", “Yesterday”, entre otras melodías. Quería hacerla sentir emocionada y feliz. Canciones que dispararon mis más secretas elucubraciones. Debía crear un ambiente especial para ese encuentro.  Encendí una varita de incienso con olor a canela. Apagué la luz dejando un buró prendido.  Cerré las persianas y accioné el viejo ventilador. Desconecté el teléfono.  Bebí un vaso de agua y le ofrecí un caramelo a Marilyn.  Ella lo tomó sonriente.
  
Tomados de la mano escuchamos detenidamente cada melodía.  Le dije al oído:

--Ahora ya conociste mi hogar. ¿Qué te pareció?


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--Encantador. Me gustaría tener uno así. En mi residencia de California sólo hay tristeza y desolación.




--¿Qué te falta para ser feliz, Norma?

--Todo: amor, seguridad, sosiego interior.  Hollywood te da mil dólares por un beso pero 50 centavos por tu alma.

--¿Puedo saber qué buscas en un hombre?

--Sin lugar a dudas: ternura y virilidad.

Norma Jean solía ser aguda en sus observaciones. A veces demasiado sincera. En un momento dado sugirió:

--¿Bailamos?

--Por supuesto, hace rato quería pedírtelo.

Iniciamos una danza lenta como un ritual.  Fue la culminación de un ensueño largamente acariciado. Suave y sinuosa en sus movimientos. Parecía una sacerdotisa egipcia bailando en un aposento de La gran pirámide. Ninguno se dejó llevar por el arrebato y disfrutamos intensamente cada melodía. Nuestros cuerpos eran una clara invitación a explorarnos. Un desafío más para ir más allá de nuestros sentidos. 

Después de varios minutos le hice una insólita petición:

--¿Podemos bailar sin ropa?
  
Ni siquiera me contestó. Se fue quitando sus prendas sin prisa hasta quedar en pequeñísimo bikini.  Yo la observaba extasiado sin dar crédito a lo que mis ojos veían.  Me despojé también de mi ropa quedando en un short de baño muy ajustado. Continuamos bailando estremecidos de placer. La apreté con vehemencia y ella se ciñó a mi cintura.

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En un momento dado nos quitamos la última prenda. Contemplé sus senos erguidos como capullos en flor. Su abundante vello púbico en perfecta sincronía con mis genitales. Dejé al descubierto mi masculinidad y nos miramos fijamente. Aquel preámbulo era verdaderamente una caja de sorpresas. Cambié el disco y avancé hacia la rubia con toda decisión.

Percibí una violenta sacudida al estrecharla de nuevo en mis brazos. Mi pene tan erecto como un mástil era un volcán a punto de hacer erupción.  Gotitas de lava ardiente escurrieron precoces. El cuarto se inundó de un penetrante olor a testosterona y feromonas. 


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Sumergidos en una vorágine de voluptuosidad aspiré su perfume hasta extasiarme.  Descubrí sorprendido que cada mujer tiene un olor especial. El deseo se apoderó de nuestros sentidos como dos fieras en celo.


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