sábado, 10 de febrero de 2018

El rostro oculto de Marilyn 3

                                                               

                                                          Una playa inolvidable por sus puestas de sol



Cap. III

Marilyn se desnuda el alma

José de Cádiz


Contemplamos el espectáculo de clavadistas un ratito. En silencio, como si las palabras salieran sobrando y sólo  se comunicaran nuestras almas.  Sumergidos en nuestras quimeras y explorando la riqueza del mundo interior. No supimos cuánto tiempo transcurrió pero nos percatamos que el público desalojaba los acantilados hasta quedar espacios vacíos. Era hora de abandonar "La quebrada".




Regresamos a la mesa y nos tomamos la última copa. Los turistas comían y bebían cada vez más animados. La música acariciaba los oídos como queriendo retenernos las notas musicales para siempre. La actriz preguntó:

─ ¿Hay alguna playa solitaria cerca? Me gustaría contarte algo, pero  en otro lugar.  Uno donde solo haya cielo y mar.

─Por supuesto, es una playa preciosa. A esta hora está desierta.

Pagué la cuenta y salimos del bar. Me sorprendió ver al chofer con la limusina a las puertas mismas de la hospedería. Comprendí que vigilaban a Marilyn a distancia.  No era para menos siendo una luminaria importante y asediada. Me percaté que sus deseos eran órdenes y paseaba bajo estrictas medidas de seguridad.

Enfilamos rumbo a una playa llamada: “Pie de la cuesta”. Es mar abierto y donde sólo los más osados se atreven a nadar, peligroso para quien no sabe hacerlo.  Un lugar inolvidable por sus puestas de sol.  Se puede caminar o simplemente contemplar el atardecer. Nunca hay demasiada gente y en la noche queda en silencio.



Llegamos y el chofer nos dejó solos nuevamente. La brisa del mar nos saludó bajo un cielo tachonado de estrellas.  El aire fresco extasió nuestros cuerpos juveniles y la luna brillaba intensamente.  Mar y cielo parecían conjuntarse en aquel horizonte majestuoso. La diva exclamó:

─ ¡Oh, qué belleza! ¡Cuánta quietud y placidez hay aquí! ¡Vente, vamos a nadar!

Le advertí:

─Es mar abierto, peligroso si no sabes nadar.  Los tiburones deben estar hambrientos.

─Por favor, Joe, fui campeona de natación en un colegio.

Con decisión la estrella se descalzó hasta quedar en minúsculo bikini. La silueta perfecta que hubiera envidiado la mismísima Venus de Milo. Se lanzó al agua y los reflejos de su piel satinada brillaban nítidamente. Sonrisa y labios entreabiertos parecían una clara invitación a besarlos. Si alguna vez conocí la belleza perenne, fue a su lado; si contemplé de cerca a una diosa, fue con ella. Insistió:

─ ¡Anda vente a nadar! Así nos comerán los tiburones a los dos, Jajaja

Me quité cautelosamente la ropa quedando únicamente en bóxer. Temí que mis instintos se sublevaran ante la diosa, que descubriera los estremecimientos que me provocaba su presencia. Claro que ella estaba consciente de lo que sucedía en su derredor. Conocía las debilidades de los hombres  porque era una mujer de mundo. Una chica que a sus 36 años había vivido lo suficiente como para espantarse de un admirador pudoroso. Salté al agua deseando que el mar calmara mis instintos.



Nadamos largo rato sobre las olas. Hacía mucho que no me zambullía en el mar. En efecto, la actriz parecía una sirena y nadaba como experta. Destellos fosforescentes alumbraban nuestras extremidades vigorosas. Casi agotados salimos y nos tendimos boca arriba en la playa.
 

Miles de luceros nos miraban con envidia. El murmullo de las olas era un bálsamo relajante que invitaba a la reflexión. No existe nada más parecido al edén que contemplar las estrellas al lado de una mujer hermosa. Teniendo como fondo aquella quietud cósmica. Le pregunté hondamente emocionado:

─ ¿Te gusta la poesía, Norma?

─ ¡Ay sí me fascina! Neruda, Witman, y Sor Juana me subyugan —me sorprendió saber que era una mujer instruida, nunca lo hubiera imaginado.

─Te voy a declamar un poema que hice especialmente para ti. Pero antes, dime, ¿qué me querías contar?

La diva se sentó en la arena y se puso meditativa. Parecía cambiar de ánimo con relativa facilidad.  Después de pensarlo un poco habló con sinceridad:



─Estos momentos son un bálsamo que me alejan de toda tristeza. Una tregua en mi vida tan ajetreada.  Te voy a confiar algo que no he contado a nadie, ni siquiera a mis amigos más íntimos. No sé quién seas pero el corazón me dice que eres un muchacho bueno.  Un fiel admirador que quiere acostarse conmigo. Vine a Acapulco tratando de mitigar mis penas y si por mí fuera ya no regresaba a Hollywood. Desgraciadamente, la vida ya no me pertenece.

─ ¿Tan grave es el problema?

─Demasiado. Estoy involucrada sentimentalmente con dos hombres poderosos.

Al momento recordé que había leído algo en revistas y periódicos del espectáculo. Le pregunté expectante:

─ ¿Te refieres a tu romance con John F. Kennedy?

─Acertaste, pero eso fue en el pasado.  Actualmente,  soy la amante de su hermano Robert, es el fiscal general de EE.UU.  Siempre tuve esperanzas de formar un hogar para siempre y los dos me engañaron con promesas que nunca cumplieron.  Me siento humillada en lo más profundo de mí ser.

─Por favor, serénate, y cuéntame.

─Conocí a JFK en una fiesta,  Me lo presentó su cuñado, Peter Lawford.  Platicamos brevemente y más tarde me invitó a bailar. A partir de aquella noche me llamaba diariamente por teléfono.  Llenaba mi casa de flores y debo decirte que los detalles me enternecen.

─Bueno, ¿y qué sucedió después?

─Me convertí en su amante.  Para que más tarde me abandonara y entonces sentí morir de tristeza.  Yo estaba enamoradísima de John. Dejé el cine y me volví desaliñada.  Había dejado un gran vacío en mi alma.

─Pero, no entiendo cómo fuiste a dar en brazos de su hermano Robert.

─Cuando John se alejó de mí empezó a asediarme Robert, con regalos y toda clase de atenciones. Conocía mi relación con su hermano y se aprovechó de mi soledad. Decidí corresponderle para estar cerca de John, pero no fue así.

─ ¿Te involucraste sentimentalmente con los dos hermanos?

─Me da pena decirlo pero es la verdad. Soy inestable emocionalmente y me cuesta mantener una relación mucho tiempo.  Quiero amar y al mismo tiempo dejo todo por mi carrera.  Creo en el matrimonio pero me acuesto con otros.  Siempre en busca del verdadero amor.

--Dicen que siendo casada tienes relaciones extra maritales.

--No voy a negarlo, el cine me volvió promiscua.  A Norma Jean la ha devorado el mito Marilyn Monroe.  Te juro que no sé quién soy realmente.  Quiero encontrar la felicidad y no puedo.

─Una felicidad que no vas a encontrar de esa manera.

─Me siento culpable en el fondo.  Siempre fui una niña marginada e insegura. Tuve experiencias traumáticas que me marcaron para siempre.

─Bueno, ¿y cómo fue tu relación con Robert?

─Me contó todas esas patrañas que inventan los hombres para seducirnos.  Él fue más lejos aún y me prometió matrimonio. Me compro un departamento en Miami y otro en Nueva York.  Me dijo que se divorciaría de su esposa. Los Kennedy piensan que son intocables y que pueden jugar con los sentimientos de una mujer impunemente.  Les voy a demostrar que no es así y que son tan vulnerables como cualquier otra persona.

--¿?

Yo la escuchaba estupefacto sin acertar a comprender del todo sus revelaciones.  Marilyn hablaba con determinación y resentimiento.  En sus ojos había rencor en otra faceta desconocida de su personalidad.  Atrás había quedado la mujer sufrida que yo conocí en el hotel.  Se había operado en ella una metamorfosis instantánea.

Agregó:

─Después de divertirse conmigo el muy cretino también me abandonó.  Ahora ninguno quiere saber más de mí.  Me siento como un pedazo de carne devorado por dos leones.

─ ¿Cómo pudiste creer que Robert se casaría contigo si tiene tantos hijos?  Además, es el fiscal general de EE.UU.

─Fue un error de mi parte, lo reconozco. Me aferré a esa ilusión y pagué las consecuencias. A los Kennedy nunca les importaron mis sentimientos. 

─¿Y qué piensas hacer?

─Tomar venganza, los odio encarecidamente.  Tengo un arma poderosa en mis manos que voy a utilizar muy pronto.

─Norma, odiar nos hace muy infelices, y te harás daño tú misma.  ¿Por qué no tratas de olvidar todo simplemente?

─Porque no puedo. He sufrido demasiado y me he convertido en una mujer valerosa. Todos los hombres me tratan como un filete suculento que hay que engullir. Todos ven en mí a la hembra en celo, a la ninfómana, la puta que los satisfaga. Y lo he sido sin duda.  Ahora los Kennedy interceptan mis llamadas y me siguen a todas partes. ¿Comprendes por qué prefiero pasear con un admirador anónimo?


─Desde luego, no soy un peligro para nadie.

Concluyó:

—Veo con indignación cómo todos se rinden ante el presidente.  Hombres y mujeres obedecen ciegamente al poder.  Pero yo no lo haré más, lo juro, ¡no lo haré más!  Ya no seré una marioneta en sus manos. 

La diva comenzó a llorar sumamente consternada. En su mirada vi la llama del sufrimiento y una gran decepción. La abracé con gran ternura tratando de trasmitirle fortaleza y cariño. Se acurrucó en mis brazos como una palomita herida buscando protección.  Me percaté que tras esa sonrisa  se ocultaba un corazón destrozado ávido de comprensión. Marilyn sollozaba incontenible y no pude evitar sentir en carne propia su dolor. 

Dejé que se desahogara y después de un rato proseguí:

─ ¿Por eso estabas tan triste en el hotel cuando te conocí?

─Sí, era por eso, pero comprende que allá no podía confiar en ti. Me siento desolada y en medio de un torbellino.

— ¿En verdad te enamoraste de John Kennedy?

─Totalmente, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él, retirarme del cine inclusive. Robert, no significó nada y sólo llenó un vacío en mi soledad.  Pero las mujeres tenemos armas que los hombres jamás sospechan. Puedo terminar con sus carreras políticas si me lo propongo.

─¿? 

La miré desconcertado y añadí:

─Lamentablemente los dos son casados. Creo que pecaste de ingenua al creer en sus promesas.

—Me decían cosas bonitas al principio de nuestra relación; que me amaban y yo era todo para ellos.  Me regalaban autos, flores, joyas.  Sin embargo, la última vez que hablé con John me dijo que su esposa le puso un ultimátum: “¡O abandonas a esa golfa farandulera o me das el divorcio!”. Expresó, muy afligido, que un escándalo no le convenía en ese momento.  Era mejor dejar de vernos un buen tiempo. Así de fácil se deshacen de cualquier romance.




—En cierta forma tienen razón. Es su estatus y deben cuidar su reputación. ¿Por qué enamorarte de un hombre casado?

─Porque en el corazón no se manda, Joe. Cuando te enamores lo sabrás.  Los Kennedy son seductores incorregibles y es una afición que heredaron de su padre. Me sentí halagada de ser cortejada por un presidente, y luego por un ministro de justicia.  Me sedujo la idea de pasar de estrella de cine a primera dama de USA.

─Llegaste demasiado lejos en tus pretensiones sentimentales.

─Voy a ser sincera, me gustaría dejar una huella de mi paso por el mundo. No quiero ser olvidada como olvidaron a Greta Garbo o Marlene Dietrich.  ¿Quién las recuerda ahora? ¡Nadie absolutamente!  Primero las candilejas, luego el glamour, la gloria, posteriormente el olvido. ¿Puedes comprenderme, Joe?




─Claro, que puedo comprenderte –-le di un beso en la mejilla como un niño que llora para consolarlo, como una flor que brota al amanecer.

A lo lejos escuchamos el canto de los gallos. Ya estaba amaneciendo. 

Caminamos brevemente por la playa. Dos seres diametralmente opuestos comulgaban entre sí. Una actriz célebre conviviendo con un fan desconocido. Aquel escenario cósmico nos pertenecía pero la realidad se impone y alerta.

Sólo el océano era testigo de aquella insólita confesión.  Nos zambullimos en el agua para quitarnos la arena deseando que el mar se tragara todas las penas. Que la aurora trajera nuevas esperanzas de vida. La animé  lleno de fe: 

─Pronto amanecerá pero puedes conversar un momento con las estrellas. Pídeles lo que quieras y ellas sabrán escucharte.  Inclusive llevar tu mensaje al creador.  En cuanto aparezcan los primeros rayos del sol te leeré mi poema.

─Es la primera vez que me escriben una poesía.

─Espero te guste, está hecha especialmente para ti.


Norma se recostó en mi regazo como una niña traviesa. Ninguno pensó en el sexo como aliciente en ese momento.  No deseábamos otra cosa que brindarnos mutua compañía. Sabía lo que esa chica necesitaba y entendía su sufrimiento. La vi suspirar entrecerrando sus ojos.  Yo traté de grabarme en el alma sus facciones para siempre.


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