miércoles, 15 de abril de 2020

Mi encuentro con el mesías


José de Cádiz

“Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todos tus pensamientos”. Biblia

Nunca fui una persona religiosa aunque de niño mi madre me enseñó a orar. Cuando tenía problemas escolares lo hacía y alguien me ayudaba. Cuando entré a la universidad me quitaron la fe en Dios. El comunismo y materialismo dialéctico afirman que Dios no existe. Me volví ateo. El peor error que cometí.
Viví mi juventud alejado de cualquier principio religioso. Pensaba erróneamente que la Biblia era para personas mayores, el nazareno era solo un revolucionario más, un hombre noble pero nada más. No tenía nada que ver conmigo. Lo veía tan lejano y misterioso.
Debo confesar que no era feliz. Me sentía vacío y mi vida era un caos. Abandoné la universidad y me dediqué a la vagancia. En casa tenía constantes pleitos con mi madre por mi pésima conducta. Conseguía trabajo y lo abandonaba por indisciplina. Era como un barco sin timón y a la deriva. Fracasé en todos los aspectos de la vida: social, económico, y cultural.
Intuía que descendía por una peligrosa pendiente. Que en algo estaba fallando pero no me atrevía a cambiar. Me dedicaba a las fiestas, a las chicas y a disfrutar de la vida. Nunca consumí drogas. No trabajaba pero me sobraban amigos que me invitaran las copas. Después supe que realmente no lo eran porque cuando dejé de tomar se alejaron de mí. ¿Amigos? Los que te conducen por el buen camino y te invitan una comida.

Con mis novias era exigente con el sexo. Si después de dos o tres citas no me entregaban, “una prueba de amor”, las dejaba de ver. A veces conocía una chica y bailábamos durante horas. Luego las llevaba a un lugar adecuado y les pedía de todo: ¡Aquí y ahora!, algunas me seguían la corriente y cedían a mis encantos. Otras, me miraban extrañadas diciendo: “Oye, nos acabamos de conocer, ¿y ya te quieres acostar conmigo? Cuando menos regalame unas flores o cómprame unos chocolates”. Entonces, me dejaban con las hormonas alborotadas. Obviamente, no las quería y solo me interesaba el placer. Era un ser insensible y egoísta.
Cuando tomaba, las crudas físicas y morales eran espantosas. Me volví un lector voraz de historia, filosofía, metafísica, psicología, que me ayudaban de alguna manera a sobrevivir. Supe que drogadictos y alcohólicos por cada sesión matan 100 mil neuronas. Anulan totalmente la cordura y sensatez. No obstante, mi estilo de vida era el mismo, como si la ilustración no tuviera ningún efecto sobre mí. La literatura eran incapaz de brindarme estabilidad emocional. Empecé a escribir poemas como una forma de hacer catarsis. Quería escapar de una existencia monótona y vacía. Los libros me estimulaban pero no eran el puente hacia la felicidad.
Cierta noche tuve tuve un sueño que me impresionó bastante: Estando de pie, junto a un árbol, vi venir de frente al maestro Jesús. Me encontraba en una avenida de terracería como en una ciudad antigua. Muy parecida a la Jerusalén de la antigüedad. Había carretas, caballos y personas vestidas de largo. Me alegré al ver venir hacia a mi al nazareno, pero antes de llegar, dio la media vuelta y se alejó. Estando a solo dos metros. Esto me desconcertó y decidí seguirlo. Pronto una muchedumbre surgió de ambos lados de la calle caminado en la misma dirección.
Vi perfectamente al Rabí de Galilea rodeado de una aura luminosa y una túnica blanca y roja. En verdad su figura era hermosa. No cabía duda, era él, y caminaba con paso firme mientras la multitud lo aclamaba. Algo no me agradó: su estatura era muy pequeña, apenas de 75 Cms. Continué caminando entre el gentío mirando aquel ser lleno de luz. Desperté sobresaltado pero muy optimista. Jamás había tenido un sueño semejante.
Quienes estudiamos metafísica sabemos que tenemos 7 cuerpos. El físico es el más denso, pero el astral es el mundo de los sueños. Ahí nos encontramos con los vivos y los muertos. “Cuando el cuerpo duerme el alma vaga”, dice una máxima. Podemos ver escenas de nuestra vida pasada o futura. Los sueños premonitorios nos ayudan a evitar el peligro. A veces encontramos a los grandes maestros que quieren darnos una lección. Eso mismo me sucedió aunque al principio no lo comprendí.
Una duda me inquietaba: ¿Por qué vi al nazareno tan pequeñito? ¿Qué me había querido revelar con aquel sueño? ¿En una encarnación anterior ya nos habíamos conocido? Era obvio que él sí me conocía. Anduve maquinando varios días y consulté a un experto cristiano. Me explicó: "Viste bajito al maestro Jesús porque tu fe hacia él es pequeña, casi nula". Me costaba trabajo creerlo pero era verdad. Nunca había pensado en él como salvador, ni como pastor, mucho menos como enviado del Padre.
Ya tenía trabajo pero mi vida no había cambiado mucho. Había tropiezos de toda índole. Gastaba más de lo que ganaba y mi madre murió en ese lapso. Me sentía lleno de inseguridad y complejos de culpa. Frente a mi hogar existe una casa de oración que había conocido 10 años antes. Me invitaba mi hermana pero me negaba a tener un encuentro con Dios. Presentía que cambiaría mi vida para siempre. Los seres humanos tememos al cambio. Es más cómoda la inercia aunque seamos infelices.
Mi esposa decidió ir y posteriormente ella me invitó. A regañadientes fui pero me faltaba la fe. Todas las mañanas escuchaba orar a los fieles y eso me molestaba. "¿No se cansan de orar ni de cantar alabanzas?", pensaba. La divinidad tiene diversas formas de llamarnos a sus filas. Un día me enfermé de gravedad. Los médicos no me daban esperanzas de vida. Se me quitó el apetito durante un mes y medio. Mis defensas y plaquetas se redujeron al mínimo. Me hicieron todos los exámenes pertinentes sin encontrar el origen de mi mal.
Sabía que se acercaba el final porque me desmayaba a cada rato. Entonces decidí ponerme en paz con Dios y le supliqué que me devolviera la vida. Oraba y le pedía a Jesús desesperadamente que me sanara y me convertiría a su fe. Estando frente a la muerte clamamos a Dios. Pasará lo mismo con el coronavirus. Cuando estamos sanos y la vida nos sonríe ni nos acordamos que somos seres de luz. Somos ingratos por naturaleza. Simplemente por estar sanos y tener un pan debemos dar gracias diariamente. ¿Cuánta gente está enferma, desempleadas, o en la cárcel? ¿Cuántas personas viven en la miseria o angustiadas?
Mis días se acortaban.
Cada tarde contemplaba el ocaso del sol pensando que sería el último. Me dolía ver a mi esposa triste y desesperanzada. Lamentaba tener que dejarla sola. ¡Al amanecer daba gracias a Dios por un día más de vida! Nunca valoré tanto la existencia como en esos momentos. Me repetía--: ¡Estoy vivo y puedo ver la luz del Sol y respirar! Sin duda, Jesús escuchó mis súplicas, porque pronto empezó mi recuperación. Agradecí su misericordia infinita.

A la fecha no falto los viernes a mi casa de oración. El redentor me dio la mayor prueba de amor. Oramos diariamente y me he vuelto un fiel devoto del Rabí de Galilea. Leemos la biblia, oramos por la paz del mundo, por la pandemia que nos asola. Por quienes carecen de fe. Por las viudas, por los huérfanos, por los ancianos. Convivimos armoniosamente con el grupo. Practicamos los 10 mandamientos de Moisés.
Mis problemas se han disuelto gradualmente. Terminé mi carrera de filosofía por Internet. Tomo cursos de superación personal, de literatura, practico yoga. Con mi mujer nos hemos vuelto deportistas, practicamos gimnasia rítmica. Cuidamos mucho nuestra alimentación. Nos divertimos sanamente. Ahora sé a qué he venido al mundo. Todo mi amor y agradecimiento al maestro Jesús por darme una nueva oportunidad de vida. No tomo, no fumo, y soy inmensamente feliz.

Si Jesús hizo eso por mi lo mismo puede hacer por ti.

Que la paz y el amor prevalezcan en vuestros corazones.


Nota del autor: El karma mundial nos sacude

El covid-19 pronto encontrarán los científicos la vacuna contra viral. El mayor virus, el más mortal, es la falta de amor al prójimo. La ausencia de amor a Dios. La codicia desmedida que nos conduce a las peores infamias. El creador nos está dando una lección encerrándonos como caballos en un potrero. ¿Para qué? Para que reflexionemos y nos percatemos que hemos convertido al mundo en un basurero. Hemos exterminado a la flora y a la fauna. La naturaleza nos está cobrando el precio. A los autores materiales y a quienes lo hemos permitido. La indiferencia ante quienes destruyen el ecosistema tiene un nombre. Se llama: karma mundial.
Los países poderosos continúan explotando a los más débiles. Las guerras económicas, políticas, armamentistas siguen adelante. La delincuencia organizada y la corrupción de funcionarios no cesa. El narcotráfico sigue envenenando a las sociedades "neoliberales" y "modernistas". EE.UU, es una cultura en plena decadencia. Sus ciudadanos son drogadictos y han degenerado mental y sexualmente. Tienen la tasa más alta de adulterios. Todo gira en torno al dinero pero de espiritualidad lo ignoran todo.
No es casual que USA se haya convertido en el epicentro del coronavirus. El rock pesado tiene un origen satánico. Todos sus representantes han muerto por sobredosis. El mercado de las armas continúa en auge ante la indiferencia de sus gobernantes. Los profetas de todos los tiempos han advertido al mundo las catástrofes. Sin embargo, nos seguimos portando mal. La naturaleza es sabia y tiene que haber una depuración del planeta. El mundo está sobre poblado y todo lo que ya no sirva será destruido.

Hay un poema de Robert Bahuer (poeta norteamericano) que ilustra muy bien lo que digo. Aquí se los dejo:

"¿Dónde estabas tú cuando las grandes ballenas pedían piedad y los peces desaparecían de nuestros ríos envenenados?
¿Escribiste alguna carta? ¿Cantaste alguna canción?
¿O te quedaste sentado diciéndote que tu carta no sería leída ni tu canción escuchada?
¿Dónde estabas tú cuando la tierra comenzó a morir?"

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