viernes, 21 de noviembre de 2014

UNA CASA ABANDONADA





 José de Cádiz



Sobre la carretera nacional, México-Veracruz, a la altura del pueblo de Perote, dos jóvenes caminan presurosos con sendas mochilas al hombro.   Son las 6 de la tarde y en su rostro hay desesperanza y cansancio.  Ellos no han podido conseguir un "aventón", desde su partida del puerto de Veracruz, que los traslade a la Cd. de México.


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El calor es sofocante y el sudor les moja el rostro.  Son Gibrán, y Leonel, de 17 y 19 años, respectivamente. Decidieron venir a pasar sus vacaciones al puerto jarocho, y se han quedado sin dinero, teniendo que rematar sus escasas pertenencias de viaje.







Empieza a oscurecer y el pintoresco pueblo de Perote, con sus restaurantes al aire libre, ha disminuido sus actividades.  Los jóvenes ven con tristeza que ya se hizo de noche sin poder avanzar gran cosa en el trayecto.  Sin poder encontrar un conductor generoso que, venciendo sus temores, decida darles un "raid".


Las luces del poblado se encienden poco a poco.  A distancia los muchachos se detienen desconcertados y temerosos.  La luna se asoma medrosa entre los cerros y la noche se hace cada vez más lenta y pesada.  A lo lejos observan un letrero luminoso: "Restaurante las gaviotas".






Instintivamente, echan mano a su bolsillo y todo lo que encuentran de capital son 7 pesos.  Imposible comprar con ese dinero.  Gibrán, comenta a Leonel que aún les quedan unas gafas para el sol, podrían rematarlas con los dueños del restaurante.  El lugar se antoja agradable y acogedor.  Se acercan cautelosos al modesto restaurante.  En encuentran a un señor regordete que los saluda con firmeza y rigor.


--Buenas noches, ¿qué desean?


--Vera Usted -explica Leonel-, nosotros vamos a la Cd. de México, venimos de vacaciones y nos quedamos sin dinero.  Tenemos hambre y solo tenemos 7 pesos y unas gafas para el sol.  ¿Podríamos intercambiarlas por alimentos?






--¡Están bien padres! -interrumpió Gibrán-, con la ilusión característica de su juventud tratando de convencer al hombre a hacer una transacción.


El tipo los miró reprobatoriamente y les dijo:


--No me interesan sus gafas, y he de ser franco muchachos, son ustedes unos perfectos irresponsables que confían demasiado en su suerte.  Ahora, retírense por favor. Por compadecido ya me han pasado incidentes.


Los muchachos dieron media vuelta y se alejaron.  Habían caminado unos metros cuando escucharon la voz del viejo a sus espaldas:


--¡Esperen muchachos! Disculpen mi brusquedad, últimamente he andado mal de los nervios.  Tengo algo para ustedes.  Ahora vuelvo.


El tipo regresó trayendo consigo pan, jamón, tocino ahumado, refrescos. Con una nueva actitud les dijo:


--Llévense estos víveres, sobre la carretera hay una casa abandonada, ahí podrán comer y descansar.  No se preocupen, nadie los molestará, porque los lugareños le temen a esa casa.  Puras supercherías de gente ignorante. Quiero creer que son ustedes muy valientes, de otra manera no andarían viajando de "raid".  ¡Adelante jóvenes y buena suerte!


Ilusionados, con los víveres bajo el brazo, y sin hacer caso a los comentarios de aquel hombre los jóvenes se encaminan al lugar indicado.  A medida que se acercan sienten una mezcla de curiosidad y nerviosismo.


La vieja casona es más grande de lo que pensaban.  De cerca, dada la oscuridad de la noche, presenta un aspecto fantasmagórico.  Su imagen contrasta con  la quietud de la luna.  De formidable estilo barroco parece una hacienda antigua.  La luna dibuja la silueta de casa, los árboles, y los muchachos a la perfección imprimiéndoles vida y movimiento.






Después de pensarlo un poco se introducen lentamente a la inhabitada casona.  En silencio, temerosos de encontrar algo inusitado atraviesan lo que parece fue un jardín con árboles secos. Tres estatuas rodean la otrora quizá hermosa fuente.  Las pétreas figuras de mármol bajo la luz de la luna parecen sonreír nerviosas.  Enfrente un molino de viento lleno de maleza.


Los muchachos se detienen a cada momento y tratan de ubicarse en medio de la oscuridad.  Las paredes y el techo semi destruidos hacen que se respire un aire extraño.  No se escucha ruido, ni un grillo, absolutamente nada. Eligen una largo pasadizo que conduce a una recámara cerrada.  Unas desvencijadas paredes y una puerta enorme.  Ésta rechina al abrirse.





Una desbandada de murciélagos les da la bienvenida.  Los pequeños vampiros se dispersan con estrépito por los altos ventanales.  Su chillido es agudo y penetrante.   Por un momento sienten la tentación de salir corriendo pero su deseo de descansar es más fuerte.


En silencio, devoran aquellos víveres.  Después de un día sin comer les parece un manjar digno de Dioses.  Gibrán,  después de alimentarse se atreve a romper aquella quietud casi sepulcral.


--Después de todo se portó buena onda el viejo, ¿no crees, Leo?


--¡Que si no! Nos dio alimentos para comer una semana.


--Solo me preocupa una cosa -agrega Gibrán- en todo el día no hemos podido conseguir un "raid".  Traemos muy mala suerte.  ¿Crees que mañana tengamos un mejor día?


--No lo sé -dice Lenonel- pero tenemos que continuar.  ¿A qué se referiría el viejo al decir que hay chismorreo acerca de esta casa?


Grbrán, contesta con firmeza y seguridad:


--Lo que pasa es que de las casas viejas y abandonadas se dice que están embrujadas.  Pura supertición de la gente, el viejo fue muy claro.


-Tienes razón, eso debe ser.  Tratemos de descansar, mañana será un día ajetreado.


Los muchachos se acomodan en el piso sirviéndole las mochilas de cabecera.   Bromean un poco con la malicia de su juventud.  En menos de quince minutos Gibrán se queda profundamente dormido.  No así Leonel que aunque cansado se siente nervioso y no puede conciliar el sueño.  El chillido de una rata lo sobresalta. Se revuelve de un lado a otro presa de una extraña inquietud.  Levanta la cabeza y por una rendija observa  las estatuas, que en el patio, y con la luna en plenilunio, parecen acechar todos sus movimientos.





Su miedo aumenta a medida que pasa el tiempo y comprobar que aquella quietud semeja un camposanto.  Para colmo un malestar estomacal empieza a hacer presión.  La necesidad de ir al baño se vuelve cada vez más apremiante.  Se mueve inquieto tratando de contenerse.  Pero las estatuas y las ratas lo intimidan.  ¡Maldita sea! -piensa Leonel para sus adentros.


Como si sus palabras tuvieran un efecto mágico escucha a lo lejos unos pasos que se acercan vacilantes.  De manera sigilosa se acercan cada vez más.  Leonel, se hace a la idea de estar soñando, o imaginando quizá. Duda, entre ir al baño, despertar a Gibrán, o aguantar aquella imperiosa digestión. Se recuesta de costado tratando de serenarse contando hasta mil. La presión va cediendo poco a poco.  A punto está de quedarse dormido cuando unos leves toquidos en la puerta lo sobresaltan. Todo vuelve a quedar en silencio.


Leonel, expectante, aguza los oídos.  Los toquidos se reanudan esta vez con mayor fuerza. Se detienen bruscamente, y un aire frío penetra por una de las ventanas.  No hay duda, hay alguien detrás de esa puerta.  El joven contiene la respiración al comprobar que no están solos. Un estremecimiento lo recorre de pie a cabeza.


Por un momento los toquidos se hacen lentos, quedos, insistentes.  Se percibe una urgente necesidad de entrar.  Leonel siente la tentación de salir corriendo pero tiene las quijadas apretadas y el aliento cortado.  Intenta balbucir una palabras sin lograrlo. Desea despertar a Gibrán pero se percata con terror que sus manos no le responden.


Los toquidos cesan repentinamente.  Leonel respira aliviado y logra moverse. Con premura, sigiloso, intenta despertar a su amigo temeroso de que su voz delate su presencia:


--Gibrán, Gibrán, despierta, hay alguien detrás de esa puerta.


--¡Eh, qué pasa! ¿Cómo dices?


--Que hay alguien detrás de esa puerta.


--¿De cuál fumaste? Estás nervioso, trata de dormir.


--Te lo juro.  Estuvieron tocando largo rato.


--¡Vaya, ahora te vas a creer el cuento de los fantasmas! -exclamó Gibrán incorporándose molesto.


--Si piensas que estoy drogado, espera y verás.


En silencio esperan algunos minutos los muchachos.  No escuchan nada pero el lejano ladrido de un perro interrumpe la noche.  El canto de un búho les pone los pelos de punta.  Los murciélagos irrumpen nuevamente inquietos.


De pronto, escuchan unos pasos lentos, cansados, vacilantes. Tan lentos que parecen arrastrar el paso de la eternidad.  El ruido de una cadena que cae al piso arrastra con estrépito un objeto.  Alguien se acerca de nuevo a la puerta. Instintivamente, Gibrán abraza a Leonel mudos de espanto.

Los pasos se acercan cada vez más hasta quedar justo frente a la puerta.  Se detienen sigilosamente.  Un aire helado envuelve aquel ambiente.  Los muchachos sudan frío y respiran con dificultad.  Mil imágenes revolotean en su mente.  Aquellos malditos toquidos se reanudan.


El pánico se apodera de los muchachos y se abrazan en el suelo firmemente entrelazados.  Su corazón amenaza con salírseles del pecho.  Al extraño visitante le urge comunicarse con ellos. Los jóvenes saben que en cualquier momento entrará aquel ser súbitamente. Quiéranlo o no, créanlo o no, porque se palpa urgido, tenaz, y persistente de entrar en contacto con ellos.


De la angustia pasan a la desesperación al imaginar que no saldrán de ahí con vida. Casi de manera mecánica se ponen a rezar deseando que todo sea una cruel pesadilla.  Pero no es así: "Padre nuestro, que está en el cielo, santificado sea tu nombre", repiten incesantemente los jóvenes. "Santo ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares", agregan atropelladamente.


El tiempo parece detenerse.  El estrépito y crujir de la puerta al abrirse los paraliza.  La oscuridad se rasgan violentamente y una ráfaga de luz golpea en su cara.  El resplandor es como un haz luminoso que cubre toda la habitación y no les permite ver nada más. Nada más. Enloquecidos, escuchan una voz ronca que brota de aquella luminosidad:


--¡Eh Muchachos! ¿Son ustedes?¡Caramba ya me retiraba pensando que habían decidido irse a dormir a otro lado!  Levántense y andando.  Los llevaré a mi casa para que descansen mejor.


Los vacacionistas se miran uno al otro confundidos.  No aciertan a comprender cómo la generosidad de un hombre pudo hacerlos vivir momentos tan angustiantes.  Un hermoso perro danés arrastra una pequeña cadena moviendo su cola. El viejo con paso lento y acento cordial pregunta:


--¿Por qué no contestaban muchachos?


--Lo que pasa -contesta Gibrán- es que estábamos tan cansados que caímos como fardos.  Ud. disculpe, tampoco lo esperábamos.


--Mi esposa, me exigió, ve a buscar a esos muchachos, algo malo les puede pasar.  No se preocupen, mañana será otro día.                  


    





    



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