lunes, 21 de abril de 2014

MUNDO EDITORIAL






José de Cádiz





Desde siempre los escritores han librado una dura y sorda batalla contra los editores.  Es de sobra conocido que los autores escriben frecuentemente en la pobreza por estar supeditados a regalías de hambre que no les alcanza siquiera para sobrevivir.  Digamos, que se ha dado una súper explotación del talento literario, seguramente porque los mismos creadores no valoran debidamente su trabajo.  Tienen tanta urgencia en ver publicada su obra que no corrigen y pulen con ahínco siendo presa fácil de editores sin escrúpulos.  A escribir se aprende escribiendo y nadie se hace escritor de la noche a la mañana. Sin embargo, no es justo que reciban un veinte por ciento de regalías, mientras los editores se quedan con el 80 por ciento, argumentando honorarios y gastos de impresión.



Lo equitativo sería que el escritor recibiera el 50 por ciento sobre el valor de un libro y los editores una cantidad semejante.  La situación no ha variado mucho actualmente en Internet.  Han surgido cientos de editoriales virtuales que no garantizan que un escritor reciba lo que le corresponde por derecho. Los editores tienen un ojo de águila para reconocer si una obra tiene potencial pero nunca ofrecen lo justo al autor.  Se olvidan que quien produce la obra es el escritor y se dedican a comercializarla con su anuencia.



Y como no hay contrato firmado, si un autor es victima del fraude, no tendrá a quien reclamar.  Obviamente, es muy difícil que un autor novato tenga éxito con su primera novela.  Ya sea por falta de oficio o porque no eligió el tema adecuado, inclusive porque lo escribió a vuelo de pájaro.  La distancia entre las preferencias temáticas de un escritor y la necesidad del público por leer lo que le agrada es como de aquí a la luna.






Cuesta mucho trabajo escribir una obra literaria más o menos aceptable.  Se requieren esfuerzo y constante disciplina, corrección permanente, para ofrecer algo digno a un público cada día más exigente.  Pocos son los autores dispuestos a pagar el precio del éxito y anhelan el reconocimiento sin la constante preparación.  El fracaso no se hace esperar.



Dicen, los que saben, que una obra bien escrita tarde o temprano encuentra quien la publique.  Claro, sobre todo si en un libro que conjuga la parte artística y comercial.  Si la obra tiene méritos tendrá seguidores y se convertirá en un éxito de librería.  Por supuesto, un consejo editorial tomará en cuenta: estilo, trama, prosa fluida, y un título seductor que atrape a las masas.  Eso es justamente lo que le interesa a una empresa editorial.





Aquí presentamos una parodia sobre las relaciones, no siempre cordiales, entre autor y editor.  Es necesario aclarar, que no es la experiencia de quien esto escribe, puesto que nunca he ofrecido mis libros a ningún editor.  Es en base a la experiencia de terceros de quienes he aprendido mucho.




  Empezamos:










-¿Entonces qué mi jefe cuándo me va a editar mi libro? -Preguntó Remigio Salinas a aquel editor soslayado.



-Cajm, cajm, por el momento no es posible, Remigio. Verás, no hay presupuesto ni espacio. Pero te puedo anotar en lista de espera para el 2017, chance y tengas mejor suerte. La editorial solo tiene en caja tres pesos. En el último libro se invirtió todo lo que había.

-¡Yaaa mi estimado editor! Ni que vendieran chicles en un vagón del Metro. Y eso de que me espere yo tres años ha de ser para ver si muero en ese lapso.

-Pues, como lo oyes, esta semana no hubo ni para pagarle al personal de limpieza. A las secretarias les tuvimos que pagar con una antología que nunca se vendió. Por si fuera poco, la piratería nos está haciendo estragos. Esos piratas de libros no dejan títere con cabeza.







-¿Oiga, jefe, y se puede saber dónde están las oficinas de su editorial? Yo siempre lo veo a Ud. Solito en este escritorio público. Me gustaría conocer la editorial y su proceso de imprenta.

-¡Por Dios Remigio qué desconfiado eres! Claro que tengo mis oficinas y mañana mismo te llevaré para que las conozcas.

Remigio salió de aquella entrevista un tanto desconsolado. No obstante, esa noche preparó sus cuentos y los corrigió hasta la madrugada.   Amaneció muy entusiasmado pues tenía verdaderos deseos por conocer la editorial.









Se encontró con el editor en una calle aledaña del zócalo de la Cd. de México. Lo saludó con respeto, casi como quien mira a una deidad celestial. Mientras charlaban animadamente, el editor preguntó:

-¿Qué traes en esa bolsa, Remigio?

-¡Ah! Sí mi jefe, verá Ud., es el libro que quiero me publique –contestó el autor un tanto apenado.

-A ver, déjame ver de qué trata. ¡Caramba si tenían que ser cuentos!   Este género casi no se vende y máxime tratándose de un escritor principiante. Otros me han traído cuentos y hasta poemas. Entiendan que al público no les interesan a menos que sean de Jaime Sabines o Juan Rulfo. ¿Por qué no te lanzaste a escribir una novela? Estas tienen más aceptación.


-Casi por nada, si escribir novelas no es comer cacahuates. Esa narrativa es para los grandes y experimentados: Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, o Isabel Allende. La mayoría de autores empezamos escribiendo cuentitos. ¿Acaso Ud. Escribe también?







-No, muchacho, yo no escribo.  Solo me dedico a publicar obras que prometen. A Lanzar nuevos valores y darle oportunidad al talento.

-¡Ah, caray!, como quien dice a mí me ve frito y sin ninguna posibilidad.

-No, Remigio, yo no quise decir eso.  Simplemente que te esperes un poquito antes de publicar. Y, por cierto, ¿qué buscas al publicar tus cuentos?

-Pues la mera verdad a mí me atraen la fama, el reconocimiento, y tener mucho dinero. ¡Entrevistas, conferencias, y viajes por todo el mundo! ¡Mire Ud. que bien le fue al García Márquez!







-Uuuuy, Remigio, casi no quieres nada.  Para llegar ahí tendrías que escribir puros best sellers.  Son pocos los escritores que viven de sus libros. El público mexicano no lee y las editoriales están cerrando. Tal vez si te fueras a vivir a Francia o Inglaterra tendrías mayores posibilidades.

-Oiga, mi jefe, ¿y no hay alguna manera de agilizar un poquito el triunfo? Digo, tal vez haciéndole mucha publicidad a los libros.  Exhibiéndolos en grandes cadenas comerciales.  Promocionándolos, y tal vez editando mis propios libros.

-¡Claro que sí, Remigio!  Todo depende del interés que despierte tu obra. Juan Rulfo alcanzó la fama con solo dos libros.  Claro que era un escritor chingón el jaliciense. Si logras acertar con un tema original tal vez te funcione la publicidad. Cuesta muy caro un spot en TV, pero puedes imprimir volantes y repartirlos en el Metro. En este país ninguna editorial te hace publicidad.  Todos le apostamos al talento. Y te voy a hacer una propuesta, ¿tienes algún dinerito guardado?







-Pues, fíjese que no, solo cuento con mi casa que construí con mucho esfuerzo.

-Yo te voy a publicar este libro apoyándote con el diez por ciento del presupuesto total. El otro noventa por ciento lo tendrás que desembolsar tú. ¿Qué te parece?

-¡Caramba! Como quien dice le tengo que comprar todo el tiraje, ¿Y en qué consistiría su ayuda, entonces?

-¡Por favor Remigio no seas ingenuo! Yo te respaldo con el sello de mi editorial y te preparo el camino hacia el  éxito.  Tendrás la posibilidad de exhibir tu libro en las ferias y poner un tendido en el zócalo.  Ofrecerlo a los transeúntes, hacer rifas en los camiones. En fin,  ¿no dices que te gusta mucho la publicidad?

-Pues, sí, pero yo pensaba en una publicidad más sofisticada, y no andar vendiendo mi libro en el Metro.

-Mira, vamos a las oficinas de mi Editorial y allá platicamos más a gusto. ¿Te parece bien?

-Me parece perfecto.







Se encaminaron rumbo a “EDICIONES PATITO”, que era el nombre de la pomposa editorial. Llegaron a un edificio de departamentos bastante modesto. En la puerta se leía el nombre de la empresa.  Remigio parecía un niño de kínder que lo llevan una feria por primera vez. Dentro había una sala grande y dos cuartos anexos. Remigio preguntó por el personal:



-Me gustaría conocer al consejo editorial, dicen que es quien elige las obras para su publicación, y voy aprovechar que ando por aquí. También quiero hablar con los correctores de estilo. ¿Sabe? Ando muy mal en ortografía.


-¡Pero si me saliste más cabrón que bonito, Remigio! –el  editor abrió otra puerta y Remigio solo vio una mesa grande con muchas sillas. Las paredes pintadas de azul y muchos anaqueles en su lugar, completamente vacíos. Todo en perfecto orden.







El empresario muy sonriente le expresó:

-Ya que insistes Remigio.  Aquí te presento al consejo editorial.







-Discúlpeme, pero yo no veo nada.  Puras sillas vacías.

El editor sin inmutarse se encaminó a otra puerta, y ahí espetó frente a un pequeño escritorio:

-Mira, Remigio, esta es Paty mi secretaria. Y Catalina con Julián, los mejores correctores de estilo. Ten la bondad de saludarlos.







-¿¿??

A esas alturas Remigio pensó que estaba frente a un demente.  Tuvo la intención de salir corriendo y olvidarse de la aventura. No cabía duda, aquel tipo estaba loco.  No obstante, hizo esfuerzos por serenarse y miró de frente al editor. Éste, adivinando sus pensamientos agregó:







-¡Pero, Remigio, eres escritor y no sabes que estás frente al mundo de la ficción! Aquí todo es fantasía y producto de la imaginación.  Hasta el mismo personal es ficticio. Nada de lo que escribes tú ni nadie es verdad. Todo lo inventan y se lo dan de beber al público. Así ha sido siempre desde Homero hasta Miguel de Cervantes. ¿No les da un poquito de vergüenza?  Ahora bien, ¿por qué tendría que tener yo un personal de carne y hueso? Tengo derecho a tener empleados imaginarios.







-Discúlpeme, pero yo solo quería conocer la editorial y su proceso de imprenta. Pero ya veo que todo es ficticio. Con su permiso me retiro.

-No, espera Remigio, leí tus títulos y no quiero hacerte perder el tiempo. Tienes una narrativa insípida y temas bastante trillados. Te aconsejo que los vuelvas a reescribir. Tienen que tener gancho y un estilo que atrape al lector. Les falta fuerza y un enfoque filosófico.

-De acuerdo, pero comprenda que no todos podemos ser Sócrates ni André Bretón. Cada quien hace lo que puede. ¿No le parece?

-¡O sea que prefieren ser mediocres en lugar de largarse a experimentar! ¿Sabes lo que sucede Remigio? Que quieren tener éxito pero no quieren pagar el precio.   Así nunca van a pasar de pericos perros. Por eso no los respetan las editoriales ni los proyectan.  Y luego terminan fracasados en alguna cantina.







-De acuerdo, señor "editor", pero Ud. tampoco es una perita en dulce. Bien que quiere hacer negocios con los principiantes pagándoles regalías de hambre. Y eso de que me apoyará con el diez por ciento de mi obra que se lo crea su abuelita.  La editorial es usted y solo es un vulgar impresor.  Su negocio es redondo y se asegura que le compren todo el tiraje.  Así todo va a dar a sus arcas.  Está clarísimo!!


A esas alturas, Remigio y el editor se habían perdido todo el respeto, y se desahogaron mutuamente:







-¡Óyeme bien, cabrón! Si quieres proyectarte debes saber escuchar las críticas con serenidad. Si deseas que te lea un numeroso público debes conquistarlo a base de talento. Siendo barroco o simplista no vas a llegar a ninguna parte.  Te voy a dar la fórmula del éxito: Talento, disciplina, trabajo. Tú tienes posibilidades pero te falta coraje y amor a la excelencia.

Remigio se puso rojo y contestó colérico:


-Ud. es un mercenario que le falta honestidad y un espíritu menos mercantilista!  Es un vulgar codicioso sin escrúpulos.  Nunca tienen dinero para apoyar a los noveles pero sí para editar a los consagrados. Le falta amor por el arte y sentido humanitario.  Es un auténtico troglodita de las letras!!



-¡Fíjate bien, hijo de la chingada! Yo no soy hermanita de la caridad. Una editorial no es una casa de beneficencia, recuérdalo. Antes que nada somos una empresa y sabemos quien nos puede hacer ganar dinero. Solo aceptamos libros corregidos y con potencial.  Que tengan chispa y talento.







-¿De manera que para que me puedan publicar necesito ser Charles Dikens o Camilo José Cela?  Ellos también fueron principiantes y con numerosas fallas. También soñaron un día con llegar a la cúspide. Nadie nace sabiendo a menos que sea un genio.

-¡Desde luego que así fue! Pero se preocuparon por aprender hasta adquirir el virtuosismo que los consagró. Prueba de ellos es que trascendieron. De verdad, Remigio, no quiero hacerte perder el tiempo. Me caes bien y trato de ayudarte, aunque no lo creas.

-¡Sí cómo no! Debo de “caerle muy bien".  ¿Se imagina lo que me diría si yo le cayera mal?




-Por favor, serénate, y no te pongas tan agresivo conmigo.  Aún puedo ayudarte si me prometes corregir tus textos.



-¡Claro que los voy a corregir! Pero ya no los traeré a esta editorial de marras que nadie conoce. Le juro que se arrepentirá de haber rechazado mis cuentos. Su editorial es tan ficticia como los demonios y los duendes. Ahora resulta que hasta buscan el patrocinio de instituciones o la iniciativa privada para publicar a los noveles.

-Lamento decirte, Remigio, que los duendes y demonios también existen y deberías escribir un libro sobre ellos.  Elige un tema seductor que cautive a las masas. No los lleves nunca a una editorial hasta haberlos corregido mil veces. ¿Sabías que Carlos Fuentes corregía un texto ciento cincuenta veces? Debes conocer tu oficio con maestría. La mediocridad y el conformismo no conducen a nada.  Por otra parte, las instituciones tienen el deber de apoyar la literatura, ¿qué de malo hay en buscar su apoyo?







-Pues nada, solo que se quedan con el presupuesto y engañan a todos los involucrados.  Aumentan los costos sin hacerle publicidad a los libros. No me explicó por qué subestiman tanto la promoción siendo un elemento fundamental del mercado.  Si usted vende pan y no lo anuncia nadie le va a comprar. Pero usted me habla a mí de mediocridad, ¡Por favor!

-Ya cálmate, Remigio, si nos oyen van a pensar que te debo y no te pago. Ese carácter lo deberías emplear mejor con tus letras que son tan desabridas como un pastel sin azúcar. Esa Agresividad debes utilizarla para superarte y lograr tus objetivos.

-¡No me importa que nos oigan! Como tampoco me importa que no me publique. Total, en la  Internet hay cientos de editoriales patitos como la suya. Pago el tiraje, me editan mi libro, y luego los lanzo al mercado.  Ve que fácil resulta.  Con dinero baila el perro.






-¡Si, claro! Y luego le rezas al santo de tu devoción para que se puedan vender. Imagínate, si las editoriales convencionales no venden, menos van a comprar un libro virtual. Pero, en fin, allá tú Remigio. Te deseo suerte porque la vas a necesitar.  Un último consejo: escribe un libro que alterne la parte artística y comercial.  Y sobre todo nunca pierdas la fe. 

-Y usted, mi querido señor, sea más considerado con los principiantes. Pero le voy a hacer caso y corregiré mi libro mil veces. Luego elegiré un tema que pocos hayan tocado. ¿Qué le parece un romance entre un terrícola con  una marcianita?







-¡Estupendo! ¡Es un tema genial! Ese libro será el best seller que te llevará a la cúspide. Necesitas una imaginación desbordante y que no siga los patrones establecidos. Atrévete a recorrer caminos diferentes, a quebrantar la apatía de los lectores. Me atrevo a pensar que el público no lee porque no le gusta lo que encuentra. Si a ti te ofrecen una comida desabrida seguro no te la comerás. En cambio sí está bien condimentada te abre el apetito y volverás a saborearla.

Remigio, se despidió del editor ya más calmado, pensando detenidamente en sus recomendaciones. Pudiera ser que el tipo tuviera algo de razón.  Era obvio que conocía su oficio y quizá hasta trataba de ayudarlo.   Le estrechó la mano, pero ya no se dirigió a él como “mi jefe”. Simplemente le dijo: “Nos estamos viendo, señor editor”.





Este, lo miró de arriba abajo, consciente del impacto que sus palabras habían provocado en el ánimo del incipiente escritor.  El autor salió a la calle y tiró su manuscrito en una alcantarilla. Respiró profundamente y se dispuso a escribir un nuevo libro.








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