miércoles, 21 de marzo de 2018

El rostro oculto de Marilyn 1



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Cap. I

Un sueño convertido en realidad

José de Cádiz



En 1962, un poco antes de morir, Marilyn Monroe viajó a la Cd. de México. Visitó el puerto de Acapulco y se hospedó en uno de los mejores hoteles. He ahí la oportunidad que tanto estaba esperando. Mi vida dio un vuelco de noventa grados cuando recibí una orden de mis superiores.
Debido a mi buena hoja de servicio, como policía industrial, fui elegido, junto con otros compañeros, para cuidar el cuarto de hotel de la estrella día y noche. Solía pasear con amigos y regresaban muy noche. A veces se encerraban y sólo se escuchaba música, voces, risas.  Se levantaban muy tarde.

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Yo había visto casi todas sus películas y conocía la trayectoria de la actriz.  Era su más fiel seguidor y defensor. Soñaba con ella y tenía un póster gigantesco color rojo en mi cuarto. Ahí donde Marilyn posó completamente desnuda mucho antes de convertirse en estrella.  El pergamino escarlata que la lanzó a la fama en 1946.  Pero conocerla personalmente era una fantasía que estaba más allá de mis posibilidades.

Supongo que todos hemos tenido sueños con alguna estrella de cine o de música.  Nunca se nos ocurre pensar que esas ilusiones se pueden convertir en realidad.  Miramos a nuestros ídolos como seres inalcanzables, más allá del bien y del mal.  No necesariamente es así y siempre existe alguna posibilidad. Después de todo son seres de carne y hueso como cualquiera de nosotros.  La única diferencia es que son populares y tienen múltiples ocupaciones.  No obstante, tienen las mismas necesidades físicas y emocionales.

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Yo estaba consciente que la diva se acostaba con puros personajes del mundo de la farándula, de la política e intelectualidad: Arthur Miller, Marlon Brando, Joe De Maggio, John F. Keneddy, y otros más que habían sido sus compañeros sentimentales.  ¿Cómo se iba a fijar en un policía de banqueta como yo?

Y sin embargo así fue. En un momento de crisis existencial en el cual ella hubiera preferido no haber nacido.  Si no hubiera sido por esa circunstancia jamás la hubiera tratado. Estaba enterado que se había casado con un militar desconocido cuando era una jovencita. Luego se divorció y posteriormente contrajo matrimonio otras 2 veces siendo ya una figura popular.

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Es conocida su infidelidad con todos los que la amaron y se decía que no usaba ropa interior; que acostumbraba hacer el amor diariamente. Eso me intrigó bastante y alborotó mis hormonas al máximo. A mis 27 años mi potencial y osadía estaban en la cúspide.  Una tarde la vi muy sola y atribulada en el lobby de su hotel.  La verdad nunca la había visto con ese semblante ni pensé que la tristeza tuviera cabida en una diva.

Entonces decidí acercarme a ella para conocer sus motivos. Vestía una ropa ligera, pañoleta y gafas blancas, seguramente quería  pasar desapercibida, pero eso no ocultaba su tristeza y desazón. Algo le sucedía a mi adorada.
 La abordé:

--Buenas tardes, señorita Monroe –-saludé en perfecto inglés--, ¿puedo ayudarla en algo?

--Ni siquiera me regresó a ver y contestó de mala gana:

--¿En dónde le firmo mi autógrafo?

--¿?

Me lo dijo en forma tan fría, mecánica y sin emoción que no me gustó para nada. Insistí, motivado por su mutismo.

--Señorita Monroe, yo, bueno. Lo que pasa que tengo el deber de cuidarla y la veo muy mortificada.  Dígame, por favor, en qué puedo servirle.  Para eso estoy aquí.

Hasta entonces se dignó mirarme. Se quitó las gafas y por primera vez vi ese rostro hermoso completamente cerca.  No dudé que me encontraba ante una diosa porque sus ojos eran mucho más bellos que en la pantalla. Era bajita, de manos y rostro agraciado, un cutis blanco como de porcelana. En su mirada había una mezcla de amargura y confusión que no me agradó. ¡Marilyn, mi admirada Marilyn, estaba sufriendo mucho!

Su voz cristalina y musical expresó como si no fuera de este mundo:

--Gracias, pero no creo que pueda ayudarme --sus ojos húmedos denunciaban que había llorado mucho-- y opté por capitalizar la situación.

--¿Se siente enferma? Si gusta puedo llamar a un doctor. O tal vez prefiera que llame a uno de sus amigos.

--¿Amigos? ¿Cuáles? No tengo amigos. Me siento tan desolada en mi cuarto, tan triste y sin esperanzas.  Siempre lo mismo en mis viajes por el mundo.  Todo es mecánico y carente de sentido.

Cómo era posible que dijera eso la mujer más sensual y glamorosa del cine.  La más aclamada y querida por millones.  El sueño dorado de todos los hombres.

--Pero, señorita Monroe, si ayer la vi departiendo con amigos.  Parecía muy alegre y se nota que la quieren mucho.

--¿Que me quieren, dice? Como se ve que no conoce el ambiente del cine, aquí solo se mueven intereses.  Es un mundo de apariencias solamente. A mi me gustaría encontrar verdaderos amigos pero es prácticamente imposible.

A veces el destino nos brinda oportunidades maravillosas.  Ésta era una de ellas.

--Si no se molesta, ¿le puedo hacer una propuesta?

--Ud. Dirá.

--¿Gusta tomar un café en el restaurant del hotel? Podemos platicar a gusto ahí.

Me miró un momento de arriba abajo. Cuando menos le inspiré confianza porque aceptó la invitación.  Se levantó nerviosa y sin decir palabra me siguió como un corderito hasta la cafetería del hotel. Me pareció una mujer completamente diferente a como yo la había visto en sus películas. Parecía un gatito inofensivo y no la vampiresa sensual y desafiante que yo admiraba tanto.

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Nos sentamos en silencio en la cafetería.  Le extendí la carta y pidió un café capuchino doble crema. Yo pedí lo mismo pero también 2 rebanadas de pastel. Por primera vez sonrió y preguntó:

--¿Aquí trabaja Ud?

--Sí, señorita, soy policía industrial y tengo la grata misión de protegerla mientras permanezca en el puerto. Estoy para servirle en todo lo que guste y mande –-frase que procuré darle todo el énfasis posible, tal vez pudiera tomarlo como una insinuación.

--Gracias, pero mañana nos vamos.  Tengo que continuar filmando en California. La vida del cine es tan ajetreada.

Regresé a ver a todos lados para cerciorarme si nos miraban curiosos los comensales. Me sentía el más feliz de los mortales departiendo con Marilyn Monroe. Pero me desilusionó un poco ver que, efectivamente,  el disfraz de la estrella daba resultados. Nadie la reconoció y mucho menos a mí. Ni siquiera un compañero de trabajo. 

--¿Pero por qué se va tan pronto? Si estamos muy a gusto con Ud. en el puerto. ¿Ya visitó todos sus balnearios?

--No todos, pero he visitado algunos. Sus playas son verdaderamente paradisíacas.  Ayer paseamos en paracaídas por toda la bahía y los acantilados de "La quebrada" me dicen que son de ensueño. Me hubiera encantado conocerlos.

He ahí la oportunidad para ir más lejos:

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--Por supuesto, los clavados en la noche son espectaculares. No puede irse sin verlos, sin sentir el vértigo de las alturas...

--¿A todo esto cómo se llama Ud? –-me preguntó sin tapujos.

--Joe, me llamo Joe.

Sonrió con añoranza y repuso:

--¡Ah, Joe! Un nombre que se repite en mi vida. Así se llamaba uno de mis ex maridos: Joe. Lo quise mucho en verdad.

Decidí avanzar más e inquirí:

--¿Pero si lo quiso tanto por qué se divorció de él?

--¡Oh, eso es difícil de contestar!, ya veo que está enterado de mi vida.  ¿Cree usted en el destino, Joe?


--No mucho, la verdad.

--Fíjese que yo tampoco creía, pero hace muchos años una pitonisa me dijo que llegaría a ser famosa. Mencionó que me casaría varias veces y que disfrutara la vida. Agregó que moriría joven ¿Se da cuenta? A veces también lloro por eso, me aterra tanto la muerte.

No me gustó que la plática se encaminara hacia el fatalismo y la parca. Y menos en aquellos momentos de tristeza de mi adorada. Así que me salí por la tangente:

--No se crea, esas son puras supercherías. Nadie puede vaticinarle a uno la muerte mi querida señora. Nadie.

Sabía que no era sincero porque siempre he creído en la fuerza del destino y la voluntad divina.  Pero tuve que ser cauto dadas las circunstancias de aquella mujercita desvalida.

Un niño de los que venden flores en los cafés se acercó y ofreció un ramillete de frescas rosas. Marilyn exclamó emocionada:

--¡Oh, qué hermosas!

--¿Le gustan? –-enseguida compré al muchacho todas las flores--. Fui a la administración y pedí las colocaran en un recipiente bonito. Yo pagaría todo.

Continuamos platicando mientras la diva acariciaba discretamente los pétalos de una rosa. Parecía haber mejorado un poco su semblante.   ¿Y si Marilyn estaba enferma o era cicloide? Me sentía tan a gusto con ella que hubiera querido detener el tiempo.

Yo quería saber más de la rubia, todo lo que se pudiera.  Tal vez ya no tendría otra oportunidad. La verdad siempre he sido muy curioso y su vida me interesaba sobre manera:

--No puedo creer que se sienta tan sola y que no tenga a nadie en el mundo.

--Pero, así es, aunque no lo crea.  Las estrellas del espectáculo casi siempre estamos solas. No tenemos un lugar fijo y pasamos mucho tiempo en hoteles  y diferentes ciudades.  Seguramente no ignora que mi madre murió hace muchos años. A mi padre no lo conocí. Lo único que tengo es el cariño del público.

--Pero eso es bastante, supongo.

--No se crea, el público tiene muy mala memoria.  Ahora me aplauden y mañana me olvidan sin misericordia.  Sólo puedo compartir con mis admiradores de lejos. De cerca me ahorcarían y me sacarían los ojos. Son tan efusivos mis fans.

No pude evitar la carcajada, mientras Marilyn me miraba confundida y temerosa de mi desfachatez. Le pregunté en broma:

--¿Y por qué habrían de sacarle los ojos sus fans?

--Ud. no tiene idea lo que es la fama, salir a la calle y que me reconozcan. No me dejan en paz ni un momento. Me abrazan, me besan y se llevan hasta mis zapatos. Todo es muy cansado y abrumador.

--Es el precio de la fama, como dicen.

--Pues sí, pero qué precio tan alto, ¿no le parece? Perder la tranquilidad y el sosiego.

--Oiga, Marilyn ¿y Ud. buscó siempre la notoriedad?

--Pues, fíjese que no.  Hace muchos años yo trabajaba en una fábrica y un fotógrafo insistió en tomarme una foto para una revista.  La imagen dio la vuelta al mundo y terminé haciéndome muy popular.


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--Es cierto y es un pergamino precioso. Lo tengo en casa y es verdaderamente espectacular. ¿Me lo podría autografiar mi querida señora? Si me permite se lo puedo traer mañana.

--Por supuesto, Ud. ha sido tan amable conmigo.  Nada más dígame a quién se lo dedico.

--Pues a mí, y si no es mucha molestia con unas letras grandes que digan: "Con todo cariño para Joe".  ¿Podría ser de esa manera? Me encantaría tal dedicatoria.

--Claro que sí, y espero que lo traiga. También podemos tomarnos unas fotos para que las presuma a sus amigos. ¿Le parece?

--¡Fantástico!  Aquí estaré puntual.

Aquello era mucho más de lo que siempre había imaginado. La actriz estaba agradeciendo mis atenciones.  Por lo que di la última estocada:


--Y si desear conocer "La quebrada", me gustaría invitarla hoy mismo.  La pasará de maravilla, soy buen anfitrión, se lo aseguro.

--Gracias, pero tengo algunos asuntos que atender. Sin embargo mañana podemos salir.  Acepto su invitación por ser mi última noche en el puerto.  Quiero disfrutarla en grande y olvidarme que soy M M.

--¿De verdad saldría a pasear conmigo señora? Me haría tan dichoso.  ¿Dígame a qué hora paso por Ud? Le recuerdo que estoy resguardándola en su hotel las 24 horas.

--¿Le parece bien a las ocho PM?

--Es una hora excelente.

Marilyn se levantó de la mesa y concluyó:

--Ahora con su permiso me retiro.  Tengo algunas llamadas que hacer. Gracias por  todo, fue un placer.

Con sus manos graciosas tomó una rosa y se la llevó.  Había recuperado su porte y aplomo. Su andar cadencioso llamaba la atención. Sus caderas juncales y bien proporcionadas mareaban al verlas. Me quedé observándola durante todo el trayecto con una mirada atónita. ¿Una cita con Marilyn Monroe?  ¡Dios quién me lo podía creer!

Lo que la diva no supuso fue que no sería su última noche en el puerto sino una semana de esparcimiento y aventuras. Su vida era una ruleta de la suerte en donde se apostaban la serenidad y el equilibrio. Pocas veces tenía la oportunidad de relajarse y anhelaba vivir sin itinerario, en contacto directo con la naturaleza.  El hombre supone pero Dios dispone.


Tuve buen cuidado de no contarle a nadie lo sucedido.   ¿Y si todo era un sueño? ¿Y si a otro día la actriz ni se acordaba de la cita con un desconocido? Estuve nervioso durante toda la noche.  ¿Qué ropa debía llevar puesta? ¿A dónde más la invitaría? ¡Por Dios ni siquiera tenía auto! La diva seguramente no aceptaría viajar en taxi conmigo. Por un momento me arrepentí  de invitar a pasear a "La quebrada" a la mujer más sensual del séptimo arte. Pero estaba decidido a acudir a la cita pasara lo que pasara.





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