sábado, 24 de marzo de 2018

El rostro oculto de Marilyn 3



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Cap. III

Norma Jean se desnuda el alma.

José de Cádiz


Contemplamos el espectáculo de clavadistas un buen rato. En silencio, como si las palabras salieran sobrando y sólo  se comunicaran nuestras almas.  Sumergidos en una quimera y explorando la riqueza del mundo interior. No supimos cuánto tiempo transcurrió pero nos percatamos que el público desalojaba los acantilados hasta quedar espacios vacíos.

Regresamos a la mesa y nos tomamos la última copa. Los turistas comían y bebían cada vez más animados. La música acariciaba los oídos como queriendo retenernos las notas musicales para siempre. La actriz preguntó:

─¿Hay alguna playa cerca? Quiero contarte algo, pero donde solo haya cielo y mar.

─Por supuesto, es una playa preciosa. A esta hora está casi desierta.

Pagué la cuenta y salimos del bar. Me sorprendió ver al chofer con la limusina a las puertas mismas de la hospedería. Comprendí que vigilaban a Marilyn a distancia.  No era para menos siendo una luminaria tan importante y asediada. Me percaté que sus deseos eran órdenes y paseaba bajo estrictas medidas de seguridad.

Enfilamos rumbo a una bahía llamada: “Pie de la cuesta”, en mar abierto y donde sólo los más osados se atreven a nadar, peligroso para quien no sabe hacerlo.  Un lugar inolvidable por sus puestas de sol.  Se puede caminar o simplemente contemplar el atardecer. Nunca hay demasiada gente y en la noche queda en silencio.

Llegamos y el chofer nos dejó solos nuevamente. La brisa del mar nos saludó bajo un cielo tachonado de estrellas.  El aire fresco extasió nuestros cuerpos juveniles y la luna brillaba intensamente.  Mar y cielo parecían conjuntarse en aquel horizonte majestuoso. La diva exclamó:


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─¡Oh, qué belleza! ¡Cuánta quietud y placidez! ¡Vente, vamos a nadar, Joe!

Le advertí:

─Es mar abierto, peligroso para quien no sabe nadar.  Los tiburones deben estar hambrientos.

─Por favor, Joe, fui campeona de natación en un colegio.

Con decisión la estrella se descalzó hasta quedar en un minúsculo bikini. La silueta perfecta que hubiera envidiado la mismísima Venus de Milo. Se lanzó al agua y los reflejos de su piel satinada brillaban nítidamente. Sonrisa y labios entreabiertos parecían una clara invitación a besarlos. Si alguna vez conocí la belleza perenne, fue a su lado; si contemplé de cerca a una diosa, fue con ella. Insistió:

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─ ¡Anda vente a nadar! Así nos comerán los tiburones a los dos, Jajaja

Me quité cautelosamente la ropa quedando únicamente en bóxer. Temí que mis instintos se sublevaran ante la diosa. Que descubriera los estremecimientos que me provocaba su presencia. Claro que ella estaba consciente de lo que sucedía en su derredor. Conocía las debilidades de los hombres  porque era una mujer de mundo. Una chica que a sus 36 años había vivido lo suficiente para espantarse de un admirador pudoroso. Salté al agua deseando que el mar calmara mis instintos.

Nadamos largo rato sobre las olas. Hacía mucho que no me zambullía en el mar. En efecto, la actriz parecía una sirena y nadaba como experta. Destellos fosforescentes alumbraban nuestras extremidades vigorosas. Casi agotados salimos y nos tendimos boca arriba en la playa.
 

Miles de luceros nos miraban con envidia. El murmullo de las olas era un bálsamo relajante que invitaba a la reflexión. No existe nada más parecido al edén que contemplar las estrellas al lado de una mujer hermosa. Teniendo como fondo aquella quietud cósmica. Le pregunté hondamente emocionado:

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─¿Te gusta la poesía, Norma?

─¡Ay sí me fascina! Neruda, Witman, y Sor Juana me subyugan —me sorprendió saber que era una mujer ilustrada, nunca lo hubiera imaginado.

─Te voy a declamar un poema que hice especialmente para ti. Pero, antes, dime, ¿qué me querías contar?

La rubia se sentó en la arena y se puso meditativa. Parecía cambiar de ánimo con relativa facilidad.  Después de pensarlo un poco habló con sinceridad:

─Estos momentos son un bálsamo que me alejan de toda tristeza. Una tregua en mi vida tan ajetreada.  Te voy a confiar algo que no he contado a nadie, ni siquiera a mis compañeros más íntimos. No sé quién seas pero el corazón me dice que eres un muchacho bueno.  Un fiel admirador que solo quiere acostarse conmigo. Vine a Acapulco tratando de mitigar mis penas y si por mí fuera ya no regresaba a Hollywood. Desgraciadamente, la vida ya no me pertenece.

─ ¿Tan grave es el problema?

─Demasiado. Estoy involucrada sentimentalmente con dos hombres poderosos.


Al momento recordé que había leído algo en revistas y periódicos del espectáculo. Le pregunté expectante:

─ ¿Te refieres a tu romance con John F. Kennedy?

─Acertaste, pero eso fue en el pasado.  Actualmente,  soy la amante de su hermano Robert, el fiscal general de EE.UU.  Siempre tuve esperanzas de formar un hogar para siempre y los dos me engañaron con promesas que nunca cumplieron.  Me siento humillada en lo más hondo de mí ser.

─Por favor, serénate, y cuéntame.

─Conocí a JFK en una fiesta. Me lo presentó su cuñado, Peter Lawford.  El mandatario fue muy amable conmigo y me invitó a bailar, creí morir de emoción, ¡bailando con el presidente! A partir de aquella noche me llamaba diariamente por teléfono.  Llenaba mi casa de flores, y debo decirte que los detalles me enternecen.

─Bueno, ¿y qué sucedió después?

─Me convertí en su amante.  Solo para que más tarde me abandonara y entonces sentí morir de tristeza.  Yo estaba enamoradísima de John. Dejé el cine y me volví desaliñada.  Había dejado un gran vacío en mi vida.

─Pero, no entiendo, ¿cómo fuiste a dar en brazos de su hermano Robert?

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─Cuando John se alejó de mí empezó a asediarme Bob, con regalos y toda clase de atenciones. Conocía mi relación con su hermano y se aprovechó de mi soledad.  Me visitaba frecuentemente y decidí corresponderle para estar cerca de John pero no fue así.

─ ¿Te involucraste sentimentalmente con los dos hermanos?

─Me da pena decirlo pero así fue. Soy inestable emocionalmente y me aterra estar sola mucho tiempo.  Quiero amar y al mismo tiempo dejo todo por mi carrera.  Creo en el matrimonio pero me acuesto con otros.  Siempre en busca del verdadero amor.

--Leí que tienes relaciones extra maritales...

--No voy a negarlo, el cine me volvió promiscua.  A Norma Jean la ha devorado el mito Marilyn Monroe.  Te juro que no sé quién soy realmente.  Quiero encontrar la felicidad y no puedo.

─Una felicidad que no vas a encontrar de esa manera.

─Me siento culpable en el fondo.  Siempre fui una niña marginada e insegura. Tuve experiencias traumáticas que me marcaron para siempre.


─Bueno, ¿y cómo fue tu relación con Bob?

─Me contó todas esas patrañas que inventan los hombres para seducirnos.  Él fue más lejos y me prometió matrimonio. Me compro una casa en Miami y un yate precioso.  Me dijo que se divorciaría de su esposa. Los Kennedy piensan que son intocables y que pueden jugar con los sentimientos de una mujer impunemente.  Les voy a demostrar que no es así y que son tan vulnerables como cualquier otra persona.

--¡¿?!

Yo la escuchaba estupefacto sin acertar a comprender del todo sus revelaciones.  La estrella hablaba con determinación y resentimiento.  En sus ojos había rencor en otra faceta desconocida de su personalidad.  Atrás había quedado la mujer sufrida que yo conocí en el hotel.  Se había operado en ella una metamorfosis instantánea. 
Agregó:

─Después de divertirse conmigo el muy cretino también me abandonó.  Ahora ninguno de los 2 quiere saber más de mí.  Me siento como un pedazo de carne devorado por dos leones.

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─ ¿Cómo creíste que Bob se casaría contigo teniendo tantos hijos? Además es el fiscal general de USA.

─Fue un error de mi parte, lo reconozco. Me aferré a esa ilusión y pagué caro las consecuencias. Desgraciadamente, a los Kennedy nunca les importaron mis sentimientos. 

─¿Y qué piensas hacer ahora?

─Tomar venganza. Los odio encarecidamente.  Tengo un arma poderosa en mis manos que voy a utilizar muy pronto.

--¡¡!!

Acoté, tratando de hacerla reflexionar:

─Norma, odiar nos hace muy infelices. Te harás daño tú misma.  ¿Por qué no tratas de olvidar todo simplemente?

─Porque no puedo, Joe. He sufrido demasiado y eso me ha convertido en una mujer valerosa. Todos los hombres me tratan como filete suculento que hay que engullir. Todos ven en mí a una hembra en celo, a la puta que los satisfaga. Y lo he sido sin duda. Ahora los Kennedy interceptan mis llamadas y me siguen a todas partes. ¿Comprendes por qué prefiero pasear con un admirador anónimo?

─Sí, claro, no soy un peligro para nadie.

Ultimó:

—Veo con indignación cómo todos se rinden ante el presidente.  Hombres y mujeres obedecen ciegamente al poder.  Es como un opio que a todos cautiva. Yo no lo haré más, ¡lo juro!, no lo haré más.  Ya no seré una marioneta en sus manos. 

La diva comenzó a llorar sumamente consternada. En su mirada vi la llama del sufrimiento y una gran decepción. La abracé con gran ternura tratando de trasmitirle toda mi fortaleza.  Se acurrucó en mis brazos como una palomita herida buscando protección.  Me percaté que tras esa sonrisa ingenua se ocultaba un corazón destrozado. Marilyn sollozaba incontenible y no pude evitar sentir en carne propia su dolor. 

Dejé que se desahogara y después de un rato proseguí:

─ ¿Por eso estabas tan triste en el hotel cuando te conocí?

─Sí, era por eso, comprende que allá no podía confiar en ti.  Me siento tan desolada y en medio de un torbellino.

—¿En verdad te enamoraste de John Kennedy?

─Perdidamente, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él; retirarme del cine inclusive. Robert no significó nada y fue un pasatiempo nada más; es quien más daño me ha hecho. Pero las mujeres tenemos armas que los hombres jamás sospechan. Puedo terminar con sus carreras políticas si me lo propongo.

La miré desconcertado y añadí:

─Lamentablemente, los dos eran casados. Creo que pecaste de ingenua al creer en sus promesas.

—Me decían cosas bonitas al principio de nuestra relación; que me amaban y yo era todo para ellos.  Me obsequiaban autos, flores, joyas.  Sin embargo, la última vez que hablé con John me dijo que su esposa le puso un ultimátum: “¡O abandonas a esa golfa farandulera o me das el divorcio!”. Expresó muy afligido que un escándalo no le convenía en esos momento y que era mejor dejar de vernos un buen tiempo. Así de fácil se deshacen de cualquier romance.

—En cierta forma tienen razón. Es su estatus y deben cuidar su reputación. ¿Por qué enamorarte de un hombre casado?

─Porque en el corazón no se manda, Joe. Cuando te enamores lo sabrás.  Los Kennedy son mujeriegos incorregibles, una afición que heredaron de su padre. Fue un privilegio ser cortejada por un presidente y luego por un ministro de justicia. Me sedujo la idea de pasar de estrella de cine a primera dama de USA.

─Llegaste demasiado lejos en tus pretensiones sentimentales.

─Voy a ser sincera contigo. Me gustaría dejar una huella de mi paso por el mundo. No quiero ser olvidada como olvidaron a Greta Garbo, o a Marlene Dietrich.  ¿Quién las recuerda ahora? Nadie absolutamente.  Primero las candilejas, luego el glamour, la gloria, y posteriormente el olvido. ¿Puedes comprenderme?

─Claro que sí –-y le di un beso en la mejilla como un niño que llora para consolarlo; como una flor que brota al amanecer.

A lo lejos escuchamos el canto de los gallos. Ya estaba amaneciendo. 

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Caminamos brevemente por la playa. Dos seres diametralmente opuestos comulgaban entre sí. Una actriz célebre conviviendo con un fan desconocido. Aquel escenario cósmico nos pertenecía, pero la realidad se impone y alerta.

Sólo el océano fue testigo de aquella insólita confesión.  Nos zambullimos al agua para quitarnos la arena deseando que el mar se tragara todas las penas. Que la aurora trajera nuevas esperanzas de vida. La animé  lleno de fe: 

─Pronto amanecerá. Pero puedes conversar un momento con las estrellas, pídeles lo que quieras y ellas sabrán escucharte; llevar tu mensaje al creador.  En cuanto aparezcan los primeros rayos te leeré mi poema.

─Es la primera vez que me escriben una poesía.

─Espero te guste, está hecha especialmente para ti.

Norma se recostó en mi regazo como una niña traviesa. Ninguno pensó en el sexo como aliciente en ese momento.  No deseábamos otra cosa que brindarnos mutua compañía. Hay sentimientos que están más allá de las fronteras de la carne. Sabía lo que esa chica necesitaba y entendía su sufrimiento. La vi suspirar entrecerrando sus ojos.  Yo traté de grabarme en el alma sus facciones para siempre. 

--¿Sabes, poeta? Me gustaría quedarme a vivir aquí para siempre.

--Pues en tus manos está la decisión...


viernes, 23 de marzo de 2018

El rostro oculto de Marilyn 2



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Cap. II

“Quiero ser yo misma y no la estrella de cine.”


José de Cádiz


Como policía turístico me asignaron cuidar a una celebridad.  En una ocasión vi a Marilyn muy triste en el hotel y le invité un café.  Después de una plática amena concertamos una cita para otro día. Llegado el momento pensé en dedicarme a trabajar y olvidarme de la aventura.  Pero algo dentro de mí me obligó a apostarme frente a la suite de la estrella.

Espere pacientemente en el pasillo. No se escuchaba ni un ruido, nada. Total, nadie se daría cuenta del plantón. Temí que la diva se hubiese marchado esa misma noche. Quise bajar a la recepción a preguntar pero me arrepentí.  Después de media hora perdí toda esperanza.

Me retiraba cuando escuché que se abría el picaporte de su cuarto. Esbelta y erguida apareció aquella beldad.  Vestía jeans, botas vaqueras y un sombrero tejano que resaltaban su belleza. El pelo suelto la hacía verse como una muchacha de provincia sin grandes pretensiones. Sonrió al verme y expresó:

--Pues yo estoy puesta.  Ud. dice a dónde vamos.


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Bajamos rápidamente a la recepción. Quise detenerla para decirle que no tenía auto pero no hubo necesidad.  Simplemente hizo una llamada y apareció frente al hotel una preciosa limusina. Un chofer uniformado nos abrió la puerta. En mi vida me había subido a un auto de esos pero traté de disimular: aire acondicionado, música estereofónica, Tv y unos asientos tan mullidos que parecían bombones de azúcar.

Yo estaba francamente nervioso pero tenía que salir avante. Le propuse:

--Aún es temprano para ver a los clavadistas.  ¿Le parece si la llevo a otro sitio a tomar algo?

--No, gracias, prefiero caminar un rato y conocer la ciudad.

Le dio instrucciones a su chofer quien se detuvo.  Luego se alejó un poco y nos dejó solos caminando.

A la altura de Playa condesa emprendimos una larga caminata por toda la Avenida costera. La actriz quiso acercarse a la playa para tocar el agua con las manos y jugar con el oleaje.  Un cangrejito pareció seguirla y corrió divertida. Por primera vez la vi reír y me pareció más encantadora.


Cuando la rubia veía una discoteque que le llamaba la atención nos asomábamos a fisgonear como niños traviesos. Visitamos El Tiberios, Tequila a go go, entre otros. Tenía un sentido del humor proverbial.  Así, bromeó con un barman:

--Disculpe, ¿me puede traer un tequila argentina?

--Perdón, señora, pero esa bebida no existe.

--Bueno, entonces, tráigame un wiski y un machote pero bien mexicanos,  jajaja

Me agradó ver que la actriz ya no tenía rastros de tristeza.  Parecía una mujer completamente diferente y dispuesta a divertirse. Comentó:

--Fíjese que hace un año quise dar un paseo en Río de Janeiro pero el público no me lo permitió. Me abordaron en la calle y me impidieron avanzar. Me quitaron las gafas y también el sombrero. Desde entonces opto por disfrazarme, como ahora.  ¿Qué le parece mi vestuario?

--Bonito e ingenioso. ¿Tanto la abruman sus fans?

--Demasiado, a veces reniego por ser tan conocida. Me gustaría una vida sin tantos sobresaltos.  Pero tengo contrato con una compañía cinematográfica.  Créame, casi no tengo tiempo para mí. Algún día me retiraré del cine y no volveré a trabajar. Me compraré una casita en una playa como esta.


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--Supongo que se retirará de los reflectores para siempre.

--No lo sé, sueño con vivir en una granja y que las aves me despierten diariamente. Quienes vivimos en una metrópoli añoramos la vida del campo.

--¿Y no piensa volver a casarse?

--¡Ay no francamente no!  Todos mis matrimonios han sido un fracaso. He buscado la felicidad en el amor y jamás la he encontrado. Un tiempo hasta quise ser madre y dedicarme a mis hijos.  Parece que el destino se empeña en mantenerme sola.

--Lamento que no haya logrado la maternidad.


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--Tuve algunos abortos provocados al principio de mi carrera porque el cine me reclamaba.  En el contrato especificaban que no podía embarazarme.  Lo intenté más tarde pero mi matriz estaba muy débil.  Con ninguno de mis maridos tuve hijos.

--Quizá la defraudaron demasiado sus matrimonios.

--Más bien creo que yo defraudé a mis ex maridos. No es nada fácil convivir con una actriz. Tengo que besar a otros hombres, asistir a fiestas y mil cosas más. Casi ni me veía poco con mis parejas y eso debilita cualquier relación.

Por un momento la estrella guardó silencio y miró el horizonte como buscando una respuesta jamás encontrada. Suspiró como un niño que ha dejado de llorar.  Se quitó el sombrero y arregló el pelo que parecía una cascada de luces doradas. Me preguntó abiertamente:

--¿Ud. es casado?

--Soy felizmente soltero.

--Está Ud. en plenitud de la vida.

--Será que no creo en el matrimonio.  Pero tengo novia y sueño con amores imposibles.

--¿Amores imposibles? ¿Cómo cuáles?


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--Como Ud. por ejemplo --Marilyn se sonrojó y no pudo evitar turbarse--.  Recuperando el aplomo agregó:

--¿No me diga que nunca se ha enamorado?

--Claro que sí y mi relación fue un desastre.  Será que estaba basada solo en la sexualidad. Tengo una vida sentimental muy pobre.

En ese momento pasó una “calandria” (carreta halada por caballos) vistosamente adornada con flores multicolores.  La actriz exclamó entusiasmada:

--¡Qué bonita! Nunca pensé que aún existiera ese tipo de transporte. ¿Nos podemos subir a esa carreta, Joe?

--Adelante, forman parte del servicio turístico.

Abordamos la “calandria” como dos colegiales inquietos. Me sentía realmente en las nubes paseando con una mujer como ella. Reía divertida con todo lo que encontrábamos a nuestro paso, como los niños vomitando fuego en los semáforos, o los adolescentes borrachos saliendo del antro.

Había en Acapulco un centro nocturno llamado "El zorro", en donde presentaban a los cantantes más populares del momento. Esa noche en la marquesina se anunciaba el show de "Los platers", un grupo muy en boga en ese tiempo. Marilyn quiso entrar a escucharlos pensando que no sería reconocida. Eligió una mesa lo más alejada del escenario y pidió una botella de champaña. Durante el intermedio el vocalista se dirigió a su mesa y le preguntó:

--Disculpe, ¿Miss Monroe?

No, cariño, soy Norma Jean. Pero si te refieres a la chica que ves en la pantalla, sí, soy ella. ¿En qué puedo servirte?

--Me gustaría invitarla a pasar al escenario para dedicarle una canción.

--¡Oh no por favor! Voy a levantar olas y me arruinarían la noche. Pero puedes hacerlo sin mencionarme y la escucharé con atención --se paró y besó en la mejilla al cantante.


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El vocalista sonrió comprendiendo su actitud y se fue a cantarle la canción, "Bésame mucho".  Únicamente dijo: "para una señora muy especial". Tal era la popularidad de Marilyn que hacía enormes esfuerzos por no ser reconocida.  Pretendía inútilmente diferenciar a la diva de la chica soñadora que era Norma Jean. Tan desiguales la una de la otra. Escuchó embelesada la melodía:

--Qué bonita canción, ¿es verdad que su autora es mexicana? –-me preguntó.

--En efecto, se llama Consuelo Velázquez, y esa melodía la han grabado en todos los idiomas.  Qué suerte tiene Ud. de ser reconocida en todas partes.

--¡No, qué va! No me puedo ni bañar en la alberca porque se me quedan viendo como bicho raro.  La fama puede ser muy apetecible pero una vez lograda resulta un lastre.

¿Te puedo pedir un favor, Joe?

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--Dígame.

--Llámame, simplemente: Norma.  Esta noche quiero ser yo misma y no la estrella de cine.

--De acuerdo, Norma.

Únicamente se tomó una copa y pedimos la cuenta. El camarero se acercó diciendo:

--La cuenta está pagada, señora.

Seguramente alguno de sus fans la pagó y fue atendida como una reina. 
 En cada antro visitado no permanecíamos más de media hora. La actriz anhelaba salir de su rutina.  Quizá pretendía de alguna manera olvidar el presente y desentenderse del porvenir. 

Después de 2 horas pidió al conductor de la limusina nos llevara a “La quebrada”.  Había llegado la hora de ver a los clavadistas.  El show internacional que tanto fascina a turistas.

El popular acantilado se encontraba completamente lleno: turistas curiosos,  vendedores ambulantes, parejas besándose. Tuvimos que pedir una mesa en el restaurante del hotel "El mirador", de lo contrario no veríamos más que siluetas. Afortunadamente, un camarero me conocía y nos asignó un sitio donde pudimos observar el espectáculo a plenitud.


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Una orquesta bien acoplada amenizaba el ambiente.  En algún momento entonaron la canción "New york, New york", y Marilyn hondamente emocionada la tarareó. Expresó como si los recuerdos laceraran su alma:

--¿Sabes, Joe? Es la primera vez que salgo a pasear con un fan.  El público supone que los artistas sólo deseamos convivir con gente encumbrada. Qué equivocados están.  Muchas veces siento la necesidad de pedirle a alguien: “por favor invítame a salir”. Pero tengo miedo que abusen de mi posición y me hagan daño.

No me lo dijo tantas veces y repuse:

--Supongo que le hicieron daño las relaciones interesadas.

--Por supuesto, casi todas las personas son así.  Llega un momento en que no  distingues a tus amigos de quienes no lo son.  En mi medio hay mucha hipocresía, envidias y ambiciones desmedidas. Eso me hace sentir vulnerable.

--Pero, aunque no lo crea, existen los amigos verdaderos.

--Sí, lo creo, sólo que no los he encontrado.

Pedimos una botella de coñac y el camarero nos llevó entremeses: papitas doradas, trocitos de tocino, un queso delicioso.  Me gustó encontrar en Norma a una mujer desinhibida, fina e ilustrada.  Tenía frente a mí a una chica inteligente capaz de abordar cualquier tema. Extremadamente sensitiva y con un dejo de tristeza en la mirada.

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Los acordes de la música invitaban a bailar. Aquello era un sueño que jamás pensé se cumpliera. Me atreví a pedirle a mi acompañante que lo hiciéramos. Ella contestó: “desde luego”, y nos dirigimos a la pista. Por fin tenía en mis brazos aquella breve cintura de piel tersa.  Una mujer extraordinaria en todos los aspectos.

La orquesta nos transportó a una dimensión desconocida.  Seducido por las melodías y el tacto de sus manos recargué mi mejilla sobre la de ella quien correspondió a la caricia. Continuamos bailando todo el repertorio musical en aquel ambiente mágico: "Lanza tus penas al viento",  "Palillos chinos", "Amar y vivir", que me hicieron sentirme en el Olimpo.  Quizá fue el momento más emocionante de mi vida.

De tanto danzar nos olvidamos de los clavadistas. Estaba a punto de terminar el espectáculo cuando regresamos a la mesa. Le dije con cierta pena:

--Perdón, me olvidé que la traje aquí a ver el show.

--No te preocupes, yo también me dejé arrullar por la música.

--Mire, aún podemos ver a los últimos clavadistas.

Nos acercamos al barandal del escenario e instintivamente Norma me tomó de la mano. El aire jugaba con su pelo y sus ojos azules le daban un porte de princesa. Sonreía como hada juguetona buscando el calor de unas manos que la arrullaran, que la protegieran del mundanal ruido, o quizá de algún lejano presentimiento.


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Una pareja de turistas la reconoció y se tomaron fotos con ella. La habían descubierto casualmente y estaban felices a su lado. Amablemente les firmó autógrafos. Luego llegaron otros expectantes y sonrientes.  Tenían oportunidad de conocer a una celebridad y aprovecharon la ocasión.  Me concreté a observar aquella escena surrealista.  La actriz me preguntó discretamente:

--¿Hay alguna playa solitaria cerca?

--Sí, y es una playa encantadora.

--En un momento nos vamos.  Me gustaría estar a solas.




miércoles, 21 de marzo de 2018

El rostro oculto de Marilyn 1



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Cap. I

Un sueño convertido en realidad

José de Cádiz



En 1962, un poco antes de morir, Marilyn Monroe viajó a la Cd. de México. Visitó el puerto de Acapulco y se hospedó en uno de los mejores hoteles. He ahí la oportunidad que tanto estaba esperando. Mi vida dio un vuelco de noventa grados cuando recibí una orden de mis superiores.
Debido a mi buena hoja de servicio, como policía industrial, fui elegido, junto con otros compañeros, para cuidar el cuarto de hotel de la estrella día y noche. Solía pasear con amigos y regresaban muy noche. A veces se encerraban y sólo se escuchaba música, voces, risas.  Se levantaban muy tarde.

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Yo había visto casi todas sus películas y conocía la trayectoria de la actriz.  Era su más fiel seguidor y defensor. Soñaba con ella y tenía un póster gigantesco color rojo en mi cuarto. Ahí donde Marilyn posó completamente desnuda mucho antes de convertirse en estrella.  El pergamino escarlata que la lanzó a la fama en 1946.  Pero conocerla personalmente era una fantasía que estaba más allá de mis posibilidades.

Supongo que todos hemos tenido sueños con alguna estrella de cine o de música.  Nunca se nos ocurre pensar que esas ilusiones se pueden convertir en realidad.  Miramos a nuestros ídolos como seres inalcanzables, más allá del bien y del mal.  No necesariamente es así y siempre existe alguna posibilidad. Después de todo son seres de carne y hueso como cualquiera de nosotros.  La única diferencia es que son populares y tienen múltiples ocupaciones.  No obstante, tienen las mismas necesidades físicas y emocionales.

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Yo estaba consciente que la diva se acostaba con puros personajes del mundo de la farándula, de la política e intelectualidad: Arthur Miller, Marlon Brando, Joe De Maggio, John F. Keneddy, y otros más que habían sido sus compañeros sentimentales.  ¿Cómo se iba a fijar en un policía de banqueta como yo?

Y sin embargo así fue. En un momento de crisis existencial en el cual ella hubiera preferido no haber nacido.  Si no hubiera sido por esa circunstancia jamás la hubiera tratado. Estaba enterado que se había casado con un militar desconocido cuando era una jovencita. Luego se divorció y posteriormente contrajo matrimonio otras 2 veces siendo ya una figura popular.

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Es conocida su infidelidad con todos los que la amaron y se decía que no usaba ropa interior; que acostumbraba hacer el amor diariamente. Eso me intrigó bastante y alborotó mis hormonas al máximo. A mis 27 años mi potencial y osadía estaban en la cúspide.  Una tarde la vi muy sola y atribulada en el lobby de su hotel.  La verdad nunca la había visto con ese semblante ni pensé que la tristeza tuviera cabida en una diva.

Entonces decidí acercarme a ella para conocer sus motivos. Vestía una ropa ligera, pañoleta y gafas blancas, seguramente quería  pasar desapercibida, pero eso no ocultaba su tristeza y desazón. Algo le sucedía a mi adorada.
 La abordé:

--Buenas tardes, señorita Monroe –-saludé en perfecto inglés--, ¿puedo ayudarla en algo?

--Ni siquiera me regresó a ver y contestó de mala gana:

--¿En dónde le firmo mi autógrafo?

--¿?

Me lo dijo en forma tan fría, mecánica y sin emoción que no me gustó para nada. Insistí, motivado por su mutismo.

--Señorita Monroe, yo, bueno. Lo que pasa que tengo el deber de cuidarla y la veo muy mortificada.  Dígame, por favor, en qué puedo servirle.  Para eso estoy aquí.

Hasta entonces se dignó mirarme. Se quitó las gafas y por primera vez vi ese rostro hermoso completamente cerca.  No dudé que me encontraba ante una diosa porque sus ojos eran mucho más bellos que en la pantalla. Era bajita, de manos y rostro agraciado, un cutis blanco como de porcelana. En su mirada había una mezcla de amargura y confusión que no me agradó. ¡Marilyn, mi admirada Marilyn, estaba sufriendo mucho!

Su voz cristalina y musical expresó como si no fuera de este mundo:

--Gracias, pero no creo que pueda ayudarme --sus ojos húmedos denunciaban que había llorado mucho-- y opté por capitalizar la situación.

--¿Se siente enferma? Si gusta puedo llamar a un doctor. O tal vez prefiera que llame a uno de sus amigos.

--¿Amigos? ¿Cuáles? No tengo amigos. Me siento tan desolada en mi cuarto, tan triste y sin esperanzas.  Siempre lo mismo en mis viajes por el mundo.  Todo es mecánico y carente de sentido.

Cómo era posible que dijera eso la mujer más sensual y glamorosa del cine.  La más aclamada y querida por millones.  El sueño dorado de todos los hombres.

--Pero, señorita Monroe, si ayer la vi departiendo con amigos.  Parecía muy alegre y se nota que la quieren mucho.

--¿Que me quieren, dice? Como se ve que no conoce el ambiente del cine, aquí solo se mueven intereses.  Es un mundo de apariencias solamente. A mi me gustaría encontrar verdaderos amigos pero es prácticamente imposible.

A veces el destino nos brinda oportunidades maravillosas.  Ésta era una de ellas.

--Si no se molesta, ¿le puedo hacer una propuesta?

--Ud. Dirá.

--¿Gusta tomar un café en el restaurant del hotel? Podemos platicar a gusto ahí.

Me miró un momento de arriba abajo. Cuando menos le inspiré confianza porque aceptó la invitación.  Se levantó nerviosa y sin decir palabra me siguió como un corderito hasta la cafetería del hotel. Me pareció una mujer completamente diferente a como yo la había visto en sus películas. Parecía un gatito inofensivo y no la vampiresa sensual y desafiante que yo admiraba tanto.

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Nos sentamos en silencio en la cafetería.  Le extendí la carta y pidió un café capuchino doble crema. Yo pedí lo mismo pero también 2 rebanadas de pastel. Por primera vez sonrió y preguntó:

--¿Aquí trabaja Ud?

--Sí, señorita, soy policía industrial y tengo la grata misión de protegerla mientras permanezca en el puerto. Estoy para servirle en todo lo que guste y mande –-frase que procuré darle todo el énfasis posible, tal vez pudiera tomarlo como una insinuación.

--Gracias, pero mañana nos vamos.  Tengo que continuar filmando en California. La vida del cine es tan ajetreada.

Regresé a ver a todos lados para cerciorarme si nos miraban curiosos los comensales. Me sentía el más feliz de los mortales departiendo con Marilyn Monroe. Pero me desilusionó un poco ver que, efectivamente,  el disfraz de la estrella daba resultados. Nadie la reconoció y mucho menos a mí. Ni siquiera un compañero de trabajo. 

--¿Pero por qué se va tan pronto? Si estamos muy a gusto con Ud. en el puerto. ¿Ya visitó todos sus balnearios?

--No todos, pero he visitado algunos. Sus playas son verdaderamente paradisíacas.  Ayer paseamos en paracaídas por toda la bahía y los acantilados de "La quebrada" me dicen que son de ensueño. Me hubiera encantado conocerlos.

He ahí la oportunidad para ir más lejos:

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--Por supuesto, los clavados en la noche son espectaculares. No puede irse sin verlos, sin sentir el vértigo de las alturas...

--¿A todo esto cómo se llama Ud? –-me preguntó sin tapujos.

--Joe, me llamo Joe.

Sonrió con añoranza y repuso:

--¡Ah, Joe! Un nombre que se repite en mi vida. Así se llamaba uno de mis ex maridos: Joe. Lo quise mucho en verdad.

Decidí avanzar más e inquirí:

--¿Pero si lo quiso tanto por qué se divorció de él?

--¡Oh, eso es difícil de contestar!, ya veo que está enterado de mi vida.  ¿Cree usted en el destino, Joe?


--No mucho, la verdad.

--Fíjese que yo tampoco creía, pero hace muchos años una pitonisa me dijo que llegaría a ser famosa. Mencionó que me casaría varias veces y que disfrutara la vida. Agregó que moriría joven ¿Se da cuenta? A veces también lloro por eso, me aterra tanto la muerte.

No me gustó que la plática se encaminara hacia el fatalismo y la parca. Y menos en aquellos momentos de tristeza de mi adorada. Así que me salí por la tangente:

--No se crea, esas son puras supercherías. Nadie puede vaticinarle a uno la muerte mi querida señora. Nadie.

Sabía que no era sincero porque siempre he creído en la fuerza del destino y la voluntad divina.  Pero tuve que ser cauto dadas las circunstancias de aquella mujercita desvalida.

Un niño de los que venden flores en los cafés se acercó y ofreció un ramillete de frescas rosas. Marilyn exclamó emocionada:

--¡Oh, qué hermosas!

--¿Le gustan? –-enseguida compré al muchacho todas las flores--. Fui a la administración y pedí las colocaran en un recipiente bonito. Yo pagaría todo.

Continuamos platicando mientras la diva acariciaba discretamente los pétalos de una rosa. Parecía haber mejorado un poco su semblante.   ¿Y si Marilyn estaba enferma o era cicloide? Me sentía tan a gusto con ella que hubiera querido detener el tiempo.

Yo quería saber más de la rubia, todo lo que se pudiera.  Tal vez ya no tendría otra oportunidad. La verdad siempre he sido muy curioso y su vida me interesaba sobre manera:

--No puedo creer que se sienta tan sola y que no tenga a nadie en el mundo.

--Pero, así es, aunque no lo crea.  Las estrellas del espectáculo casi siempre estamos solas. No tenemos un lugar fijo y pasamos mucho tiempo en hoteles  y diferentes ciudades.  Seguramente no ignora que mi madre murió hace muchos años. A mi padre no lo conocí. Lo único que tengo es el cariño del público.

--Pero eso es bastante, supongo.

--No se crea, el público tiene muy mala memoria.  Ahora me aplauden y mañana me olvidan sin misericordia.  Sólo puedo compartir con mis admiradores de lejos. De cerca me ahorcarían y me sacarían los ojos. Son tan efusivos mis fans.

No pude evitar la carcajada, mientras Marilyn me miraba confundida y temerosa de mi desfachatez. Le pregunté en broma:

--¿Y por qué habrían de sacarle los ojos sus fans?

--Ud. no tiene idea lo que es la fama, salir a la calle y que me reconozcan. No me dejan en paz ni un momento. Me abrazan, me besan y se llevan hasta mis zapatos. Todo es muy cansado y abrumador.

--Es el precio de la fama, como dicen.

--Pues sí, pero qué precio tan alto, ¿no le parece? Perder la tranquilidad y el sosiego.

--Oiga, Marilyn ¿y Ud. buscó siempre la notoriedad?

--Pues, fíjese que no.  Hace muchos años yo trabajaba en una fábrica y un fotógrafo insistió en tomarme una foto para una revista.  La imagen dio la vuelta al mundo y terminé haciéndome muy popular.


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--Es cierto y es un pergamino precioso. Lo tengo en casa y es verdaderamente espectacular. ¿Me lo podría autografiar mi querida señora? Si me permite se lo puedo traer mañana.

--Por supuesto, Ud. ha sido tan amable conmigo.  Nada más dígame a quién se lo dedico.

--Pues a mí, y si no es mucha molestia con unas letras grandes que digan: "Con todo cariño para Joe".  ¿Podría ser de esa manera? Me encantaría tal dedicatoria.

--Claro que sí, y espero que lo traiga. También podemos tomarnos unas fotos para que las presuma a sus amigos. ¿Le parece?

--¡Fantástico!  Aquí estaré puntual.

Aquello era mucho más de lo que siempre había imaginado. La actriz estaba agradeciendo mis atenciones.  Por lo que di la última estocada:


--Y si desear conocer "La quebrada", me gustaría invitarla hoy mismo.  La pasará de maravilla, soy buen anfitrión, se lo aseguro.

--Gracias, pero tengo algunos asuntos que atender. Sin embargo mañana podemos salir.  Acepto su invitación por ser mi última noche en el puerto.  Quiero disfrutarla en grande y olvidarme que soy M M.

--¿De verdad saldría a pasear conmigo señora? Me haría tan dichoso.  ¿Dígame a qué hora paso por Ud? Le recuerdo que estoy resguardándola en su hotel las 24 horas.

--¿Le parece bien a las ocho PM?

--Es una hora excelente.

Marilyn se levantó de la mesa y concluyó:

--Ahora con su permiso me retiro.  Tengo algunas llamadas que hacer. Gracias por  todo, fue un placer.

Con sus manos graciosas tomó una rosa y se la llevó.  Había recuperado su porte y aplomo. Su andar cadencioso llamaba la atención. Sus caderas juncales y bien proporcionadas mareaban al verlas. Me quedé observándola durante todo el trayecto con una mirada atónita. ¿Una cita con Marilyn Monroe?  ¡Dios quién me lo podía creer!

Lo que la diva no supuso fue que no sería su última noche en el puerto sino una semana de esparcimiento y aventuras. Su vida era una ruleta de la suerte en donde se apostaban la serenidad y el equilibrio. Pocas veces tenía la oportunidad de relajarse y anhelaba vivir sin itinerario, en contacto directo con la naturaleza.  El hombre supone pero Dios dispone.


Tuve buen cuidado de no contarle a nadie lo sucedido.   ¿Y si todo era un sueño? ¿Y si a otro día la actriz ni se acordaba de la cita con un desconocido? Estuve nervioso durante toda la noche.  ¿Qué ropa debía llevar puesta? ¿A dónde más la invitaría? ¡Por Dios ni siquiera tenía auto! La diva seguramente no aceptaría viajar en taxi conmigo. Por un momento me arrepentí  de invitar a pasear a "La quebrada" a la mujer más sensual del séptimo arte. Pero estaba decidido a acudir a la cita pasara lo que pasara.





AL CALOR DE TU REGAZO José de Cádiz Abrázame fuertemente como cuando yo era un niño me arrullabas con dulzura y besabas con cariño Luego cua...