martes, 3 de abril de 2018

El rostro oculto de Marilyn 8


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Cap. VIII

"Pocos hombres han sabido despertar mi pasión".

José de Cádiz 




Aquel sueño donde vi a Marilyn rodeada de gente muerta me había dejado impactado.  Me levanté de madrugada a correr como 5 kilómetros. Hice mis ejercicios de rutina y desayuné. No había recibido instrucciones de mis superiores para abandonar la vigilancia de la actriz. La incertidumbre me atosigaba.

Tenía ganas de conversar con mis compañeros sobre nuestra actividad. Llegué al hotel y charlaban amigablemente muy quitados de la pena.  Me extrañó que no hubiera grupos de estudiantes queriendo conocer a la diva. Todo estaba en paz y supuse que Marilyn ya se encontraba demasiado lejos.
 
Intrigado, bajé a la recepción a preguntar. Mi vista se desvió hacia el sofá de aquel lobby donde la había conocido. Recordé sus reflexivas palabras: “Quisiera encontrar verdaderos amigos, pero es prácticamente imposible”. Había un recado que leí apresuradamente: “Joe, he decido quedarme, espérame en el restaurante del hotel. Podemos platicar a gusto y desayunar. Besos, Marilyn”.

El alma me volvió al cuerpo. Es increíble cómo pasamos de la tristeza a la felicidad en un santiamén. Como si la dicha dependiera del tiempo y no del azar. Caminé de prisa rumbo al restaurante. Me sentía como maratonista ganando una medalla olímpica. Eran las ocho A. M y había unos cuantos comensales. Me metí al baño a corregir mi apariencia. El ejercicio diario me sentaba muy bien.

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Desconocía por qué se había quedado Marilyn pero tampoco me importaba. Cuando la conocí le había regalado flores y salí a la calle a comprar un ramo grandote de rosas. En la mesa saqué un libro de bolsillo para disimular que estaba leyendo. En realidad sólo pensaba en ella mientras mi reloj parecía detenerse sin misericordia.

Por fin divisé a lo lejos a una rubia despampanante abriéndose paso entre los comensales como un vendaval. Una mujer                                extraordinariamente hermosa caminando en dirección a mi mesa. No pude resistir el impulso de ir a su encuentro. Expresé:

--¡Qué gusto verte!  Creí que ya no lo haría más.  Te hubiera extrañado mucho.

--Yo también.  Pero déjame caminar que traigo un hambre feroz.

Al ver las flores las flores comentó complacida:

--Eres muy detallista, ¿cómo sabías que me gustaban las rosas?

--Será que estoy empezando a adivinarte el pensamiento.  A una mujer espléndida le encantan las flores. Eres exuberante y supongo que muy apasionada.  Sólo que como a cualquier otro me gustaría conocerte más íntimamente.

Saatchi Art Artist Jeffrey Yarber; Photography, “Marilyn Monroe - After Dinner Coffee” #art

 --Te advierto que pocos hombres han sabido despertar mi pasión.  La mayoría son una nulidad en la cama.  Han pasado por mi vida sin dejar huella alguna.  ¿Acaso no lo sabías?

--Por supuesto que no.

Tomó asiento mientras yo la escuchaba intrigado. Aquella confesión me había dejado perplejo.  Pidió la carta y eligió chuletas, sopa de verduras, jugo de naranja.  Parecía dispuesta a llenarse de energía. Pedí lo mismo y me hubiera gustado respirar su aliento, beber en su vaso, pero me contuve.

Agregó:

--Me aterra la idea de volver a Hollywood.  Como si yo no perteneciera a ese mundo. He tenido sueños horribles.

James Dean and Marilyn Monroe Motorcycle Memory Art Poster 24x36

Quise decirle que yo también los había tenido pero me abstuve:

--Quítate esas ideas de la cabeza.  Me has dicho que debemos enfrentarnos a la vida como sea. ¿Qué te sucede ahora?

--No puedo evitar sentirme agobiada.  Trataré de despejar cualquier superstición al respecto. Espero me ayudes a recobrar la entereza.

-Haré todo lo posible. ¿Qué pasa con la demanda de la productora?

--Tengo dinero para pagarles. Me molesta que me consideren de su propiedad.  Pronto terminará mi contrato con ella.

 --Me gustaría invitarte al cine, ¿quieres ver alguna película en especial?

--Desde luego, hay una cinta española llamada “Locura de amor”, y me encantaría verla.  Pero iré sin disfrazarme porque quiero ser yo misma, con defectos y virtudes.

Continuamos charlando amigablemente. La actriz parecía llenar con su sonrisa aquel local.  Con su sentido del humor bromeó con los meseros quienes ya se habían enterado quién era y estaban contentos de atenderla.

Más tarde quiso salir a tomar el sol en Playa condesa muy concurrida por celebridades.  Se puso sus gafas y contempló el mar sentada en la arena. Al ver el oleaje azul decidió bañarse. Los dos traíamos traje de baño como si esperáramos ese momento. Era la segunda vez que veía a Marilyn semidesnuda y no pude evitar inquietarme.

Salió del agua y se tendió boca arriba en la playa. Se recargó en un montículo de arena y me pidió le untara un bronceador.  Deseaba adquirir un tono de piel dorado.  El contacto físico me excitó sobremanera y disimuladamente me voltee de espaldas. Demasiado tarde porque la rubia observó discretamente los atributos de mi entrepierna. Sonrió con disimulo mientras desviaba su mirada hacia otro lado. Continuó con sus confidencias:

--A veces pienso que soy una mujer complicada, quiero estar sola y encerrarme en un mutismo inexplicable... Otras tengo necesidad de ser amada con delicadeza. Ninguno de mis maridos lo comprendió y lo lamento. Frecuentemente despierto en las noches llorando. Un psicólogo me dijo que tengo heridas profundas de una niñez no resueltas. Necesito superarlas para alcanzar la liberación.

Pequeña Norma Jean

--Ya veo que te afectó mucho el incidente de tu infancia.


--Tal vez demasiado.

Sentados en la arena observábamos tranquilamente el panorama. A distancia pequeñísimos veleros se alejaban de la bahía semejando novicias despistadas. Nos invadió una mezcla de nostalgia y sensualidad. No podía quitarme de la cabeza lo que me había dicho acerca de los hombres. Obviamente era una mujer experta. Añadió:

--Anoche recibí la llamada de un editor. Me ofrecen un millón de dólares por mi diario.  Ni siquiera se identificó el interlocutor.

--¿Por eso decidiste quedarte?

--No, también por otros motivos.

Comentó entusiasmada que su diario valía mucho dinero. A veces era tímida pero en otras tan arrebatada como una amazona. Esos altibajos anímicos tenían un trasfondo psíquico. Sería inútil tratarla con psicólogos puesto que ya lo habían hecho en California. Yo no tenía ni idea cómo tratar un trauma pero me propuse ayudarla a cualquier precio.

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Sin querer me había confesado  el abuso de su infancia, ¿ahí estaba el origen de toda su desdicha? Ese odio y a la vez atracción fatal hacia los hombres.  Decidí comprar un libro que hablara sobre el tema. Me gustaba la psicología y era el momento de informarme más al respecto.  Visitaría bibliotecas, hablaría con especialistas.

Regresamos al hotel a medio día y dijo quería descansar. Aproveché para pedir permiso a mis superiores e ir a una librería.  Un título llamó poderosamente mi atención: “Cómo superar traumas de la infancia”. El autor era un poco complicado pero se me gravó un enunciado: “Las personas traumadas sufren mucho.  Necesitan superar ese trance reviviendo el impacto emocional que las postró. Deben ser tratadas con delicadeza y mucho amor.  La libido también puede ayudar”. De manera que el sexo resultaba terapéutico.

2 horas más tarde regresé al hotel dispuesto a llevarla al cine pero me llevé una desagradable sorpresa. Norma Jean yacía inconsciente en la alfombra de su suite. Por un momento pensé que se había desmayado. Un hilillo de sangre escurría por su nariz. Sin duda la habían golpeado porque tenía moretones visibles. Me alarmé sobremanera.  Abrió los ojos pesadamente y le pregunté qué había sucedido:

--Unos salvajes entraron y me golpearon.

--¿Pero por qué? ¿Por dónde entraron?

  --Exigían les entregara mi diario.  

--¡Llamaré a un médico!

--No, por favor, se enterará la prensa y será un escándalo.  Te ruego tengas paciencia. Sólo son golpes externos.

--Pero tú necesitas un doctor, pueden ser heridas graves.

--Tú me curarás, Joe. Por favor trae ese ese botiquín, ahí hay alcohol y medicamentos.

Evidentemente la rubia estaba subestimando el incidente. Por primera vez me percaté del gran peligro en que se encontraba.  Si los sujetos obedecían órdenes eran capaces de obedecer las peores. Traté de reanimarla cuanto pude y pedí una cena para dos personas.  Ella no quiso probar alimentos:

--Norma, dime la verdad, ¿quién te golpeo y por qué?

--Deben ser de mi compañía cinematográfica.  Recuerda que me demandaron por incumplimiento de contrato.

--No te engañes, Marilyn. Una empresa jamás se atrevería mandarte golpear. Un amante sí. ¿Qué está sucediendo realmente?

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Intentó desviar la conversación:

--Ya es muy tarde y quiero descansar. Debo regresar pronto a California.  Les dije que olvidé mi diario en Los ángeles pero lo guardé en la administración. ¿Te gustaría conocerlo?

--Son cosas que sólo a ti te conciernen –-dije disimulando mi curiosidad.

Norma lo solicitó por teléfono y amablemente me lo mostró. Palpé con curiosidad un libro de pastas rojas, ¿qué secretos guardaba para ser tan codiciado? Enseguida se puso a escribir febrilmente.  Yo salí a notificarle la situación a mis compañeros quienes juraron no haber visto entrar a nadie. A partir de aquella tarde decidimos reforzar la vigilancia para cuidarla día y noche. Si le hubiera sucedido algo más grave estaríamos todos en la cárcel. Afortunadamente, todo quedó en la más absoluta discreción de la actriz.

Me encontraba confundido con mis sentimientos. Nunca imaginé ver a Marilyn golpeada tan brutalmente. Ese diario ocultaba algo muy delicado y alguien quería desaparecer. Comprendí que la diva no quería involucrarme en su vida sentimental. Había sido demasiado parca en sus explicaciones. ¿Por qué tendría que regresar pronto a California?

Esa noche no dormí y una duda me atosigaba. Si mis compañeros se encontraban apostados frente a su suite, ¿por dónde habían entrado a golpearla? ¿Eran los mismos agentes del FBI que la seguían un día antes? No me parecía lógica toda esa maraña de acontecimientos. Algo no encajaba del todo y me propuse averiguarlo con cautela. Era mi trabajo pero lo hubiera hecho con gusto aunque no me pagaran. Pretendía alejar a la estrella de cualquier peligro. Me interesaba demasiado su vida, demasiado.


No quería aceptarlo pero me estaba obsesionando con Marilyn. De la admiración había pasado a la idolatría y posteriormente a la pasión  más arrebatada.  No sabía si era amor, veneración o una mezcla indescifrable de emociones. Me estaba sumergiendo en una vorágine de acontecimientos extremadamente audaces.  Dicen que no hay nada que nos ciegue más que la pasión. En adelante el azar marcaría el rumbo de cada suceso.
 








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