sábado, 7 de marzo de 2015

Mi encuentro con Jesús








José de Cádiz




Nunca fui una persona propiamente religiosa, aunque de niño mi madre me enseñó a orar. Cuando tenía problemas escolares lo hacía y alguien me ayudaba.  Cuando entré a la universidad me quitaron la fe en Dios. El comunismo, y materialismo dialéctico, afirman que Dios no existe.  Me volví ateo.  El peor error que cometí.

Viví mi juventud alejado de cualquier principio religioso. Pensaba erróneamente que la Biblia era para personas mayores, el nazareno era solo un revolucionario de tantos, un hombre altruista pero nada más. No tenía nada que ver conmigo. Lo veía tan lejano y misterioso.


Debo confesar que yo no era feliz. Me sentía vacío y mi vida era un caos. Abandoné la universidad y me dediqué a la vagancia.  En casa tenía constantes pleitos con mi familia por mi pésima conducta.  Conseguía trabajo y lo abandonaba por indisciplina.  Era un barco sin timón y a la deriva. Fracasé en todos los aspectos, social, económico, cultural.








Sabía que descendía por una peligrosa pendiente. Intuía que en algo estaba fallando.  Me volví un lector voraz de historia, filosofía, metafísica y psicología. Me ayudaban de alguna manera pero pronto volvía al mismo estilo de vida.  Como si la ilustración no tuviera ningún efecto sobre mí.  Los libros eran incapaces de brindarme estabilidad emocional.  También escribía poesías, cuentos, ensayos, para escapar de una existencia monótona y vana.  Las letras me servían de catarsis pero no eran el puente a la verdadera felicidad.


Cierta noche, tuve tuve un sueño que me impresionó bastante: Estando de pie, junto a un árbol, vi venir de frente al maestro Jesús. Me encontraba en una avenida de terracería como en una ciudad antigua. Parecida a la Jerusalén de la antigüedad. Había carretas, caballos, y personas vestidas de largo.  Me alegré al ver venir hacia mí al nazareno. Pero antes de llegar dio la media vuelta y se alejó.  Esto me desconcertó y lo seguí intrigado. Pronto una muchedumbre surgió de ambos lados de la calle caminado en la misma dirección.


Vi perfectamente al nazareno rodeado de una áurea luminosa, y una túnica blanca y roja.  No cabía duda, era él, y caminaba con paso firme mientras la multitud lo aclamaba.  Observé algo que no me agradó: su estatura era muy pequeña, casi como enano.  Continué caminando entre la gente mirando aquel ser lleno de luz. Fue cuando desperté sobresaltado.  Nunca había tenido un sueño tan extraordinario.








¿Por qué vi tan pequeñito al nazareno? ¿Qué me había querido revelar con ese sueño? Anduve maquinando varios días y consulté a un experto. Me dijo: "Viste bajito al maestro Jesús, porque tu fe hacia él es pequeña, casi nula".  Me costaba trabajo creerlo pero era verdad. Nunca había pensado en él como un salvador de almas, tampoco como un enviado del Padre.


Tenía trabajo pero seguía teniendo problemas, tropiezos de toda índole. Gastaba más de lo que ganaba y los pleitos con mi familia eran constantes. Me sentía lleno de inseguridad y temores. Frente a mi casa había un templo cristiano que había visto durante 10 años. Me invitó mi familia durante mucho tiempo pero me negaba a tener un encuentro con el Creador.  Algo me decía que cambiaría mi existencia.


Mi esposa decidió ir y más tarde ella me invitó.  Todas las mañanas escuchaba orar a los fieles y eso no me agradaba.  "¿No se cansan nunca de orar?", pensaba.  Llegó el día en que tuve un problema de salud muy grave.  Los médicos no me daban esperanzas de vida. Debido a una intoxicación mis defensas y plaquetas se redujeron al mínimo.








Se me quitó totalmente el apetito durante mes y medio. Sabía que se acercaba el final porque me desmayaba a cada rato.  Entonces decidí ponerme en paz con Dios y le supliqué que me devolviera la vida.  Oraba y pedía a Jesús, desesperadamente, que me sanara y me convertiría a su fe.

Cada tarde contemplaba el ocaso del sol pensando que sería el último. Me dolía ver a mi familia triste y desesperanzada. Al amanecer daba gracias a Dios por estar vivo. Nunca valoré tanto la vida como en esos momentos. Sin duda, Jesús escuchó mis súplicas porque empezó mi recuperación. Por supuesto retomé la fe en su misericordia infinita.






A la fecha no falto a mi casa de oración y me he vuelto un fiel devoto del nazareno.  Leemos la biblia, oramos por la paz del mundo y convivimos armoniosamente con los fieles. Aplicamos los 10 mandamientos de Moisés. Mis problemas se han disuelto gradualmente. Terminé mi carrera de filosofía por Internet. Tomamos cursos de superación personal, salud y ética. Practico yoga.  Ahora sé a qué he venido al mundo. Todo mi amor y agradecimiento a Jesús por darme una nueva oportunidad de vivir.  No tomo ni fumo y soy inmensamente feliz.



Si Jesús hizo eso por mi lo mismo puede hacer por ti










Que la paz y el amor prevalezcan en nuestros corazones.









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